DE ERRORES, PERIODISMO Y CINE CUBANO

Pensar en el cine cubano muchas veces es pensar en una modalidad autóctona del periodismo. Y eso no ha estado ni estará bien, pues el cineasta y el periodista tienen funciones diferentes, aun cuando vivan sometidos a los embates de una misma realidad.

El periodista, por encima de todo, tiene el deber de informar sobre lo que acontece alrededor del ciudadano común, construyendo un puente que en principio debería facilitar las relaciones entre la gente que es gobernada y los servidores públicos. El cineasta, en cambio, tiene el deber de hacer cine, y eso incluye construir mundos que todavía no hemos experimentado en lo personal, pero que nos ayuda a imaginar futuros superiores a este presente que nos vapulea a diario.

Puede ocurrir, sin embargo, que el cineasta sienta la necesidad de decir lo que a la prensa cubana no le es permitido, como ha sucedido y todavía sucede en Cuba. Entonces llegan las “películas críticas” que tanto incomodan a quienes ocupan importantes posiciones de poder, y en la que es demasiado fácil reconocer a todos esos personajes que ahora mismo prefieren ver a Cuba estancada, inmóvil en el tiempo: los burócratas, los comisarios, los oportunistas que guardan silencio porque no conviene hablar en ese momento (como si expresar lo que uno siente tuviese que ver con lo que los demás esperan que digamos, y no con la voz de nuestra conciencia).

Recuerdo con dolor y vergüenza el revuelo originado en su momento por la película Alicia en el Pueblo de Maravillas (1991), aquel bullying orquestado desde los medios contra el equipo de realización de la cinta, y en especial contra su director Daniel Díaz Torres. Por aquellas fechas aún no había conocido personalmente a Daniel: él era simplemente el nombre de “alguien” a quien se atacaba sin piedad alguna en la prensa, y se le estigmatizaba como “contrarrevolucionario”.

Daniel Díaz Torres se murió haciendo películas críticas en Cuba, mientras algunos de los que lo vapulearon públicamente hoy viven defenestrados en el olvido, o en la mala memoria de quienes lo evocan. Y cuando conocí a Daniel pensé encontrarme a un hombre amargado, resentido con aquellos que tanto le hicieron padecer (a él y su familia), y en cambio, me encontré a un artista que jamás perdió de vista que, si asumes ese rol (el de artista), sabes que te toca el no conformismo, el disenso, la irreverencia. Por eso siguió haciendo “películas críticas”, sin importarle lo que coyunturalmente algunos dirían de él y su obra.

Saco a relucir su caso porque debió servirnos de lección para entender que la realidad nunca será esa caricatura binaria en la que podemos etiquetar de un modo facilista a los individuos como “esto y aquello”. Yo no sé si el periodismo puede captar esa complejidad debido a la misión partidista que en el fondo lo anima, pero si no puede, al menos pediría que no simplificara, que no diera pie a que los poderes construyan escenarios imaginarios que nada tienen que ver con la realidad de la gente de abajo.

Al periodista hay que exigirle una visión compleja, como mismo se le tiene que exigir al cineasta una representación donde estén incorporados los matices. Pero esa voluntad de entender la vida como algo complejo necesita también de la memoria, única herramienta que nos permitirá no caer en los mismos errores de antaño.

Ahora recuerdo aquel proyecto de filme que Titón no pudo realizar a finales de los ochenta, con el título precisamente de La periodista. A su entrevistadora Silvia Oroz le comentaría:

Es un proyecto que aún está en el comienzo. Lo que más claro tengo es que es un intento de llevar más lejos lo que no pude alcanzar en Hasta cierto punto. La trama se centrará en una periodista, que hace reportajes para la televisión, que plantea críticas y se enfrenta a los problemas que eso conlleva.

El otro día transmitieron un discurso de Fidel por televisión, que me parece interesante porque apunta la idea de La periodista; en un tono autocrítico, dijo algo muy importante: que cuando se hacen cosas se tiene el derecho a cometer errores, a lo que no se tiene derecho es a reincidir en esos errores después de haber tomado conciencia de ello. Eso constituye el centro de la problemática de esta idea y el discurso de Fidel la estimula aún más”.[1]

Pero para ser honesto, a mí me parece que entre nosotros todavía el error es algo que no tiene nada que ver con lo que aconsejaba San Agustín: “Conviene matar el error, pero salvar a los que van errados”. Al contrario: acá por lo general se trata de matar dos pájaros de un tiro, porque lo que importa no es tanto la búsqueda de una Verdad que se construye entre muchos, como la utilidad de lo que piensan coyunturalmente los grupos.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el julio 16, 2018 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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