1968 EN CUBA: UN AÑO PARTIDO EN DOS

La segunda sesión teórica del recién finalizado 24 Taller Nacional de Crítica Cinematográfica, tuvo al año 1968 como eje temático de los dos paneles celebrados. En el primero, moderado por Antonio Mazón Robau, los panelistas María Antonia Borroto Trujillo y Reynaldo González nos hablaron de la presencia de la Guerra de los Diez Años en el cine cubano de esos momentos, mientras que el realizador Alejandro Gil expuso sobre su experiencia vinculada al rodaje de Inocencias, un filme todavía en post-producción que aborda el fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina. En el otro panel, que condujo Mario Naito, se examinaron de modo puntual algunos filmes: Dolores Calviño reflexionó sobre Aventuras de Juan Quinquín, de Julio García-Espinosa, Daniel Céspedes sobre Lucía, de Humberto Solás, y Mario Espinosa sobre Coffea Arábiga.

A mí me encargaron hablar de Memorias del subdesarrollo, de Tomás Gutiérrez Alea, pero preferí disertar sobre el año 1968 y lo que esa fecha todavía significa para nuestro imaginario nacional. Desde luego, comencé haciendo promoción de ese gran libro colectivo que coordinara Mariano Mestman con el título de “Las rupturas del 68 en el cine de América Latina” (Editorial Akal, 2016), y que en breve tiempo se ha convertido en un referente insoslayable para todos aquellos que desean obtener una visión de conjunto de lo sucedido ese año en el área.

Mi contribución para ese volumen se titula “Revolución, Intelectual y Cine. Notas para una intrahistoria del 68 audiovisual”, y en la misma parto de una idea manejada por el estudioso Rick Altman en su ensayo Otra forma de pensar la historia del cine, al proponernos “el modelo de las crisis” como herramienta de aproximación historiográfica. Para Altman, no es la estabilidad de los fenómenos que el historiador tradicional insiste en llamar “identidad” lo que explicaría el desarrollo de esa realidad que luego se simplifica teleológicamente en la Historia-relato, sino en todo caso la problematización de lo móvil, de lo que escapa constantemente a la domesticación epistemológica.

Los enfoques del audiovisual cubano no han podido evadir esa voluntad de amansar las contradicciones que nos prodiga la realidad. Pensemos en las diversas maneras de nombrar, por ejemplo, el período fundacional del cine revolucionario. Etiquetas como “década prodigiosa” o “década de oro” no hacen más que disimular lo que en el fondo era permanente lucha cultural y política.

De allí que en ese relato cómodamente heredado, los “grandes clásicos” (Memorias…, Lucía, Las aventuras de Juan Quinquin, La primera carga al machete, etc) sigan dictando, de modo unilateral, las maneras en que debemos mirar lo sucedido en esas fechas. Lo “armónico” ha terminado por sepultar la riqueza de acontecimientos contradictorios que, paradójicamente, nutrieron el espíritu de cada de una de esas películas que hoy celebramos con el fervor con que, según Borges, se suele hablar de los clásicos.

Una historiografía crítica, como aconsejaba Nietzsche cuando hablaba de los usos y abusos de la Historia, y las modalidades monumentalistas y arqueológicas, seguramente nos permitiría percibir que 1968 es mucho más que la simple suma de aquellos doce meses del año. 1968 son los clásicos fílmicos, desde luego, pero también son los cineastas que por esas mismas fechas abandonaron el país. Es Memorias del subdesarrollo, pero es también Titón escribiéndole a una amiga su opinión sobre lo ocurrido con Heberto Padilla y su poemario “Fuera del juego”. Es el ICAIC produciendo cintas que legitiman el discurso oficial donde se habla de “los cien años de una misma revolución”, pero es también el año de la Ofensiva Revolucionaria, el año del hoy olvidado Congreso Cultural de la Habana y de Fidel apoyando a la Unión Soviética con lo de la invasión de Checoslovaquia.

Estoy intentando llamar la atención sobre la necesidad de dejar a un lado los lugares comunes, casi siempre vinculados a lo hagiográfico y a la exaltación fetichista de lo que se toma como cumbre que ya no se puede superar, para regresar a los orígenes fangosos de esa Historia que hoy nos fascina y no nos deja ver lo ocurrido en su momento en el plano cotidiano, que es donde se consolidan o desaparecen los valores ciudadanos.

Digo esto porque cuando prescindimos del enfoque crítico de la Historia, se anula la percepción de riesgo que nos avisaría del posible reciclaje de ese conjunto de acontecimientos, pero ahora con un sentido más burdo que trágico.

En 1968, aunque no nos guste recordarlo, quedaron preparadas las condiciones para que un poco después se consolidara eso tan nefasto que hoy conocemos por “quinquenio gris”. Por eso alguien habló de un año partido en dos, con un primer semestre donde todavía era posible hablar del intelectual crítico de un modo natural, y un segundo donde se afianza la idea de un intelectual revolucionario que no ha de discutir demasiado las directrices de la vanguardia política ante el imponente temor de entregar armas al enemigo.

¿Acaso por estas fechas no estaríamos viviendo algo parecido? ¿Cuántos intelectuales y cineastas de ahora no son percibidos como potenciales amenazas frente a un orden propugnado por ciertos grupos que no admiten el más mínimo disenso? Pero la lectura crítica (no arqueológica ni monumentalista, sino crítica) de esa Historia reciente que no es simplemente “pasado”, sino que vive en nosotros proyectada en un “futuro” al que quisiéramos acceder en auténtica democracia, nos sirve para entender que las fronteras temporales no son más que puras ficciones.

Escucho a Sara Gómez cuando responde un cuestionario de Marguerite Duras en pleno 1968:

¿Quiere decir esto que no existen oportunistas, mediocres y acomodados? No, están ahí, entre nosotros mismos, dentro de mí es posible que habite una oportunista, una mediocre, una que aspira a acomodarse, pero eso no es grave por cuanto estamos dispuestos a luchar contra estos elementos fuera y dentro de nosotros. Yo lo que sí puedo asegurarle es que este no es un país de conformistas: confío más que nada en alguno de esos jóvenes “conflictivos” que hay en cada aula, en cada granja, en cada fábrica, ese que hace la pregunta que nadie se había hecho, exige una respuesta y pone a pensar a los demás.

¿Estará hablando de los jóvenes conflictivos que ahora ponen a circular sus dudas en las Palabras del Cardumen?

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el mayo 28, 2018 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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