DE ROLANDO LEYVA CABALLERO A GARCÍA BORRERO

Rolando Leyva Caballero me hace llegar esta extensa réplica a mi escrito sobre Sergio y Serguéi. Más adelante trataré de resumir en una cuartilla las abundantes objeciones que me provoca el nuevo texto, no para prolongar un círculo vicioso donde dos antagonistas sordos reiteran hasta el infinito sus impresiones personales, sino para intentar retomar en su esencia las preguntas vinculadas al debate que propiciaron este intercambio.

2 d2 de frente. Sergio y ser gay.

Por Rolando Leyva Caballero

Mi semana, en tanto ciudadano cubano radicado en España y ser humano optimista ha sido marcada, en lo filosófico y lo sensorial, por dos sucesos apenas conectados entre sí. Por un lado, Elon Reeve Musk, un pretoriano donde los hay, además, inventor, inversor, empresario sudafricano con nacionalidad canadiense y estadounidense, cofundador de PayPal, Tesla Motors, SpaceX, Hyperloop, SolarCity, The Boring Company y OpenAI, acaba de lanzar al cosmos, por esfuerzo propio dirían en Cuba, el más económico de los cohetes que han salido al espacio, llevando en su interior el prototipo de un coche marca Tesla, el último modelo, “piloteado” por un simulacro de cyborg futurista. En la radio, del coche, mientras tanto, en bucle perpetuo, David Bowie entona el Life on Mars. Comentaba el hecho porque verdaderamente parece el argumento genial que podría dar lugar algún día al guión de una buena odisea del espacio. Para colmo de lujos se puede acceder en streaming a las imágenes que capta la nave al desandar el espacio profundo, eso mientras intenta llegar a la órbita de Marte, lo que ocurrirá dentro de seis meses.

Por el otro lado, en la noche de ayer asistí al estreno del más reciente filme patriotero de Clint Eastwood (88 años: espejuelos, gusano, vaso, hojas, aduanero, también muerto- vivo), el octogenario actor y director del cine estadounidense, un vejete cascarrabias, carismático, trumpista, al que aun así le tengo particular afecto. Al salir, una vez más, sentí que había empleado muy mal los 5.80 euros que me costó la entrada al cine Las Gabarras, un espacio de muchas salas oscuras a las afueras de Tarragona, más teniendo en cuenta la reputación de incombustible que antecede al realizador, casi literalmente. Traigo a colación estos dos sucesos completamente aleatorios en su conexión cósmica para que más o menos se hagan una idea más exacta de por dónde viene mi réplica.

Primero, ABC, el periódico de la ultraderecha española, aun cuando no se deshacía en elogios, recomendaba asistir al estreno de la película. En la otra banda, el resto de los periódicos serios, con críticos de cine medianamente reputados, muchos de ellos incluso muy conocidos, decían, para abreviar, que la película se había descarrilado, acabando en siniestro total, insalvable desde cualquier punto de vista, sin atenuantes al respecto.

Cuando aún era un crítico provinciano, al ejercer y vivir en Santiago de Cuba, mi primer encargo fue escribir sobre Melaza, un filme mediano del cual nadie quería encargarse. Por entonces había visto, con antelación, Los bañistas, también de Carlos Lechuga, un cortometraje de ficción verdaderamente notable y multipremiado con justicia, que me hizo pensar que un filme análogo, que se moviera en esa cuerda, sería un buen golpe de efecto para resucitar la industria nacional, adormecida tras décadas de crisis creativa, económica y funcional. No fue el caso, lo que sí ocurrió, años después, con el segundo largometraje del mismo director, Santa y Andrés, una película rabiosamente cubana, localista, pero no por ello menos acabada, no digo que perfecta o trascendente, pero sí muy coherente y sintomática. Resultado final. No admitida a concurso en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. No ha sido distribuida ni será exhibida comercialmente dentro de Cuba, aun cuando la preceden innumerables reconocimientos a nivel internacional. Es un referente que no se puede perder de vista, porque ayuda a explicar, por contraste, lo que pasa con Sergio y Serguéi, una película, como otras tantas, el listado es extenso, que jugó a la herejía ideológica calculada.  

