DE GARCÍA BORRERO A PEDRO NOA (7)

Querido amigo:

Por acá al menos tres personas me han preguntado si aspiro a publicar contigo, a cuatro manos, un libro en las redes. ¿Te suena divertido, o más bien delata la buena fe de algunos que ven en nuestro intercambio un derroche de tiempo perdido?

Creo que allí hay de todo un poco. El martes pasado el intelectual camagüeyano Jorge Santos Caballero me invitó a hablar en su espacio “Pluralidades” sobre el debate cultural en la Cuba de hoy. El espacio estuvo bastante concurrido, y se dijeron cosas interesantísimas por parte del público: más interesantes, incluso, que las que alcanzamos a hilvanar nosotros dos. Pero como apunté en ese encuentro, una vez más volvió a ocurrir lo que siempre sucede: en esos espacios donde se piensa y discute la cultura, por lo general brillan por su ausencia los decisores, es decir, los que tendrían la posibilidad real de cambiar ciertos asuntos que piden a gritos ser cambiados.

La nuestra es, definitivamente, una época donde resulta dominante la insularidad intelectual y el silencio selectivo. Lejos quedaron los tiempos fundacionales en que dirigentes al estilo de Alfredo Guevara no temían en intervenir en la esfera pública. No importa que como funcionarios se equivocaran o acertaran: intervenían y ayudaban a construir un espacio donde las ideas se ventilaban.

Yo no alcancé a vivir esa época primera, pero sí me formé con la lectura de las abundantes polémicas que se generaban, por ejemplo, en El Caimán Barbudo de los noventa. Esas prácticas parecen idas para siempre: no es que la confrontación pública haya desaparecido, sino que el antiguo debate ha sido reemplazado por una batalla bastante maniquea y estéril, donde los grupos se atrincheran y van repitiendo, como si estuvieran en misa, “las verdades” que ya han convertido en intocables. O lo que es peor: se apela a la indiferencia institucional ante el reclamo de quienes intentan salir de la “vasta zona gris” en que nos movemos todos los días cada uno de los individuos que somos.

Sí, ya lo sé, sueno demasiado pesimista: pero, como he dicho otras veces, en realidad soy un optimista trágico. Es decir, sé que ni tú ni yo veremos (como no alcanzaron a verlo Julio García-Espinosa, Pablo Ramos, o Desiderio Navarro) un punto de giro en las prácticas culturales asociadas a la gestión de nuestras instituciones. Y, sin embargo, son estos intercambios en foros informales, así como las inquietudes nunca satisfechas de quienes nos antecedieron, los que eventualmente pueden operar como lucecitas de orientación en medio de la más oscura noche.

Nadie como Enrique José Varona ha podido resumir la complejidad de eso que enfrentamos: “Es muy fácil poner en el papel programas de enseñanza; lo difícil es ponerlos en el cerebro”, dijo. Pero como profesores, si de veras queremos persuadir a nuestros alumnos de las infinitas posibilidades que brindan el uso creativo de las tecnologías emergentes, estamos obligados a proponernos un plan de superación personal que opere de modo permanente, y que nazca de nosotros mismos.

En este Taller que hemos montado en el Moodle de El Callejón de los Milagros para los alumnos del 5to año del ISA de Camagüey, en una de las sesiones de trabajo nos estaremos introduciendo en el terreno del documental interactivo (por eso te hablé antes de lo transmedial). Fíjate que digo “estaremos”, porque aquí como profesor yo también me veré obligado a aprender mientras hacemos, toda vez que es un tema que, dada la precariedad de conexión de nuestro país, los cubanos creemos ajeno a nuestro contexto; y apenas hay bibliografía (en nuestra Mediateca pueden consultarse los valiosos artículos de Arnau Gifreu Castell, Maximiliano de la Puente y Lorena Díaz Quiroga).

Sin embargo, la infraestructura creada en El Callejón de los Milagros (wifi gratis, Portal, plataforma interactiva, posibilidad de generar Códigos QR, etc) permite experimentar con lo que pudiera ser lo básico de esta nueva expresión audiovisual, sin tener que esperar a que tengamos Internet para comenzar a indagar en las dinámicas de este fenómeno. Y, lo más importante, podemos aprender haciendo.

Como verás, se trata de rescatar el papel de autoformación del maestro. He visto que algunos teóricos de la pedagogía manejan en la actualidad un neologismo que sirve para describir las nefastas consecuencias de la no superación profesional: la desgraduación. Con ese término describen lo que sucede con aquel profesional que al no actualizar sus conocimientos tras un período de graduado, regresa al mismo punto del cual partió cuando inició los estudios.

Porque en este caso el título obtenido solo serviría para recordar lo que lograste en cierto momento de tu vida, pero no garantiza que sigamos construyendo nuevos conocimientos.

Un abrazo siempre cordial,

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el octubre 13, 2018 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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