TITÓN, GUANTANAMERA Y LA MUERTE (Fragmento)

Comparto la invitación que ha llegado al buzón electrónico, anunciando la presentación que mañana harán en el Pabellón Cuba de un nuevo número de la revista La Siempreviva, dirigida por el escritor y cinéfilo empedernido Reynaldo González.

Según puede leerse en la invitación, se trata de,

“Un extraordinario dossier sobre libros, películas, directores, estudios de realizadores y períodos del cine cubano, con textos de Ambrosio Fornet, Ángel Pérez, Daniel Céspedes, Luciano Castillo, Frank Padrón, Mario Espinosa, Luis Álvarez Álvarez, Sigfredo Ariel, Antonio Enrique González Rojas, Juan Antonio García Borrero, Rolando Leyva, Ángel Pérez, Nahela Hechavarría Pouymiró, Olga García Yero, Berta Carricarte Melgarez, Claudia González Machado, Nelson Herrera Ysla, Ángel Pérez, Nils Longueira Borrego y Jorge Ruffinelli”.

No podré estar físicamente, pero comparto con los amigos del blog un fragmento de mi contribución a la revista, en este caso un capítulo del libro inédito “Ciudadano Alea”, hablando específicamente del filme Guantanamera, que Tomás Gutiérrez Alea dirigiera junto a Juan Carlos Tabío antes de morir.

JAGB

TITÓN, GUANTANAMERA Y LA MUERTE (Fragmento) [1]

Por Juan Antonio García Borrero

La primera vez que Tomás Gutiérrez Alea pensó en filmar el argumento de Guantanamera, estaba muy lejos de presentir que éste habría de ser, a la postre, su última cinta. Aquello fue a mediados de los años ochenta. Acababa de ganar con Hasta cierto punto el premio principal del Festival de La Habana, y tras escuchar en televisión un discurso de Fidel en contra del burocratismo, pensó que podría resultar atractivo (y útil) filmar una comedia de enredos, donde se ridiculizara a estos personajes que ya él había fustigado antes en La muerte de un burócrata.

De acuerdo con Titón, el primer guión escrito por Eliseo Alberto fue entregado al ICAIC el 18 de abril de 1986. Y sobre la trama señalaba que podía resumirse del siguiente modo:

“(…) a unas fiestas populares organizadas en Guantánamo asiste una mujer nacida allí que, siendo aún muy jovencita, había sido llevada por sus padres a vivir en La Habana. En medio del carnaval reencuentra al que había sido su primer y gran amor, viejo ahora igual que ella, pero también atrapado en el recuerdo de aquella relación de adolescentes. Cuando están a punto de unirse por primera vez, ella muere de felicidad en los brazos de él, y su cadáver debe ser trasladado a La Habana. Pero entre las rigurosas medidas de ahorro impuestas por la escasez de combustible está la de no permitir que ningún carro fúnebre traspase los límites de la provincia a la cual pertenece, y es así como, para el traslado del féretro, se pone en práctica por primera vez el sistema de relevo en las fronteras de cada una de las provincias que será necesario atravesar”.[2]

Al principio el proyecto se titulaba Contra su voluntad, pues a Titón le había gustado la inscripción que leyó en una de las lápidas del cementerio y que decía: “Aquí yace/ contra su voluntad/ Fulano de tal”.[3] Por otro lado, el episodio del cambio de cadáveres ya lo había utilizado en Las doce sillas, pero por razones dramatúrgicas lo eliminó en su momento, en tanto “alargaba la presentación y confundía la línea principal de la narración”.[4]En los ochenta, el tono del proyecto encajaba con aquel conjunto de películas que estrenó el ICAIC en la década, y que gozara de tanto respaldo popular. Prometía ser una historia que el público iba a agradecer, de allí que Titón se sintiera frustrado con la imposibilidad de filmarla de inmediato. Incluso llegó a pensar que sería otro de esos proyectos que jamás llegaría a la pantalla, como le comenta a José Antonio Évora en algún momento:

