JORGE SANTOS CABALLERO SOBRE EL TALLER NACIONAL DE CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA

Los Talleres Nacionales de Crítica Cinematográfica: una mirada desde la distancia.

Por Jorge Santos Caballero

Acaba de concluir el XXIV Taller Nacional de Crítica Cinematográfica, que organiza Camagüey desde hace 25 años. Fue por 1993, cuando Luciano Castillo y Juan Antonio García Borrero, con Armando Pérez Padrón, a la sazón director de Centro Provincial del Cine, se sumergieron en la aventura creadora de un evento que ha dado una nueva consideración a la crítica.

El pensamiento desarrollado en esa dirección generó no solo el reconocimiento de un evento como este, sino que despertó el interés de los críticos, cineastas, y de otros intelectuales con vistas a mirar desde la larga distancia -por cierto Camagüey está casi 600 Km de la capital del país- los ejercicios creativos del cine en las más diversas vertientes.

Las conclusiones iniciales llegaron al extremo de demostrar cuán necesaria es la valoración crítica del cine en su amplio espectro, y admitió asimismo que era vital pensar no clásicamente en cuanto al quehacer del séptimo arte y todo lo vinculado a él, mostrando en diferentes ocasiones las dicotomías existentes, o las divergentes formas en el tratamiento de su expresividad para colocar cada parte en el lugar que debe estar.

Pero fue más allá este evento, pues en vez de estimar una suerte de verdadera naturaleza en el cine, hurgó en las posibilidades de prevenir cómo este arte y lo que le ronda, podrá ser visto en años posteriores al dejar una certidumbre de su eficacia imposible de obviar.

Por supuesto, todo esto se ha ido enriqueciendo con el tiempo, luego de haberse efectuado con este veinticuatro Talleres. Una historia ya reconocida. Quizás por esa razón valga aquello de que el evento surgió contradictoriamente en el momento oportuno -1993-, y no rehusó llevarse a cabo pese a todas las contingencias -incluyendo ciclones-. En vez de tomarse un mero descanso, confirmó que la voluntad fue el lado amable de todo lo complicado.

Eso me pasaba por la mente mientras escuchaba la sesión final del Taller en la Sala de Video Nuevo Mundo. Nada enturbió el clima intelectual que prevaleció e, indudablemente, los críticos que expusieron sus textos en ese momento -y en otros- denotaban una madurez intelectual de primer orden. Lamenté algunas ausencias, algún amigo que no pudo asistir y manifestar su opinión, pero lo trascendente es que el Taller dejó muchas cosas buenas en relación con la reflexión.

Una de las enseñanzas es que se ha convertido en una vía imprescindible para pulsar no solo el estado de la crítica cinematográfica, sino para valorar cómo marcha el desarrollo del cine nacional e internacional en sentido general. Por ello la historia del mismo no puede transcurrir como una pausa para medir solamente una corriente estética.

La respuesta fundamental a esa controversial situación, obliga a los organizadores y participantes a que haya una mayor circulación de ideas. Vale decir, debe mantenerse e impulsarse formas de esfuerzo de tipo cognoscitivo que se desarrolla mediante la exposición de criterios sostenidos en conexión con una polémica sana.

En ese sentido, es conveniente buscar que los contenidos expuestos estén en función de mostrar más claramente el estado en que se encuentran sus investigaciones aludidas, más allá de la influencia que pretendan ejercer con ellas en el Taller.

Vivamos estas realidades, manejémoslas, porque de lo que no cabe dudas es que el Taller posee un carácter de responsabilidad implícito, que va introduciendo a los espectadores en una esfera de influencia crítica precisa y abarcadora, sin extrañezas o medias tintas, sino que cada intervención sea una vía para informarse.

Acaso parezca raro este criterio, pero consideramos que un evento de esta magnitud es crucial mantenerlo vivo. Debe haber una manera de actuar en la que no haya frases dichas al desgaire como advertencias, sino reflexiones sin instintos ahogados o impulsos aleccionadores.

Un último detalle, el Taller también debe analizar aspectos de la realidad social o de la historia que inciden en la creación de los filmes. Algunos comentarios fueron muy válidos e indicativos de esos problemas, que denotan estar subyacentes.

Por ejemplo, la intervención perentoria del Luis Álvarez en el homenaje a Ingmar Bergman, cuando citó un hecho cierto: la globalización no es de ahora. O cuando Mario Espinosa habló en su ponencia del desempeño de Nicolás Guillén Landrián, y su quebrantamiento de la norma o la irreverencia con el actitudes del poder; o las palabras de Ángel Pérez, sobre los conflictos en la percepción de los géneros; u Olga García Yero, acerca de los problemas interpretativos con el feminismo, o Juan Antonio García Borrero, cuando intervino sobre Memorias del subdesarrollo y el año 1968, que fue, sin dudas, un periodo de ruptura existencial en el mundo y en Cuba en particular.

En fin, en relación con esos temas hay que volver una y otra vez, pero de forma menos referencial y más exponencial; así como otros que afectan al mundo, y que merecen una urgencia en el tratamiento.

Comoquiera, el taller vive porque por derecho propio merece que sea así. Además, no es reiterativo decir que ha posibilitado que la crítica cinematográfica viva, sin importar ideas o gustos. Por el contrario, su esencia consiste directamente en su relación con el cine y la realidad.

*El autor es un ensayista cubano, autor de varios libros. Miembro de la UNEAC.

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Publicado el mayo 28, 2018 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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