KIKI ÁLVAREZ SOBRE EL SENTIDO DEL RELATO Y LA TRAGEDIA DEL CENSOR

Este texto me lo envió hace algún tiempo el cineasta Kiki Álvarez, con el fin de compartirlo con los lectores del blog. Pero por razones involuntarias no lo colgué en su momento. Por suerte, está escrito de un modo que no pierde vigencia, sobre todo porque el tema de la “censura”, por desgracia, no pierde vigencia.

El sentido del relato y la tragedia del censor

PorEnrique Álvarez

En la tragedia un sujeto recibe un mensaje que le está dirigido, lo interpreta mal, y la tragedia es el recorrido de esa interpretación.

Ricardo Piglia.

Había una vez… la mayoría de los cuentos infantiles comienzan con esta frase que incita la curiosidad por saber lo que pasó y el recorrido del relato está encaminado a satisfacer esa necesidad de conocer a alguien y acompañarlo en sus peripecias hasta lograr saber quién es. Por eso lo que más nos importa de una historia es su protagonista y sus vicisitudes. Por eso hacemos, escuchamos, leemos y vemos ficciones.

Cuando uno es niño y escucha la versión de los cuentos de la boca de sus padres siempre pedimos una vez más. Volver a escuchar un relato hasta aprenderlo de memoria es la única manera que tenemos de conocer y comprender al mundo. El sentido del relato, de cualquier relato, es ponernos frente a un espejo; el sentido de leer, de percibir una historia, es viajar hacia nosotros mismos.

Por eso enfrentar una historia, disponerse a la sucesión de unos acontecimientos, requiere de la inocencia de un niño que no ha perdido la capacidad de identificarse con un personaje, ni el gozo de asombrarse ante el misterio de la existencia. Por eso Sancho Panza es el mejor lector de un Quijote que se enfrenta a un mundo que se ha vuelto relativo, incierto y que ya no puede comprender y atravesar sino es desatando su fantasía y su individualidad.

¿Qué es la verdad? ¿Hay una verdad absoluta? Hoy la verdad es una conjunción polifónica, promiscua, de puntos de vista, construcciones ideológicas, prejuicios morales y un sinfín de mensajes que pretenden modelar, condicionar y programar nuestra capacidad de interacción con otros sujetos y con la realidad.

En un mundo empobrecido por tantas mediaciones, los individuos quedamos sometidos a formas de relatarnos la vida que, además de normativas, no sirven para explicarnos la complejidad del entramado social en el que nos movemos.

¿Cómo reaccionar a esta situación? Lo único que puede convertirnos en protagonistas de nuestras vidas es la voluntad de emanciparnos ejerciendo, como el Quijote, el delirio de contar: construir relatos… nuestros relatos… otros relatos…

El delirio de contar es la necesidad de compartir una experiencia y trascenderla a través del lenguaje. El narrador que cuenta un relato es un sujeto que se cura y que ha encontrado el camino para curar a los demás. Sherezada contó historias durante mil y una noches para salvar su vida y cambiar la vida de sultán que la escuchaba.

Si la aventura de la especie humana no estuviera encaminada al vencimiento de la oscuridad, semejante tarea la dejaría paralizada. Si la peripecia de cada uno de nosotros no fuera recorrer un camino cómo podríamos afrontar las dimensiones del tiempo y el espacio. Alejarse del seno materno, perderse, y después encontrar una camino de regreso a casa, es un recorrido que solo podemos afrontar siendo parte de un relato al que tenemos que desbrozarle el sentido.

Por eso la acción de coartar, modelar, y dirigir la vida de los otros, resulta una aberración de la condición humana.

Por eso el censor es un sujeto trágico, una figura incapaz de comprender la inutilidad de su gesto. La tragedia del censor es no comprender la imposibilidad de modelar al mundo. Su ingenuidad, creer en el valor social de su tarea, no le permite admitir y convivir con la complejidad que lo rodea. Su poder, su capacidad de tomar decisiones y ejercerlas, es circunstancial.

Nada puede el censor contra el conocimiento y la diversidad. Nada puede el censor contra la necesidad de conocer al otro, nada puede contra el ejercicio vital de compartir experiencias; nada puede contra la variedad de medios que hoy existen para difundir cualquier cosa que cualquiera quiera propagar. Su tragedia, la paradoja de su acción, es potenciar la curiosidad sobre lo que quiere desaparecer. Carga el censor con la piedra oscura de su ideal sublimado; su condenada es sostener la piedra y al ideal, hasta que los tres (la piedra, el ideal y el censor) caen por su propio peso.

Pero hay una paradoja más perversa en todo esto: ocurre cuando la tragedia de la censura se torna en una farsa de confrontación entre el demonio censor y el santo censurado. Aquí el objeto censurado (la obra) vacía su contenido primigenio, sus enunciados, en función del careo entre los sujetos que la determinan. La tragedia de la censura (que en muchos casos ha sido un calvario para los que la sufren) vive hoy de hacernos creer que se sigue tratando de una confrontación de ideas, de una cuestión de principios, de un problema con los contenidos, cuando la realidad (la inutilidad de su ejercicio) indica que se ha transformado en un juego formal, en una cuestión de apariencias, en una fiesta de disfraces, en un ejercicio de vanidades.

Puedo imaginar la sonrisa (digo, la severidad) del censor cuando piensa que cumplió con su deber y que todo está a salvo; puedo imaginar la sonrisa (quiero decir, la indignación) del censurado cuando recibe la noticia de que su obra ha sido prohibida y sabe toda la notoriedad que esto significa; puedo imaginar, en fin, mi sonrisa (tal vez una carcajada) cuando dentro de un tiempo pueda ver o leer la obra censurada y me pregunté: ¿y de verdad era para tanto?

Ante el ejercicio de la censura no hay intercambio de ideas, no hay margen de crecimiento social, no hay posibilidad de desarrollo creativo.

La censura es la mano que mece la cuna de una sociedad que ha mutado a pesadilla sus sueños de emancipación.

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Publicado el mayo 15, 2018 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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