DE GARCÍA BORRERO A ROLANDO LEYVA CABALLERO

Estimado Rolando:

Leí con atención tu réplica. Para mi gusto, a ratos se dispersa en asuntos que nada tienen que ver con el origen de nuestro debate. De cualquier forma, si en lo personal he tratado de combatir la censura arbitraria de la cual muchas películas cubanas siguen siendo víctimas, no seré yo el que ahora mutile o condene a la oscuridad tu artículo. Además, aprecio la honestidad de este párrafo donde revelas lo que quizás sea el sentido último de tus diatribas:

Por el momento lo único que puedo seguir haciendo es dar pataletas de ahorcado que pongan en una posición algo incómoda a los que matarían o pagarían por ver amordazada la conciencia colectiva, esos muchos que estamos dispuestos a demandar un cambio a favor del bienestar de la mayoría numérica. Esa sería la mejor forma de dignificar el arte nacional desde un posicionamiento vertical ante ese cine escapista, irresponsable, obtuso, que insiste en hacernos sonreír sin atreverse a proponernos pensar y resistir”.

Aquí insistes en tomar a la crítica de cine, o mejor dicho, a la modalidad de crítica de cine que ejercitas, como medida incendiaria de las cosas que nos rodean.Aprecio en tu enunciado un diseño empobrecedoramente binario de lo que sería un combate de ideas: o contigo osinmigo, o lo que es lo mismo, contra el ICAIC, todo; a favor del ICAIC, nada.

Y luego está ese autoproclamarte vocero de una suerte de movimiento que “dignificará el arte nacional” de un modo vertical frente al “cine escapista, irresponsable, obtuso”. Rectifico: si antes hablé de vocación judicial, ahora lo que detecto en ese tipo de crítica es la ansiedad policíaca que instruye juicios sumarios sin derecho a réplica, con lo que me dan ganas de parafrasear a Nicanor Parra: “Democracia: cuántas contrademocracias se formulan en tu nombre”.

Me sorprende que precisamente tú, que como experimentado académico dominas las profundas diferencias que existen entre la simple doxa y la voluntad epistémica, te conformes con la mera catarsis. Para mí el ejercicio del pensamiento crítico es mucho más que pataleta del ahorcado. Por otro lado, ya sé que suena demodé citar a Marx en estos tiempos, pero sigo prefiriendo ese pensamiento que, además de contemplar o juzgar, propone alternativas que transformen en la misma medida en que se vive. No es con la pataleta estridente que cambiaremos lo que se necesita cambiar, sino con acciones concretas y renovadoras, algo que pareces compartir cuando dices “creer de manera racional que se puede trasformar la realidad desde el arte”, pero sin aportarnos alguna evidencia de que ya lo estarías haciendo en este mismo instante.

Como sé que en tu doctorado vienes estudiando lo que ha sido la crítica de cine en la isla, confío en que tengas a mano todos esos textos donde he intentado desmontar los mecanismos de censura y autocensura que existen en el país (la autocensura suele permanecer en las sombras, porque siempre será más cómodocuestionar las torpezas públicas de quienes tienen el triste papel de censurar, quemeternos a estudiar la responsabilidad del individuo que somos todos los días en eso que Primo Levi llamaba “la vasta zona gris”). Si no conoces esos textos, los puedes localizar en este mismo blog poniendo en el buscador la palabra “censura”.

Sin embargo, aprovecharé que mencionas en tu artículo lo de tu fallida experiencia con el documental Persona (2014), de Eliécer Jiménez Almeida, para ponerte un ejemplo de cómo la memoria selectiva puede afectar una relatoría cabal de lo que es esta compleja realidad que padecemos. Porque a los efectos de construir ese cuadro absolutamente negro que describes, necesitas mencionartu imposibilidad de exhibir el documental en Santiago de Cuba, pero se te olvida mencionar que sí lo proyectamos en el Multicine Casablanca de Camagüey, en el marco de aquel Taller de la Crítica Cinematográfica, junto al Gavilán del desierto, de Gustavo Pérez.