Ahora que soy nuevamente un outsider, al residir fuera de Cuba, me encargan analizar, evaluar, un largometraje como Sergio y Serguéi, otro a ser descuartizado, sin esfuerzo, un trabajo ingrato que alguien debe hacer, el de fiscalizar, con objetividad y severidad, el calado o la trascendencia estética del cine cubano ceremonial e institucionalizado, aquel producido por el ICAIC en su intento vano para mantenerse a flote como entidad rectora de la producción fílmica nacional, un arresto digno de ser elogiado pero que no debe redundar en la obligación de ponernos una venda en los ojos y oídos para simular que sus más recientes estrenos, por no decir la mayoría de ellos, resultan imperfectos, improvisados, inacabados, lo que pone en entredicho la supuesta autoridad estética de la que parece investido el instituto a la hora de aprobar qué películas se filman y cuáles no.

Como ha ocurrido con buena parte del cine cubano producido por el ICAIC durante los últimos años, al que cada día que pasa es más difícil adjudicarle ciertas y cuantificables  cuotas de decencia artística, Sergio y Serguéi peca de muchos de los errores de bulto que han devenido, con el paso del tiempo, en virtudes estéticas nacidas de la necesidad, pero también de la necedad y la resistencia al cambio.

En Cuba resulta virtualmente imposible deslindar el análisis artístico, crítico, estético, de una película, animada, documental o de ficción, cual sea, de lo que es el contexto ideológico y sociopolítico imperante, en el que se inspira desde un punto argumental pero también temático. Es muy sencillo de entender y me explico.

Las relaciones entre el ICAIC y el poder político en Cuba siempre han sido incestuosas, actuando el gobierno como el Hermano Mayor sodomita que siempre acaba imponiendo su voluntad y coartando la autonomía del instituto a la hora de decidir lo que debe ser filmado o no, peor aún, censurando, silenciando las películas iconoclastas e incómodas, que supuestamente ponían en ridículo el sistema político vigente en nuestro país durante décadas, aunque es justo aclarar que no ha sido el caso de Sergio y Serguéi. Por ahora. Imagino que ese debate tal vez ocurrió. Todos los indicios apuntan en esa dirección.

Asumir las películas cubanas en tanto pretextos para debatir o dialogar sobre la realidad social circundante me parece una práctica, más que lógica o permisible, perfectamente válida, sino este espacio interactivo de construcción colectiva del conocimiento sobre el cine y la cultura nacional no tendría razón de existir y todos leeríamos, daríamos por buena, la versión oficial de cómo somos, en la edición diaria del Granma, órgano oficial del PCC. En cualquier caso ejercemos el derecho ciudadano, y en mi caso profesional, los que formamos parte del gremio, de criticar la obra de arte en tanto objeto de estudio, sin llegar, por supuesto, nunca, ni siquiera bajo tortura, a emplazar la integridad ética, ideológica e intelectual de los realizadores, que tienen que asumir responsabilidades,   no solo de tipo estético, sino también social, político y público, en tanto ciudadanos, desafío que compartimos los críticos y los directores. Si pensamos que la crítica como actividad intelectual y laboral está exenta de la posibilidad de convertirse en tribuna de reclamos largamente postergados vamos muy mal. Le hacemos el juego a los censores y decisores que a lo largo del tiempo han dado por sentado el silencio cómplice de los que deben ejercer el criterio como arma y herramienta de trabajo. Lo extraño es que seas precisamente tú quien plantee que a los políticos cubanos no se les ha demandado, hasta el cansancio, que permitan, eso, que permitan, al parecer necesitamos su autorización, los cambios o medidas que se podrían instaurar para construir entre todos, con todos, para el bien de todos, un cine y una sociedad mejor.

Eso lo puede decir alguien que no ha formado parte de los tensos debates y reuniones del G-20 a lo largo de los últimos años, no tú, que eres consciente que el gobierno siempre se ha hecho el sordo. Ellos parten de un principio que aplican sin duda alguna. La Ley del Cine en Cuba fue firmada hace muchísimos años: el 24 de marzo de 1959. No precisa ser actualizada y mucho menos derogada para ser sustituida por una nueva, mucho menos si la misma parte de una iniciativa propia de la sociedad civil, entiéndase, los cineastas pero también cualquier neófito, todos aquellos que sin grandes distinciones llevamos el celuloide a manera de epidermis. Obvian así un derecho ciudadano básico. El espacio de las decisiones debe ser la esfera pública, donde todos tengamos acceso y ejerzamos nuestro derecho inalienable a opinar y proponer soluciones a los problemas.

