DE GARCÍA BORRERO A PEDRO NOA

Querido amigo:

Pensé escribirte por privado estas ideas, pero al final opto por la publicidad, pues en definitiva lo que debería esperarse de aquellos que nos dedicamos a escribir sobre asuntos culturales es precisamente intervenciones públicas que ayuden a mejorar lo que ya existe.

Lamentablemente, desde hace mucho tiempo en nuestro país algo no funciona en cuanto a esto del debate sistemático de nuestros problemas culturales. Por lo general, los intelectuales son convocados a los foros públicos cada cierto tiempo (cuatro años en el caso de los Congresos o doce meses en el de las Asambleas), pero una vez concluidos los eventos (sea el de la UNEAC o la AHS), volvemos a la misma rutina de siempre, y en vez de solucionar los problemas anteriores, aparecen otros, y otros, y otros. Y, obviamente, la gente se cansa, y lo que es peor, la credibilidad del sistema institucional comienza a sufrir de modo irreversible.

Por eso es tan bueno que al menos en las redes sociales o en las páginas digitales, el debate se mantenga vivo. Cierto que no será allí donde se resolverán las cosas, pero por lo menos cuando algún día nos decidamos a encarar todo lo que debemos hacer, no partiremos de cero.

Dos artículos tuyos me han motivado a reflexionar sobre todo esto: primero, ese en el que rememoras lo logrado por la Universidad de La Habana en la mitad del siglo pasado con el uso del cine dentro de sus dinámicas de aprendizaje, y ahora este otro sobre los problemas de exhibición y distribución que incluyen las medidas tomadas en su momento con las salitas privadas de 3D.

A mí me gusta complementar aquello que solía repetir Gide (“Todo está dicho, lo que como nadie atiende…”), con otra sabia observación de Lichtenberg: “Hay quien sólo consigue escuchar después que le han cortado las orejas”. La verdad es que no creo que tengamos que llegar a esa medida tan radical; más bien creo que deberíamos hacer uso del sentido común, y poner esas orejas de servidores públicos en función de lo que la comunidad, el país, la nación y la época, desde hace muchísimo rato nos están demandando. Y trabajar en función de facilitar las soluciones, no de encontrar a cada solución otros problemas o permanecer indiferentes.

Quizás me equivoque, pero no creo que en estos últimos cinco años otra cinematografía nacional haya estado mejor acompañada por un cuerpo de ideas tan voluminoso como la cubana. Cuando leo cada uno de los textos que circularon, a propósito de las Asambleas de los Cineastas, o los artículos o ensayos que se han escrito a raíz de los nuevos escenarios en que se desarrolla esta actividad, vuelve a mi fuero interno la orgullosa sensación de que el cine cubano es pensado hoy con la misma intensidad que en los años fundacionales del ICAIC. No importa que esos debates, por el momento, no lleguen a los medios oficiales: esa invisibilidad solo funciona a medias, y en algún momento se examinarán los temas discutidos sin prejuicio alguno.

En todo caso, ahora más bien tocaría preguntarnos por qué no se discuten públicamente los problemas vinculados al cine cubano. Todo lo que pueda aportar en este punto es pura especulación. Sé que la mayoría hablará del tema político, y la evidencia de que hoy en día el Estado ya no puede controlar como antes la producción, distribución y exhibición de los filmes cubanos. Pero eso es solo una parte del problema.

Pienso, por ejemplo, en ese Programa de Fomento para la Cultura Audiovisual que fue presentado hace más de cuatro años por Roberto Smith (entonces presidente del ICAIC) en aquel Foro de Consumo que organizamos, y no encuentro respuesta alguna que explique la indiferencia del Ministerio de Educación, por ejemplo, ante lo que podría ser una alternativa a lo que ahora estamos viviendo: un consumo desaforado y neocolonizador de lo peor del cine de entretenimiento (y que conste que no tengo nada contra el consumo de ese cine, siempre que responda a una elección del individuo: mi problema está cuando institucionalmente se legitima ese orden de cosas porque no hay iniciativas públicas y lo que predomina es el conformismo).

Es decir, si quienes cuentan con determinado poder (en este caso la presidencia del ICAIC) y desde dentro intentan fortalecer un sistema institucional que pide a gritos ser actualizado, sufren la indiferencia de quienes podrían impulsar las transformaciones, ¿qué puede esperarse de esos cineastas que decidieron reunirse por su cuenta durante cinco años para pedir una Ley de Cine?, ¿o de los jóvenes que redactaron las Palabras del Cardumen? ¿Dónde estaban o están ahora los que descalifican esas acciones en el momento en que Roberto Smith proponía poner en marcha el Programa de Fomento de la Cultura Audiovisual?

Mi criterio es que estos asuntos no se resuelven solo desde lo legal. Seré más radical aún: si la industria del cine cubano existe hoy bajo el nombre del ICAIC se debe a que Alfredo Guevara y Fidel, además de compañeros de lucha política, sentían pasión por el cine. Si ese elemento falta (lo común de la disposición afectiva, diría Heidegger), olvidémonos de desarrollar lo que sea, y siguiendo con la franqueza, no creo que abunden muchos cinéfilos entre nuestros actuales servidores públicos, aunque a diario consuman audiovisuales de todo tipo. Esto quiere decir que el cine cubano ahora mismo es uno de los tantos problemas que tiene el país con la cultura: pero no es la prioridad, como si lo fue en los sesenta.

Y en ese caso, ¿qué debemos hacer? No queda otra que seguir insistiendo en las redes sociales, aunque mañana, cuando le incomode a alguien, nos digan que como ciudadanos hemos apelado a un espacio que no es el más recomendable.

En este punto recuerdo la carta pública que le escribiera Ramón Peón a Fidel, justo a inicios del año 1959, cuando todavía nadie podía imaginar que iba a existir el ICAIC. Ramón Peón fue uno de los individuos que con más intensidad soñó la posibilidad de una cinematografía nacional, y en aquella carta le escribía a Fidel:

“Cuando tenga tiempo de hablar diez minutos de cine, solo diez minutos, que estoy seguro que serán de gran utilidad, deme la oportunidad de aclarar por qué yo tengo tanta fe en que el cine pueda ser su mejor aliado en la reestructuración de la nueva Cuba que soñó Martí, y usted quiere que se convierta en realidad ahora”.

No sabemos si Fidel llegó a leer aquella misiva pública, porque al mes siguiente se fundó el ICAIC, y poco después Peón abandonaría el país decepcionado, y tanto su obra, como su buena voluntad, fue sumergida en el olvido hasta que Arturo Agramonte y Luciano Castillo la lograran rescatar.

Pero hoy los tiempos han cambiado, y los principales servidores públicos de la nación cuentan ya con Internet en sus teléfonos. Quiere decir esto: pueden acceder directamente, sin filtros o intermediarios, a estas discusiones que se generan en la red de redes. Es decir, que queda cada vez menos espacio para justificar la indiferencia pública.

Por eso, gracias una vez más por dedicarle tiempo a pensar estos asuntos. Sé que en algún momento las nuevas generaciones aprovecharán lo que sea útil, y lo que no, pues al olvido: pero lo útil será aprovechado.

Un abrazo grande,

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el agosto 26, 2018 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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