“Lamento mucho no poder hacer esta película, aparentemente una comedia muy ligera, pero en verdad una historia llena de profundas reflexiones sobre la vida y la muerte, sobre el amor… Las razones que impiden realizarla son las mismas que la inspiraron: los racionamientos derivados de la crisis de combustible. Creo que se pudo haber hecho cuando entregamos el guión, pero ahora es virtualmente imposible”.[5]

Por suerte, el éxito mundial de Fresa y chocolate le facilitaría filmar una nueva película. Como se sabe, Titón tenía varios proyectos, algunos muy queridos, como el de llevar a la pantalla la novela de Alejo Carpentier Los pasos perdidos. Precisamente en mayo de 1994 se había reencontrado con Edmundo Desnoes en la Universidad de Stanford, gracias a la invitación cursada por el investigador Jorge Ruffinelli, y lo había invitado a colaborar en la adaptación. Desnoes terminaría confesando al historiador Luciano Castillo haber aceptado “por curiosidad y por los dineros”[6], pero el recuerdo que guarda de la experiencia en modo alguno es el mejor, según se deduce de su tajante afirmación: “Por ahí, entre mis papeles, anda la versión que abandoné y entregué al productor que creyó que Titón, con mi ayuda, podría romper la barrera invisible que separa la literatura del cine. No creo que valga la pena reproducir esas páginas”.[7]

De hecho, a Gutiérrez Alea tampoco le había parecido bien, de acuerdo a lo que leemos en su epistolario:

“Creo que ya te dije que Toberoff me envió una primera versión del guión escrita por Edmundo. (…) La primera impresión no es muy estimulante. A pesar de que cuando trabajamos en N.Y, llegamos a precisar los lineamientos básicos, el guión no logra alcanzar la necesaria progresión dramática. (…) Le escribiré unas líneas a Edmundo para que vaya reflexionando sobre algunos de los problemas que yo veo en el guión, pero me parece que, hasta que no volvamos a sentarnos juntos a conversar, no vamos a llegar a un resultado aceptable. Así como está no creo que se pueda aspirar a interesar a nadie”.[8]

Tal vez la intuición de que podía ser su última oportunidad fue lo que lo impulsó a jugarse la última carta con Guantanamera. Tenía a su favor el éxito alcanzado con Fresa y chocolate, lo que le garantizaba un mayor respaldo internacional en cuanto a producción. Aunque ese éxito no significaba que dejara a un lado la exigencia de rigor en aquel proyecto en apariencia más sencillo, como puede apreciarse en la misiva que el 2 de abril de 1994 le envía a Walter Achugar, uno de los futuros productores del filme, con residencia en Madrid:

“Ahí va la Guantanamera en su primera versión. Como verás, data del 1 de abril de 1989. Es decir, ya han pasado muchas cosas desde entonces y nuestro país ha cambiado mucho en estos años. Ahora están las bicicletas, las ruinas de la ciudad, el desierto que va ocupando poco a poco más espacio… Esto nos obliga a replantearnos algunas cosas para actualizar la historia. Pero es un trabajo previsible, es decir, nada angustioso. Por otra parte, algo que siempre supimos: hay que trabajar mucho más el diseño de los personajes. Sobre todo, los del camionero y el de la mujer del funcionario. Si finalmente logramos que sea Pichi, el de Fresa y chocolate, el que haga el personaje del camionero, hay que darle otro tono a ese personaje y a las motivaciones de su relación con Georgina, la mujer del funcionario, que sería interpretado por Mirtha. No deja de ser interesante que el homosexual de F y ch va a aparecer ahora como un camionero supermacho y la jinetera, en cambio, será ahora una mujer superreprimida, casi monjil. Eso me gusta”.[9]

En realidad, no sólo el país era otro, con esa paulatina “dolarización” de la economía, que aquel año tendría un punto de giro importante con la legalización de la compra y venta de dólares; también lo era Titón, con esa certeza de que se aproximaba al final de su vida: la certeza de que quedaba poco. Había conseguido cierta serenidad en su ánimo gracias a la práctica de Tai Chi en la que se había iniciado, y el abandono de antiguos hábitos. Pero por mucha madurez existencial que hubiese conseguido adquirir hacia la fecha, seguía siendo humano, demasiado humano.

Juan Antonio García Borrero

Notas:

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Publicado el agosto 14, 2018 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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