Aunque te parezca que no es así el estado cubano socialista sigue controlando, no tanto la producción y el consumo del audiovisual en cualquier de sus formas y soportes de expresión, sino los espacios simbólicos, de validación artística y estética institucional, donde se aprueba por decreto y de manera acrítica e incontestada lo que debe y puede ser filmado. Un ejemplo apenas. Es imposible rodar en Cuba El Rey de La Habana y servimos de locación a una de las franquicias cinematográficas más pronorteamericanas: Rápidos y furiosos. Es un botón de muestra que no contempla ni incluye los cientos o miles de proyectos cinematográficos, mucho menos mediáticos, que no han recibido el visto bueno para ser rodados en Cuba. Así que no pequemos de ingenuos y optimistas. El gobierno cubano sigue preservando el monopolio, en exclusiva, de las maneras, términos y tiempos, en que debe ser mostrada la realidad socioeconómica y política que domina en nuestro país, que es de todos, no solo de los que mandan a discreción.

También hace muchísimo tiempo la crítica de cine dejó de ser, o perdió, la posibilidad de ejercer el derecho de pernada. Ya no somos, quizás nunca lo fuimos, los autorizados por ley a desvirgar, desde el análisis ideológico o sintomático, a una película de estreno. Muy por el contrario. Los críticos de cine reconocen las atribuciones epistemológicas que han ido perdiendo a lo largo de los años, hasta quedar en entredicho su autoridad, imposible de recuperar, gracias a la sabiduría humana, ese maniqueísmo o mesianismo al que haces referencia y que no es más que el ejercicio elemental del derecho a opinar, ya sea desde una experticia que se da por sentada o desde la ignorancia más absoluta.

Incurres en el sectarismo de acusar de extremistas e intolerantes a los que precisamente nos resistimos a la existencia de un criterio único, de naturaleza estatal, real, socialista, ese que intentaron y consiguieron imponer por la fuerza, no de las ideas sino del poder, precisamente en ese evento de nefasta recordación para la historia cultural e intelectual de la nación que fue el Congreso de Educación y Cultura de 1971, donde muchos de nosotros, incluido alguien como tú, hubiésemos caído en desgracia total, más que todo, por atrevernos a cuestionar la versión oficial. Hubiésemos sido víctimas, precisamente, de ese proceso de intolerancia a la lactosa y el gluten ideológico. Que eso de desenterrar la historia barrosa de la nación es propio de revisionistas facciosos pro imperialistas. Los críticos nunca han dejado ni dejarán, al menos yo, de formar parte del público real. Algunos incluso mostramos con orgullo una sensibilidad comprensiva y tolerante que se arriesga a validar como buenas aunque imperfectas ciertas producciones alternativas que no acceden al circuito de estreno ni al análisis de los que deben estar atentos al tema.

Es cierto que una película no cambia el mundo, pero como dijo cierto famoso cineasta y crítico al que ahora parafraseo, habría que pretender que fuese así. Es mi aspiración y mi utopía. Creer de manera racional que se puede trasformar la realidad desde el arte.

Por otro lado, nos guste o no, somos fiscales y esclavos de una actividad intelectual y una vocación profesional que implica arriesgar siempre una opinión honesta y personal, so pena de quedar desacreditados o pactar con el diablo de la connivencia institucional. Criticar y decir que una película cubana es mala o simplemente pésima no es un acto de traición a la Patria socialista ni mucho menos. Estaríamos haciendo nuestro trabajo y ya.  Es la actitud equilibrada y justa que me permite reconocer en Ernesto Daranas al director que, a juzgar por sus dos primeros largometrajes de ficción, más arriesgó para mostrarnos una realidad sórdida, la que el cine ICAIC elude o trivializa desde el humor.

