LOS ECOS DE LA CIUDAD SIMBÓLICA, TODAVÍA

Ayer me sentí raro en la primera sesión del Taller Nacional de Crítica Cinematográfica. Como si de repente el que ahora escribe esto se encarara con el que participó, hace 25 años, en aquella primera edición del evento.

De pronto llegaron a mi mente los amigos que, en pleno “período especial”, decidieron acudir al llamado del Centro del Cine de Camagüey: Carlos Galiano, Rafael Acosta de Arriba, Guillermo Bernal, Wilfredo Cancio Isla, Humberto González Carro, Antonio Mazón Robau, Mario Naito, Walfredo Piñera, Frank Padrón Nodarse, Raúl Rodríguez, José Rojas Bez, y Jorge Yglesias.

Y me puse a revisar un texto que escribí en el año 2005, donde en alguna parte anoto algo que todavía suscribo:

El Primer Taller Nacional de Crítica Cinematográfica se propuso revisar el estado de salud de nuestro pensamiento en torno al cine, pero también (y tal vez lo más importante) ofrecer estrategias, tácticas, planes, maniobras que nos permitieran no sólo recuperar el terreno que habíamos perdido, sino igual nos iluminara el que en lo adelante tendríamos que atravesar, tan distinto al de épocas precedentes. Los resultados de aquel primer encuentro no pudieron ser más edificantes: se habló de la falta de espacios, pero se fustigó con mucha más fuerza la ausencia de rigor que en no pocas ocasiones había deformado la función del crítico, para convertirlo ora en un ente manipulado por fuerzas extra artísticas, ora en un sujeto parlanchín, egocéntrico y usurpador de las funciones de Dios. Se dinamitó el mito de que el crítico es un ser superior, dotado de fuerzas sobrenaturales y designios mesiánicos, algo así como el único que puede salvar a la humanidad de ese Apocalipsis que todos conocemos como mal gusto. Se puso en práctica, por primera vez, la saludable crítica de la crítica”.

25 años después de celebrado aquel Primer Taller de Crítica Cinematográfica, ya no soy tan optimista: considero que la crítica de cine que se ejerce hoy en Cuba atraviesa uno de sus peores momentos, al correr el peligro de ser devorada por la adicción al zapping de las nuevas audiencias. Hoy la autoridad del crítico tradicional debe competir con las “bondades” de las nuevas plataformas interactivas, esas donde son los usuarios los que construyen, a la medida de lo que necesitan, sus propios canales de producción y circulación de ideas.

¿Sobrevivirá el crítico de cine en medio de las nuevas prácticas culturales? No lo sabemos, toda vez que tampoco tenemos la certidumbre de que el cine, tal como lo conocemos hasta hoy, permanecerá. Sabemos, eso sí, que la aventura de la imagen en movimiento, acompañada o no de sonido, y proyectada sobre una superficie, no se extinguirá, porque la tendencia indica que el consumo audiovisual crecerá, aunque en soportes totalmente diferentes a los de antaño.

¿Qué puede hacer un crítico de cine en un contexto así? Esa es la gran pregunta que en forma de desafío todavía nos estimula a seguir pensando el viejo oficio del siglo XX.

Juan Antonio García Borrero

PD: Comparto el artículo al que hice referencia antes.

LOS ECOS DE LA CIUDAD SIMBÓLICA

Por Juan Antonio García Borrero

En marzo de 1993, catorce críticos de cine y periodistas relacionados con la promoción fílmica se reunieron en la ciudad de Camagüey. Que se recuerde, precedentes de este tipo de tertulia no existían en el país. Tampoco en el continente, pues tal parece que los especialistas del medio prefieren prolongar ad infinitud la atractiva sensación de soledad que reporta una sala oscura (¿o será que, después de todo, los críticos de cine son criaturas creadas para vivir de las sombras y en las sombras?).

Lo cierto es que de manera imprevista, aquella reunión contribuyó a crear la ciudad simbólica en la que hoy se refugia el grueso de quienes ejercen el pensamiento en torno a la imagen en movimiento. Es decir, que desde entonces Camagüey logró algo así como una réplica de esa república de las Letras que, en otros contextos, agrupa a narradores y poetas. Antes de Camagüey y su Taller, nuestros críticos existían aislados; después de Camagüey, la crítica de cine en Cuba adquirió una mayor cohesión y, en especial, el trabajo de promoción cinematográfica cobró, a escala nacional, un nuevo auge y vigor.

