PARADOJAS DEL GRIS

Uno de los lugares comunes que suele reservarnos la retórica historiográfica que alude al “quinquenio gris” en Cuba, es aquel que pretende poner a salvo al ICAIC del empobrecimiento espiritual de la época.

Como todo lugar común, hay en esa afirmación medias verdades que operan sobre la base de un consenso que bien podría funcionar por comparación (en otros lugares fue peor, se dirá), o por la ausencia de una perspectiva de conjunto que examine la posición del Instituto en varias dimensiones, rechazando cualquier tentación de facilismo unilateral (ya sea para exaltarlo, o para descalificarlo).

Es real que, comparado con lo que sucedió en la literatura o el teatro, por ejemplo, el cine producido por el ICAIC se mantuvo alejado de ese afán formativo y excluyente que caracterizó a las mencionadas expresiones artísticas, pero también es cierto que el enfoque crítico que se legitimaba en una película como Memorias del subdesarrollocedió de modo notable ante la entronización de esa otra tendencia historicista que, partiendo de la premisa de los “Cien años de lucha”, le concedió más jerarquía a la descripción del pasado que al análisis del presente.

En sentido general, el gran problema que ha tenido la gestión historiográfica que examina lo acontecido en Cuba por estas fechas, es que no logra eludir la hipersensibilidad del experto, lo cual, en el caso de los protagonistas del drama, es inevitable y hasta atractivo, pero en el de un investigador deviene funesto, toda vez que, como ha observado Cassirer, “la historia es una historia de las pasiones, pero si trata de ser apasionada deja de ser historia. El historiador no debe exhibir las mismas pasiones, furias y locuras que describe. Su simpatía es intelectual e imaginativa, no emotiva”.[1]

Desde luego, el hecho inocultable de que en Cuba el historiador se haya visto atrapado no pocas veces entre la anamnesis y la amnesia, ambas decretadas por coyunturas políticas que nada tienen que ver con el oficio, sino con los intereses del Estado, explica esos frecuentes enfrentamientos donde los involucrados pasan por alto de modo interesado todo aquello que no contribuya a hacer más verosímiles sus propios relatos, o ilegítimos los de los contrarios.

Surge entonces muchas veces esa tercera circunstancia (la paramnesia historiográfica), en la cual el sujeto que evoca asegura recordar hechos que en verdad no han ocurrido, toda vez que su versión, al desentenderse de las contradicciones que la propia realidad le ha ido surtiendo, vendría a ser otra fábula rígida y apasionada a favor o en contra de un discurso hegemónico, pero en modo alguno contendría esos matices que, al final de todo, es lo que distingue a la realidad como algo vivo, dinámico y paradójico. De allí que para Cassirer,

A no ser que el historiador se quede en mero analista, que se contente con una narración cronológica de los acontecimiento, tendrá que realizar siempre esta difícil tarea; habrá de detectar la unidad que se encuentra detrás de las innumerables y, a menudo, contradictorias manifestaciones de un carácter histórico”.[2]

En este sentido, sólo una voluntad encaminada a integrar en un mismo relato las diversas fuerzas presentes en el momento histórico estudiado, nos permitiría vislumbrar un poco mejor la complejidad presente en la fecha, y que no se reducía a ese binarismo simplista que habla apenas de represores y víctimas. De hecho, lo nefasto del “Quinquenio Gris” va mucho más allá de las medidas tomadas contra un grupo de escritores y artistas que no cumplían con los parámetros dictados por el mandarinismo cultural de turno, sino que afectó a toda la sociedad, al imponer raseros de convivencia donde la solidaridad (o fraternidad) ya no era ese presupuesto que impulsa a que creamos en las diferencias existentes entre los seres humanos como algo enriquecedor, sino que empobreció y sometió el mundo afectivo a lo ideológico.

Juan Antonio García Borrero

Notas

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Publicado el julio 24, 2018 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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