Para mí Sergio y Serguéi es una película despojada de un valor existencial agregado. Tal vez ese fue el efecto que causó en ti, pero para mí, que provengo de un medio familiar dedicado por entero a la enseñanza, y que estuve a punto de montarme en una lancha con 13 años para irme de Cuba, no me dice nada. No me hizo evocar las angustias de la hambruna ni recordar los daños cerebrales irreversibles que padecieron millones de cubanos adultos, mismos padecimientos de los internos de los campos de concentración y exterminio. Ni la sarna campeando por sus respetos ante la falta de medios de higiene. Ni los asesinatos para robar una bicicleta china. Y así por el estilo. Como puedes filmar una película ambientada en esa época y que todos luzcan bien alimentados y sanos, cuando de pura desesperación cruzábamos el Estrecho de la Florida en chivichanas.

Para mí es de una urgencia impostergable que empecemos a mostrar el pasado horrendo de Cuba, lo que hemos sufrido, la mayoría de nosotros, en algún momento de la vida. Es de una irresponsabilidad terrible que insistamos en aducir que la comedia, y el choteo, conforman una parte irrenunciable de la idiosincrasia nacional, que por tanto, solo desde la autoflagelación y el humor se pueden enfrentar las desgracias. El sistema político cubano ha recurrido a la comedia como válvula de escape de las presiones sociales durante demasiados años. Cada vez que una película se acerca o intenta emplazar esas zonas oscuras de la realidad, o deben pedir la autorización debida, Fresa y chocolate, para confirmarlo consultar la carta dirigida por Alfredo Guevara a Raúl Castro Ruz, arriesgarse a ser excomulgados (Alicia en el pueblo de Maravillas) o simplemente censurados y punto, Santa y Andrés, de nuevo, e incluso, más acá, desde el documental, la mejor película cubana del año pasado: El proyecto, de Alejandro Alonso.

Pues si queremos hacernos una idea de cómo fue nuestro pasado, ese del que rehuimos porque nos aterra incluso hoy que prosperamos, no basta con aderezarlo de sonrisas hasta despojarlo de su carga dramática y trágica. La honestidad intelectual también pasa por reconocer cínicamente que nos equivocamos y la pasamos muy mal debido a otros que aún disfrutan del privilegio de equivocarse para la desgracia de la mayoría social. No tengo absolutamente nada en contra de la comedia, pero no dejo de reconocer que ha servido y servirá, en tanto género cinematográfico, al menos en el caso de nuestro país, para desviar subrepticiamente la atención de lo que verdaderamente nos importaría más, en cualquier caso, las angustias, esperanzas, intereses, objetivos y urgencias de la gente. ¿Por qué las grandes cinematográficas continentales más allá de la estadounidense se pueden permitir explorar en sus dramas y tragedias nacionales desde el realismo más brutal y nosotros insistimos, nos instan u obligan a postergar el momento de juzgar a los culpables y responsables de la situación? ¿Acaso firmamos, en vez de una Ley del Cine, una Ley de Punto Final y Debida Obediencia? ¿Acaso es digno callar ante el dolor y el terror colectivo al que nos sometieron? No comulgo con la idea de seguir esperando el momento propicio para hacer planteamientos que nunca estarían fuera de lugar, por lo menos no en una sociedad democrática y abierta al diálogo y la confrontación de ideas.

En cuanto al fragmento en que me acusas, justamente, de padecer eso que has llamado soberbia intelectual de nuestro ejercicio crítico y que también, al incluirte, practicas:

“Por demás, Sergio y Serguéi, en tanto comedia y divertimento, insiste para mal en proveer de una bocanada de aire fresco a la cinematográfica cubana oficial, desbordada por las producciones independientes, más arriesgadas y honestas”. (Sic)

No cambiaría una letra de lo que he suscrito con total conocimiento y convencimiento. Si lo piensas con mucha calma no solo se expresa a través de la comedia, sino también, sobre todo, desde el drama biográfico o histórico, que desde la perspectiva productiva, evidentemente, lo sabes, es mucho más caro de asumir y no redunda ni siquiera en una asistencia de público que justifique la inversión. Y ahora en Cuba se filma El Mayor, que no tengo nada en contra de la figura de Ignacio Agramonte, pero ya que estamos puestos por qué no hacemos una película sobre Julio Antonio Mella, Frank País García, José Antonio Echavarría, Camilo Cienfuegos, héroes epónimos que también murieron antes de cumplir los treinta y cinco años. ¿Acaso resultaría difícil evocar su recuerdo sin problematizar la historia contemporánea de la nación?  Es que aún hoy me causa risa recordar la merienda que ingerían los actores y extras que trabajaban en la producción.