Tú mismo fuiste testigo de los debates que siguieron a la proyección: a algunos le pareció bien, a otros no tanto, mas eso forma parte del juego democrático que muchos (me incluyo en ese grupo)quisiéramos naturalizar en el país. Lo mismo sucedió cuando exhibimos en Nuevo Mundo Memorias del desarrollo, de Miguel Coyula, o El súper, de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal. Pero esos pequeños gestos de resistencia, cuya visibilidad pudiera ayudar a desmontar el arbitrario mecanismo de censura que funciona entre nosotros, sonignorados por tirios y troyanos, en tanto no responden a lo esquemático: es decir,no responden a lo que se necesita vender de forma esquemática en los medios de ambas orillas.

Si Persona, por las razones que fuera, no se hubiera podido exhibir en Camagüey en aquellas fechas, seguramente hubieras recordado el incidente, pero como se proyectó, al igual que El Súper u otras películas polémicas, entonces esos hechos son borrados del relato que se quiere construir, porque no encaja con la censura institucional que hay que denunciar. Eso, paradójicamente, es lo que los censores de nuestro país no acaban de entender en profundidad, pues de modo involuntario se alían con sus adversarios al reportarle exactamente lo que estos desean: notoriedad.

Prometí ser breve en mi dúplica, así que para cerrar trataré de responder esa pregunta “capciosa” que me has dirigido: “¿Quiénes serían para ti los verdaderos y al parecer únicos “representantes de nuestro más auténtico audiovisual? ¿Los directores del ICAIC o es que los demás no podrían nunca acceder a esa distinción que pareces dispuesto a concederle a unos pocos que no sean independientes y si institucionales?”. 

Para mí esa pregunta no tiene nada de capciosa, sino que está mal formulada. Primero, porque no me satisfacen las propuestas teóricas que tratan de dividir en dos opuestos simétricos la realidad que examinamos (en este caso, ICAIC vs. los otros). La vida es demasiado compleja como para creer que pueda caber en esos campos artificiales diseñados por el experto. Y hoy las tecnologías emergentes, la proliferación de culturas diaspóricas, están poniendo en crisis el concepto que hasta hace poco teníamos del “cine nacional”. Quiero decir con esto que ni siquiera sabemos qué va a pasar con el cine a la vuelta de cinco años, ni tampoco con su público.

De allí que me parezca que la crítica cinematográfica también está obligada a transformarse, y comenzar a pensar el fenómeno audiovisual con nuevas perspectivas. Al igual que el Estado está obligado a actualizar mediante una Ley de Cine moderna los nuevos modos de producir, distribuir y consumir audiovisual, los críticos tenemos que salirnos de esos moldes mentales anquilosados que ve el concepto de “cine nacional” apenas en términos de producción, territorios físicos asociados a un Estado, y funciones artísticas pregonadas por una élite.

Esto lo diagnosticabaAndrew Higson desde los años noventa,al advertir en Screen que:

El problema es que, cuando se describe un cine nacional, existe una tendencia a concentrar la atención de manera exclusiva en aquellos filmes que narran la nación sólo como ese espacio finito, limitado, habitado por una comunidad estrechamente cohesionada y unificada, cerrado a otras identidades, excepto a la nacional. O más bien, el foco de la atención está en filmes que parecen susceptibles de semejante interpretación”.

Por eso nosotros (Estado y críticos) seguimos pensando en el cine nacional y suspúblicos nacionales como si nada hubiese cambiado desde la mitad del siglo pasado, pese a que hoy el consumo informal gana una autonomía cada vez más creciente dentro del país.