En una reciente pesquisa laureada con el Premio Nacional de Investigación que convoca anualmente el Ministerio de Cultura, Armando Pérez Padrón lograría conformar un exhaustivo mapa de lo que ha sido en sus primeros diez años de existencia esta suerte de gesta cultural. Allí, entre un gran cúmulo de informaciones por primera vez registradas y ordenadas, es posible encontrar lo que resultó la primera declaración de un taller de la crítica, la cual comenta de una manera bien explícita el impacto conseguido en esa cita primigenia. Decía la misma:

DECLARACIÓN DEL PRIMER TALLER NACIONAL DE LA CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA.

Una representación de críticos y periodistas cinematográficos de varias provincias del país, nos hemos reunido en la ciudad de Camagüey, entre el 4 y 7 de marzo de 1993, para celebrar el Primer Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica. Este evento nos ha propiciado al fin, una oportunidad largamente esperada, la de conocernos e intercambiar experiencias sobre una labor que cuenta con una trayectoria en la historia cultural de nuestro país y de la que hoy somos continuadores, tanto en la promoción como en el estudio de un arte cuyo centenario festejaremos próximamente.

Presentes hemos estados en este taller críticos y periodistas de cine de distintas generaciones, así como quienes, aún en proceso de formación aspiran a ejercer la profesión. Juntos hemos compartido días de intensa actividad, de discusiones y debates, de planes y proyectos y juntos esperamos que esta reunión, que precede la próxima constitución oficial de la sección nacional – Cuba de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica, represente un nuevo impulso para el desarrollo de la crítica de cine en Cuba.

El Primer Taller Nacional de Crítica Cinematográfica no debe quedar como un suceso cultural aislado, la importancia del cine como medio de expresión artística, de formación cultural y de conciencia social, valores que justamente corresponde a la crítica enjuiciar y resaltar, merita que se le asegure una continuidad y trascendencia, en la medida que lo posibiliten las difíciles circunstancia por las que atraviesa el país.

Es por ello que, a la vez que agradecemos al Centro del Cine y al Sectorial Provincial de Cultura de Camaguey su feliz iniciativa de convocarnos a este evento y la eficacia con que han sido capaces de organizarlo, los exhortamos a que, en coordinación las instancias gubernamentales respectivas brindando su imprescindible aporte para sostener sistemáticamente en el futuro otros encuentros de esta naturaleza.

Camagüey, 7 de marzo de 1993, ´´año 35 de la revolución” (1)

Como se recordará, por esa misma fecha la nación se adentraba en uno de sus peores momentos desde el punto de vista económico: la desaparición de muchas de las publicaciones periódicas en las que se ejercía la crítica cinematográfica, hizo pensar con toda justeza que nuestro pensamiento en torno al cine, en lo adelante estaría condenado al reino de la oralidad (debo esa expresión a Wilfredo Cancio Isla, uno de los ponentes de la primera cita). La revista Cine Cubano paralizó sus salidas. El periódico Trabajadores dejó de ofrecer sus valiosas columnas diarias. También Cine Guía pasó a mejor vida y pareciera que cuando más espacios televisivos como Toma Uno e Historia del cine, estaban dispuestos a salvarnos de la inercia y la desidia fílmicas. Para colmo, mermó el número de proyectos filmados y como nunca se hizo robusta la convicción de que se nos moría el séptimo arte, y con este, una etapa muy singular de la vida cultural del país.

Podrá parecer una paradoja, pero la idea de concebir un Taller Nacional de Crítica Cinematográfica, según iniciativa del Centro de Cine en Camagüey, surgió precisamente gracias a esa coyuntura tan desfavorable. En aquellos instantes, el tema predilecto de quienes discutían (todavía discuten) la suerte del cine en vísperas del nuevo milenio, se relacionaba con la imposibilidad de contraponer nuestras estrategias de promoción a las de los grandes consorcios que siguen viendo en esta expresión artística el más atractivo de los filones comerciales, pero sin reparar en sus posibilidades estéticas y humanistas.