Ya que me lo preguntas pues me reafirmo en mis opiniones. Buena parte del cine hecho por los realizadores independientes, que para colmo consiguen y emplean un mejor equipamiento que la única industria local, es mucho más arriesgado, honesto y riguroso, “sin transigir en lo ideológico”, que el que factura el ICAIC. No digo que todos pero una buena parte de ellos aprendieron hace mucho que no pueden esperar ser aceptados por una estructura estatal e institucional que prefiere desecharlos por no confiables antes que concederle el beneficio de la duda estética y apostar por producir las películas que ellos imaginan y harían. Sin compromisos ni deudas como hacen los fondos extranjeros, para nada altruistas, pero si notoriamente pragmáticos, que el arte subvencionado no pasa por satisfacer las expectativas estéticas, éticas e ideológicas de los que financian, por lo menos no de manera explícita y perruna. Ahí están las decenas o centenares de especialistas cubanos bien formados en la FAMCA y la EICTV que se han ido con sus huesos a otra parte porque no encuentran cabida o un espacio de expresión personal que no les cierren a la primera oportunidad, obligados a moverse profesionalmente en un limbo jurídico y legal, expuestos a recurso penales en su contra si se atreven demasiado, o al acoso de las autoridades, al ostracismo o el exilio. Por no ir más allá de Camagüey. ¿Qué ocurrió con quien despuntaba como uno de los jóvenes documentalistas cubanos a tener en cuenta, Eliécer Jiménez Almeida, con una producción sólida y diferente aunque dispar a ratos? ¿Sabes que me visitaron en mi casa y me prohibieron tajantemente, los órganos de la Seguridad del estado cubano, la proyección de su documental Persona en el marco de una ponencia durante el Festival del Caribe, Fiesta del Fuego, en Santiago de Cuba? ¿Adónde fue a parar y como él otros tantos tontos bien intencionados y talentosos realizadores jóvenes? Por poner un ejemplo que involucra un camagüeyano reputado, merecedor de honores pero no aún. ¿Cómo conceder a Luis Álvarez Álvarez el Premio Nacional de Literatura cuando en la lista de acreedores, por delante de él, cuando menos, resaltan dos poetas del calibre creativo de Rafael Alcides y Delfín Prat, este último inspirador del personajes masculino protagónico de Santa y Andrés y uno de los siquitrillados en activo más conocidos de todos los que fueron parametrados?. ¿Dónde está la justicia poética por la que abogas sin las injusticias aún aplican?

Por ello me reafirmo. Sergio y Serguéi, aunque me duela plantearlo en esos términos tan categóricos o contundentes, no es una película chapucera del todo, pero tampoco una que sea digna de remarcar con un aprobado, que ya no un excelente o un notable. Que tiene sus puntos fuertes, como las actuaciones y los efectos especiales o visuales.

Pero hasta ahí. Que para colmo el personaje protagónico se nombra Sergio y no Diego, que solo faltaba que fuera comunista, homosexual y negro, el profesor de machismo leninismo, que no sería tampoco muy raro, sobre todo si se tiene en cuenta que el gran superhéroe tragicómico del cine cubano contemporáneo de los últimos veinticinco años es el homosexual masculino defenestrado por las políticas culturales a la coreana y que ahora se hace justicia desde el cine. ¿Saben en cuántas películas posteriores a Fresa y chocolate aparece Diego como el apelativo que nomina a un personaje masculino gay o presumiblemente homosexual? Al menos cinco veces. Es el homosexual masculino, siempre carismático, junto a la prostituta de peña pobre, los dos juntos o por separado, los arquetipos de personajes más recurrente de la cinematografía insular. ¿Alguna explicación plausible al respeto por parte de los expertos en el tema del cine cubano?