Esto, si de veras potenciara el sentido democrático y la emancipación del individuo, sería realmente espléndido.Pero lo de la diversidad en el consumo es apenas un espejismo. Lo único que está sucediendo es que Edison ha resucitado para tomarse su revancha con los Lumiére, en tanto se ha puesto de moda otra vez el consumo individual en vez del consumo con compañía, como ocurría en tiempos de esplendor de las salas cinematográficas (antes cien personas veían la misma película en un cine; ahora las cien personas ven la misma película en sus pantallas domésticas).

Lo cual vinculo a lo que me dices:

Aunque te parezca que no es así el estado cubano socialista sigue controlando, no tanto la producción y el consumo del audiovisual en cualquier de sus formas y soportes de expresión, sino los espacios simbólicos, de validación artística y estética institucional, donde se aprueba por decreto y de manera acrítica e incontestada lo que debe y puede ser filmado”.

Yo jamás he dicho que eso no suceda, pero, ¿piensas que por fuera de lo estatal tenemos la democracia enriquecedora en el consumo? Pregúntale a cualquiera de nuestros distribuidores de contenidos del Paquete, y ellos te confirmarán que de esa gran diversidad de archivos que están al alcance de la mano, la gente apenas consume un porciento mínimo, y repite el mismo patrón una y otra vez: nos guste reconocerlo o no, allí también se impone a diario un tipo de hegemonía cultural a través del cual se diseñan y controlan los comportamientos ciudadanos.

Por eso para mí la independencia creativa no tiene que ver tanto con el lugar que ocupes fuera o dentro del ICAIC, como con el pensamiento que acompaña la creación y el consumo. He visto ese tipo de independencia creativaen Fernando Pérez, en Miguel Coyula, en Eduardo del Llano, en Jorge Molina, en Carlos M. Quintela, en Tomás Piard, y en Ernesto Daranas, por mencionar apenas a algunos. No son los únicos, y no sería atinado de mi parte tratar de imponer un canon que, ya sabemos, solo respondería a lo subjetivo.

Resumiendo: al cine nacional hay que problematizarlo, pero incorporando al análisis de sus aspectos productivos, el debate de todo lo que tendría que ver con su consumo y su crítica (la crítica de la crítica). No podemos darnos el lujo de acusar al cine cubano de ser viejo con un lenguaje crítico que, a su vez, es viejo. Algo de eso anotaba Barthes en su “Crítica y verdad” cuando se defendía de sus detractores, representantes de la vieja crítica:

Mientras la crítica tuvo por función tradicional el juzgar, sólo podía ser conformista, es decir conforme a los intereses de los jueces. Sin embargo, la verdadera “crítica” de las instituciones y de los lenguajes no consiste en “juzgarlos”, sino en distinguirlos, en separarlos, en desdoblarlos. Para ser subversiva, la crítica no necesita juzgar: le basta hablar del lenguaje, en vez de servirse de él. Lo que hoy reprochan a la nueva crítica no es tanto el ser “nueva”: es el ser plenamente una “crítica”, es el redistribuir los papeles del autor y del comentador y de atentar, mediante ello, al orden de los lenguajes

Claro, para eso necesitamos una esfera pública que propicie el debate transparente, porque aunque el cine lo hacen los cineastas, su impacto nos afecta a todos (realizadores, públicos, críticos). Y en ese punto sí tendría que concederte que esa transparencia y receptividad por parte de los políticos todavía no existe. Al contrario: esa puerta parece definitivamente clausurada.

En lo personal, ante esa evidencia que abruma no haré mía la pataleta del ahorcado, sino que, mientras pueda, insistiré en sumar desde el sistema institucionalpequeñas acciones que contribuyan a naturalizar lo que tendría que ver con el sentido común.No hay garantía alguna de que se alcancen alguna vez buenos resultados. Puedo fracasar o me pueden apartar del camino; pero es lo que toca: podrán ahorcar el cuerpo, pero no las ilusiones.

Saludos cordiales,

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el febrero 12, 2018 en POLÉMICAS. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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