En efecto, luego de cien años de existencia (un tiempo hasta cierto punto breve, pero de cualquier forma, un siglo), el cine ha arribado a la que ya se le llama su cuarta edad (la electrónica) con abundantes aplausos, mas no pocos escepticismos: en estos cien años, los cumplidos en torno a los creadores de la talla de Welles, Chaplin, Bergman, Fellini, Renoir y otros han resultado unánimes, pero también es verdad que la cada vez más frecuente digitalización, por ejemplo, está suponiendo en no pocos casos, una corrupción flagrante y estentórea de los principios más puros del verdadero arte cinematográfico, y lo más lastimoso, algunas veces con el visto bueno de una crítica que se cree seria mientras más fascinada se muestra con el progreso (la industria, las películas caras).

El Primer Taller Nacional de Crítica Cinematográfica se propuso revisar el estado de salud de nuestro pensamiento en torno al cine, pero también (y tal vez lo más importante) ofrecer estrategias, tácticas, planes, maniobras que nos permitieran no sólo recuperar el terreno que habíamos perdido, sino igual nos iluminara el que en lo adelante tendríamos que atravesar, tan distinto al de épocas precedentes. Los resultados de aquel primer encuentro no pudieron ser más edificantes: se habló de la falta de espacios, pero se fustigó con mucha más fuerza la ausencia de rigor que en no pocas ocasiones había deformado la función del crítico, para convertirlo ora en un ente manipulado por fuerzas extra artísticas, ora en un sujeto parlanchín, egocéntrico y usurpador de las funciones de Dios. Se dinamitó el mito de que el crítico es un ser superior, dotado de fuerzas sobrenaturales y designios mesiánicos, algo así como el único que puede salvar a la humanidad de ese Apocalipsis que todos conocemos como mal gusto. Se puso en práctica, por primera vez, la saludable crítica de la crítica.

Un repaso a la totalidad de los temas estudiados en las ediciones que hasta el momento ha tenido el evento, descubre un crecimiento sostenido en la complejidad de los temarios. Todavía hoy se puede recordar la ingenuidad de aquellos que, una vez diseñada por el Centro Provincial de Cine en Camagüey la primera edición, se preguntaban de buena fe qué importancia podía tener para el territorio (y para la cultura nacional, claro) la reunión de un puñado de críticos, en medio de las penosas circunstancias económicas que conocía el país.

Es posible que aún no resulte demasiado clara para algunos la cuantía de un evento que es cierto no se ocupa de la mejoría inmediata y material de nuestros semejantes, pero que de manera sutil está influyendo en el inconsciente colectivo, hasta el extremo de garantizar razonables cuotas de actitudes críticas, justo en una época que ha priorizado, por razones en ocasiones ajenas a nuestra voluntad, la exhibición del cine más frívolo que se haya conocido. A su manera, los Talleres de Crítica Cinematográfica se erigen en espacios de resistencia ante una actitud globalizadora que, en efecto, promete el fin de otra historia: o sea, el fin de la historia del cine, o mejor dicho, el fin de la historia del cine no norteamericano, y en algo de esto pensaba el Ministro de Cultura Abel Prieto cuando en entrevista concedida a la prensa comentaba que,

Primero es un evento con mucho prestigio. Llegando aquí me encontré con Fernando Pérez, gran cineasta nuestro; y ahora estuve compartiendo con Julio García Espinosa y con los principales críticos del país. Indiscutiblemente es un evento que ya tiene ganado a lo largo de estos años un gran prestigio, está consolidado como el evento más importante de pensamiento sobre cine que hay en el país. Segundo, pienso que lo tenemos que aprovechar más, creo que en esta reunión hemos ido encontrando nuevas alternativas, para fomentar en la población a escala masiva, un pensamiento, una elaboración crítica con respecto al cine. Sabemos que el cine es el emblema por excelencia de la lla­mada globalización en la cultura. Tenemos que luchar contra ese espectador pasivo que fomenta la globalización y tenemos que lograr, que en toda la población cubana exista un sentido de crítica, de reflexión, de análisis, a la hora de evaluar un producto audiovisual, a la hora de evaluar una película, sea cu­bana, sea extranjera, sea de donde sea A mí me parece que han hecho un tra­bajo extraordinario estos compañeros, lo crearon en medio del Periodo Espe­cial, en las peores condiciones, y se han mantenido anualmente, reuniéndose, trabajando, promoviendo la apreciación del cine. A mí me parece que merecen una gran felicitación y pienso que el Ministerio de Cultura y el ICAIC tienen que apoyar decididamente este evento. (2)

Todavía con el riesgo que suponen las simplificaciones esquemáticas, me atrevería a enumerar algunas de las utilidades que para la cultura fílmica nacional han reportado los Talleres:

· Mayor cohesión del gremio: hasta 1993, los críticos cubanos ejercían su oficio de manera individual, aislada, sin que existiera lo que pudiéramos llamar una conexidad sicológica. Que se recuerde, nuestro país conoció en 1936 de la ARTYC y en 1939 de la Federación de Cronistas Teatrales y Cinematográficos, pero nunca se propició un espacio teórico para el intercambio profesional de sus miembros. En tal sentido, el Primer Taller fue el foro que mejor respaldó la posterior creación de lo que hoy conocemos como la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica, pues si bien desde la década del ochenta existieron intentos de organizar la misma, esas tentativas no rebasaron jamás los límites de la oralidad.

· Mayor aproximación de los críticos a instituciones nacionales e internacionales: de manera sistemática los talleres han contado con el apoyo cada vez más crecientes de personalidades colectivas o individuales de nuestro país, o del resto del mundo. La presencia de críticos e investigadores de España, Francia, México, Perú, Argentina, Estados Unidos, Colombia, ha permitido que los nuestros estrechen relaciones con colegas de otros países, lo cual, pudiéramos atrevernos a sugerir, solo sucede en los festivales internacionales de La Habana, pero en circunstancias totalmente distintas, pues lo que allá prevalece es el visionaje de filmes, no el intercambio de impresiones y estrategias reflexivas.

· Ampliación del arsenal analítico: los temarios de cada año demuestran que los críticos participantes han querido conciliar sus intereses específicos relativos al cine con otros más generales que enriquecen la perspectiva del juicio. Al formar parte el cine de un soporte común (la cultura) donde se interrelacionan las más diversas expresiones humanas, se hace imprescindible la mirada de conjunto, lo cual ha sido posible gracias a la participación de especialistas de otras disciplinas.

· Estimulación general del trabajo de promoción cinematográfica: el primer taller se realiza en una época de intensa depresión económica para la nación, y como parte de la misma, la actividad cinematográfica, sobre todo en provincias, se limitaba a la simple exhibición y reposición de los filmes programados por la dirección nacional. A partir de la primera edición, surge en el resto del país eventos que aunque se distinguen en el superobjetivo, guardan como denominador común el rescate de un espectador que ha desertado de las salas del cine. Ejemplos: Semana de Cine Iberoamericano (Ciego de Avila), Cinemazul (Las Tunas), Taller de la Crítica “Mario Rodríguez Alemán” (Santa Clara), El Carnaval de la Imagen (Cienfuegos), entre otros.

· Reconfiguración del mapa crítico nacional: se supone que antes y después del primer taller existieran en el país la misma cantidad de críticos, pero aquel encuentro primigenio permitió borrar ciertos límites sicológicos, que de manera involuntaria hacían pensar que la crítica era “nacional” porque se ejerciera en La Habana. Los que más contribuyeron a este equívoco, por cierto, fueron las propias provincias, que al desconocer el potencial de sus “homólogas”, optaban por la figura “nacional”. Hoy, en cambio, la nómina de la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica cuenta con un buen número de críticos de “provincias”, que ejercen su función a lo largo y ancho del país, en igualdad de condiciones.

· Protección de la memoria crítica del período: como se dijo en un principio, los noventa crearon la sensación de un destino oral para nuestra crítica. Sin embargo, las tres primeras ediciones de los talleres ostentan sus propias memorias escritas. Las dos primeras son impresiones modestas, publicadas por la Biblioteca Nacional “José Martí”, pero que hoy día pueden figurar como textos de consultas imprescindibles para el estudio de la crítica y el cine cubano respectivamente, aunque el gran logro es la publicación efectuada a raíz del tercer taller, dedicado a festejar el centenario del cine y que reúne las opiniones de veinticuatro especialistas. La misma fue realizada por la Universidad Veracruzana de México.

· Incentivación del vínculo realizadores/críticos: si bien para algunos creación y crítica siguen siendo dos términos y funciones excluyentes, el Taller ha demostrado cuán fructífera puede ser para ambas expresiones la interrelación mutua. En tal sentido, se ha contado con la presencia y aporte de múltiples creadores del patio, entre ellos, Julio García Espinosa, Humberto Solás, Fernando Pérez, Senel Paz, Raúl Pérez Ureta, Luis Alberto García, Jorge Perugorría, Mirtha Ibarra, Orlando Rojas, Pastor Vega, Jorge Luis Sánchez, Juan Carlos Cremata, Marina Ochoa y Enrique Alvarez, entre otros. Sobretodo el V Encuentro propició un intercambio entre realizadores y críticos nacionales con escasos antecedentes en la vida cultural del país.

