LA RESISTENCIA ANALÓGICA

Acabo de enviar las respuestas a un cuestionario que indaga en las características del Proyecto “El Callejón de los Milagros”. Y como siempre sucede, después que uno termina de elaborar las contestaciones comienzan a surgir nuevas ideas, nuevas argumentaciones.

Una de las preguntas aludía a las principales dificultades que debe vencer el proyecto, y al tiempo que invierto en el mismo. Fui lacónico al responder que el gran desafío está en superar esa resistencia analógica que impregna el accionar de la mayoría de nuestras instituciones. La esencia de lo que pienso estaría allí, pero el asunto merece que ampliemos las ideas.

No son pocos los que creen que la informatización de la sociedad es un proceso que atañe exclusivamente a los informáticos. O que tiene que ver solamente con la implementación de puntos wifi, o compras de computadoras o dispositivos que permitan conectar en redes a los amantes de los videojuegos.

La informatización incluye eso, desde luego, pero es muchísimo más. Con la informatización estamos hablando de estimular las soluciones informáticas en función de los servicios que se le brindan a la población. Es decir, hablamos de, por ejemplo, poner en línea bases de datos que permitan al ciudadano agilizar sus trámites o satisfacer sus necesidades de conocimientos de modo autónomo.

Para poder visualizar esto en el plano de la cultura, es necesario partir de lo que se conoce como humanidades digitales. Desde esa perspectiva, las máquinas seguirán siendo importantes, pero no más que la formación de los usuarios que generarán los contenidos y construirán las diferentes redes. En teoría todo esto está clarísimo. Y, sin embargo, por contradictorio que parezca, el sistema institucional en Cuba aún no se entera.

Siempre me gusta recordar que allá por los años noventa un grupo de personas en Camagüey, en medio de aquella noche interminable que era la época, propusimos hacer un Taller Nacional de Crítica Cinematográfica. Entonces a la gente le faltaba el pan. Los apagones eran la norma. La crispación social tremenda. Y aun así se hicieron los Talleres, que ya tienen más de veinte ediciones.

Lo paradójico es que hoy tenemos tecnologías de punta en nuestras manos. Y un montón de informáticos con muchísimos deseos de transformar el mundo, y no acabamos de entender de qué va la informatización de la gestión cultural. Pongo ejemplos: esta semana que concluyó tuve tres encuentros diferentes para hablar más o menos de lo mismo: uno en la Universidad; otro en la AHS de Camagüey; y un tercero en el ISA de la ciudad.

En los tres lugares hablé más o menos lo mismo que venimos proponiendo desde hace dos años en el Proyecto El Callejón de los Milagros; y en los tres encuentros detecté un denominador común: pocos han ido al Callejón a ganar experiencia.

Mi criterio es que esa suerte de resistencia analógica que llevamos dentro solo puede ser vencida con una Política Pública donde las humanidades digitales acompañen a la gestión cultural, no como algo opcional, sino como lo que ya es: una fortaleza. Pero soy realista: eso no lo lograremos de inmediato. Aunque tengamos las computadoras, los espacios, el Internet, o las personas que enseñen. Si falta la voluntad de los individuos faltará todo. O casi todo.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el febrero 25, 2018 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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