DE GARCÍA BORRERO A PEDRO NOA (3)

Estimado:

La semana ha sido agitada, pero no he dejado de pensar en nuestros intercambios. Ya te dije que, dada la inmensa soledad intelectual que padeceríamos los interesados en el uso humanista y creativo de las tecnologías, me aferro a lo que aparece casi que con desesperación.

No importa que nuestras ideas hoy no sean apreciadas como uno quiere. No hay que tomarse eso como algo personal. Sencillamente creo que ahora mismo no están creadas las condiciones para que germinen de un modo eficaz. Tenemos las tecnologías, los espacios, pero falta la formación, la estrategia pública que abra el camino a un uso natural de esos recursos y potencialidades.

El ejemplo de Moodle puede ayudarnos a entender esa tremenda crisis que hoy vivimos en un contexto donde la cultura y la educación parecen enemigos íntimos. Sobre eso escribí hace un tiempo, a propósito de aquellas discusiones para el anterior Congreso de la UNEAC, y recuerdo que mi propuesta de insertar en los planes educativos el aprendizaje creativo de los nuevos medios, apenas fue apoyada por el escritor Pedro Armando Junco.

Mis demás compañeros, presumo, entendían que yo estaba hablando de ciencia ficción, de algo que solo es posible visualizar en los países desarrollados. Si eso pasa en el seno de la UNEAC, que se supone agrupe a la vanguardia intelectual, ¿qué podemos esperar de los otros espacios?, ¿te sorprende que, además de este blog (que es solo un blog), apenas existan en Cuba espacios para soñar Políticas Públicas que aludan a estos problemas?

Pero esto no es nada nuevo ni exclusivo de Cuba. Seguro recuerdas la impactante Koyaanisqatsi (1982). Su director Geoffrey Reggio alguna vez apuntaba algo que describe también nuestra actual situación:

Creo que fue Einstein quien dijo que ‘el pez será el último en conocer el agua’. Mi película se basa en la idea, en el sentimiento trágico de que los humanos serán los últimos en conocer la Tecnología. Tecnología con mayúsculas, no todos los aparatitos que llamamos tecnología: Tecnología como la verdadera terra ferma”.

Vivimos, a mi juicio, en una inmensa pecera que nos impide tomar conciencia ya no de la prisión, sino de las posibilidades que tenemos de liberarnos. Solo si logramos implementar una educación crítica, innovadora, tendremos oportunidad de emanciparnos.

Te copio debajo el texto que te comentaba escribí en aquellas sesiones preliminares del Congreso de la UNEAC. Te darás cuenta que podría leerlo en el próximo Congreso y nadie notaría que es algo viejo. Porque en realidad, no es viejo: el cuartico está igualito.

Un abrazo grande,

Juan Antonio García Borrero

CULTURA Y EDUCACIÓN: ¿ENEMIGOS ÍNTIMOS?

En Camagüey, como en todo el país, los miembros de la UNEAC se están reuniendo en diversas comisiones con el fin de emitir dictámenes que deben ser discutidos en el próximo Congreso de esa organización. En lo personal me interesa la que examina el vínculo entre la cultura y los medios, pero como el tema de la cultura y la educación es algo que también me obsesiona (hay diversas pruebas de ello en el blog) quise participar en la comisión encargada de facilitar el debate del mismo.

Admito que mi visión del fenómeno es poco ortodoxa, y la prueba está en que en dicha reunión propuse se tomara como acuerdo proyectar una estrategia que contribuyese a reducir la distancia existente en nuestro país entre la educación y el contexto cultural actual en que nos movemos, y la propuesta solo fue apoyada por el escritor Pedro Armando Junco. Creo que si uno aspira de veras a defender la democracia participativa como el mejor modo de convivencia social, debe aprender a respetar lo que asume la mayoría, y a preparar mejor los argumentos que se exponen, por si algún día alguien entendiera que tienen utilidad pública, que es lo que importa. Así que acepté la decisión de mis colegas, y garabatearé ahora a toda prisa parte de las ideas que expuse allí, y las que siguen formando parte de mi intranquilidad.

Por lo general, la relación entre cultura y educación suele pensarse en términos armónicos, casi platónicos. Desde mi punto de vista, eso es una gran ficción, un gran autoengaño. Hay períodos de la vida humana en que ambas actividades viven una relación idílica, fecunda. Pero hay otras en que lo pedagógico (que responde directamente a los intereses de aquellos grupos puntuales que mandan en la sociedad) termina convirtiéndose en algo francamente reaccionario. La Historia es pródiga en ejemplos, y para sazonar este juicio con algo jocoso, evoco esa observación que el actor Carlos Ruiz de la Tejera hizo en uno de los Talleres de la Crítica de Camagüey: “Un niño bien educadito es un niño bien reprimidito”.

Mi criterio es que nuestros programas de enseñanza deben abrirse a la vida, abandonando ese sesgo autoritario donde el maestro insiste en lo represivo más que en lo emancipador. La cultura (entendida como algo más que la herencia que ciertas élites intentan promover como los únicos valores que vale la pena legitimar) es algo dinámico, y que está en constante construcción; la educación, en cambio, si no la humanizamos, puede convertirse en un conjunto de reglas que termina empujándonos hacia un mundo absolutamente inmóvil, idealizado, muerto; es decir, una prisión sin barrotes donde el lenguaje deviene más importante que las cosas que se nombran y que son las que nos definen.

Coincido con aquellos que advierten en la actual sociedad cubana un creciente deterioro de valores ciudadanos. El desafío no estaría en tratar de imponerle una vez más a la gente las reglas que antes existían en las escuelas, porque lo que está sucediendo es que la gente se está formando más allá de la escuela. Por eso propuse que la escuela pensara en implementar programas de enseñanza que contribuyan a que los individuos tomen conciencia de lo que significa para ellos el uso de esos dispositivos que han incorporado de un modo natural a sus vidas, y que en realidad no usan, sino que en el grueso de los casos, estos usan a los individuos.

Recuerdo haber leído alguna vez esta respuesta que Rossellini le concediera a Truffaut en alguna entrevista: “Hoy los hombres quieren ser libres de creer una verdad que les ha sido impuesta; ya no hay hombres que busquen su propia verdad y esto me parece extraordinariamente paradójico”.

Quizás ande por allí la clave de esta relación tan peculiar que se ha establecido en nuestros tiempos entre la cultura y la educación. La cultura tecnocrática que hoy predomina ha propiciado la ilusión casi perfecta de que somos libres de elegir nuestra propia opinión. Y la gente se siente cómoda con esa nueva modalidad de la servidumbre.

La educación debería propiciar un enfoque crítico de esa ilusión, fomentando espacios de formación ciudadana donde se priorice el cultivo del pensamiento por cabeza propia. Dicho de otro modo: las escuelas deberían aprovechar las nuevas herramientas culturales justo para “desautomatizar” su uso. Esto estaría en consonancia con una época donde han surgido nuevos públicos, con perfiles donde lo contemplativo ha sido progresivamente reemplazado con lo interactivo.

¿Estarán nuestras escuelas y nuestros maestros preparados para enfrentar ese desafío? ¿Podrán nuestros educadores recuperar su protagonismo en la producción de saberes que ahora quiere ser usurpado por otros preceptores ubicuos e intangibles? Es un desafío francamente descomunal, y que no se supera solamente con la buena voluntad.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el septiembre 28, 2018 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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