· Mayor vínculo del cine con el resto de las expresiones artísticas: el Taller también ha servido de espacio para el lucimiento de otros artistas, en lo fundamental provenientes de la plástica. Ha contado con carteles publicitarios diseñados por renombrados especialistas (Basch, Nelson Haedo, Néstor Coll) se ha incluido dentro de sus secciones exposiciones de reconocidos artistas (Joel Jover, Ileana Sánchez, Nazario Salazar, Guillermo García, Jorge Perugorría). Sin embargo, al margen del innegable beneficio que ha traído a nuestra crítica la sistematización de este tipo de encuentro, el mayor mérito que en nuestro criterio conserva el mismo, es el haber aproximado al gran público de un cine que hoy corre el riesgo de morir olvidado, en medio de tanto fariseísmo hollywoodense y filosofía impartida por inagotables películas del sábado. En tal sentido, las dos últimas ediciones fueron bien reveladoras al lograrse un saldo promedio de asistencia de espectadores que supera la cifra de 60 000 en cada caso, y que ha traído como consecuencia que el público camagüeyano asocie el mes de Marzo a su “Festival”. Gracias al ICAIC, la Cinemateca de Cuba, la Escuela Internacional de Cine y Televisión, la Alianza Francesa, el Instituto de Cooperación Iberoamericana (España), Universidad Veracruzana (México), entre otras instituciones, la programación del evento ha contado cada año con numerosos títulos de lujo y actualidad, lo que en cualquier latitud y tiempo conformarían una envidiable muestra.

Si un gravamen se le impone a la crítica del cine en Cuba, es el de insertarse de manera coherente en ese gran debate cultural que por estos día protagonizan las artes plásticas, la literatura y el teatro en el grueso de las publicaciones, pero para ello, es preciso que antes fundamentemos de una vez y por todas nuestra propia teleología crítica (¿para quiénes escribimos en realidad?, ¿acaso para nosotros mismos?), convenciéndonos de que resulta imprescindible estructurar un pensamiento sólido, vasto e integrador, que reemplace ese recurso más bien fácil de comentar las películas, como si éstas apenas fueran a interesar sólo a quienes nos escuchan ahora. Como resultado de esa inquietud es que se crearía en el 2003 la Cátedra de Pensamiento Audiovisual “Tomás Gutiérrez Alea”, con la presencia incluso de Mirtha Ibarra, viuda del célebre realizador cubano.

Visto de ese modo, todos los talleres celebrados hasta el momento (con sus indiscutibles limitaciones y modestos aciertos) pueden interpretarse como síntomas, destellos de la necesidad de ilustración que la crítica de cine también ya ha demandado en el país. Cierto que es imposible saber qué pasará en el porvenir, pues aunque el público camagüeyano ha incorporado estas citas a su imaginario colectivo como uno de los sucesos culturales de más arraigo, igual es de intensa la incertidumbre que ahora mismo uno siente con el futuro itinerario del séptimo arte. Pero aun así, es evidente que la ciudad simbólica que representa a nuestros ojos el taller, ya ha conseguido de alguna manera ser una edificación tangible, por lo que tendríamos que hablar de un éxito para nuestra cultura, en sentido general.

En Bembeta 723, el 10 de mayo de 2005.

[1] Citado por Armando Pérez Padrón en “Diez años que estremecieron la crítica” (inédito). Los críticos y periodistas fueron: Rafael Acosta de Arriba, Guillermo Bernal, Wilfredo Cancio Isla, Luciano Castillo, Carlos Galiano, Juan Antonio García Borrero, Humberto González Rojas, Antonio Mazón Robau, Mario Naito, Walfredo Piñera, Frank Padrón Nodarse, Raúl Rodríguez, José Rojas Bez, y Jorge Yglesias.

[1] Entrevista con Abel Prieto Jiménez en el I Taller Nacional de Crítica Cinematográfica. Grabación. Archivos del Centro Provincial de Cine de Camagüey. Citado por Armando Pérez Padrón en “Diez años que estremecieron la crítica” (inédito).

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Publicado el mayo 24, 2018 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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