Por lo demás, aunque se pueda establecer un paralelismo nominativo entre el Sergio de Memorias del subdesarrollo y el de Sergio y Serguéi un abismo existencial los separa. Uno, acomodado y burgués, decidió quedarse en Cuba voluntariamente mientras el cinismo le sirve para sobrevivir el día a día, apoltronado en su atalaya de clase en un rascacielos del horizonte habanero. El otro es un moreno adulterado, intelectual que no discierne que ocurre alrededor suyo. Uno está completamente consciente del caos e incluso lo disfruta. El otro está, digámoslo utilizando un concepto marxista, alienado del todo. Nunca podrían devenir el mismo personaje, algo que tal vez se podría afirmar de Memorias del desarrollo, de Miguel Coyula, otra obra maldita que nunca será exhibida. Viven un momento de cisma histórico pero sus referentes filosóficos, y de clase social, son muy diferentes. Es cierto que ambos se afanan en tareas intelectuales pero si uno de ellos es un hedonista seductor de mujeres esquivas que contempla el desmadre con la hidalguía de un monje tibetano el otro es más de no saber qué hacer para sobrevivir, el Hombre Nuevo que nunca cuajó del todo y que murió o mutó antes de verse abocado al exilio o la muerte. Ni es optimista ni tiene el temple del joven comunista come candela.

Sergio y Serguéi no será una película que devendrá un clásico cubano en la medida que se añeje de a poco en un tonel oxidado. Cuando más servirá como un antecedente fallido de lo que debería ser ese cine antisistema, socialmente comprometido con la ciudadanía, denostador de las hipocresías políticas, los silencios cómplices y el ostracismo reactivo, decidido a exponer las vísceras en el intento de ser consecuentes con una forma de pensar políticamente incorrecta. Ojalá me equivoque y Ernesto Daranas no haya acabado siendo domesticado ni sobornado para renunciar a una obra ácida pero aguda, como lo fueron sus dos primeros largometrajes de ficción que ahora se extrañan.

Seguir soñando pacientemente, con los pies en el aire, en vez de insistir hasta el absurdo en reclamar de manera cívica una Ley del Cine cubano me parece francamente inútil. Ese cuerpo programático de acuerdos y principios consensuados que podrían llevar la cinematografía nacional a un plano superior no nacerá hasta que los tanques pensantes del sistema decidan que es la hora de vender una imagen internacional de aperturismo y permisividad política que pase por revertir añosas concepciones estéticas e ideológicas más que anacrónicas.

Por el momento lo único que puedo seguir haciendo es dar pataletas de ahorcado que pongan en una posición algo incómoda a los que matarían o pagarían por ver amordaza la conciencia colectiva, esos muchos que estamos dispuestos a demandar un cambio a favor del bienestar de la mayoría numérica. Esa sería la mejor forma de dignificar el arte nacional desde un posicionamiento vertical ante ese cine escapista, irresponsable, obtuso, que insiste en hacernos sonreír sin atreverse a proponernos pensar y resistir.

Por lo demás la pregunta que me haces, ¿independientes de qué?, refiriéndote a los no están afiliados abiertamente al ICAIC te la devuelvo con otra cuestión igual de capciosa. ¿Quiénes serían para ti los verdaderos y al parecer únicos “representantes de nuestro más auténtico audiovisual? ¿Los directores del ICAIC o es que los demás no podrían nunca acceder a esa distinción que pareces dispuesto a concederle a unos pocos que no sean independientes y si institucionales?

No le demando al cine cubano la experimentación esnobista como condición necesaria para ser valedero y trascendente. En cuanta tribuna pública he podido intervenir siempre he dicho lo mismo, una y otra vez. Soy tan aburrido, esquemático, ingenuo y predecible que sigo pensando y planteando que una parte importante de la solución al problema del estado triste del cine cubano icaicentrista pasa por que asumamos y potenciemos un tipo de cine social y político explícito, sin censuras, dobleces ni pactos de silencio pero eso no pasa de ser un deseo y una utopía inalcanzable. Primero se acaba el mundo antes que permitan que nuestras vergüenzas como estado- nación, pueblo y sistema político sean del total dominio popular. Para mí, a diferencia de ti, las imágenes del período especial aún no han sido filmadas en toda su bestialidad o crudeza salvaje. Dime eso cuando la secuela de Tiburón esté basada en hechos reales, y filmada en Cuba.

Para eso habrá que esperar que los acontecimientos sigan su curso y dejen de ser un proceso político en plena involución para devenir arqueología de la sinrazón humana y la soberbia, de los que mandan al son de sus botas y charreteras de soldado, que vivirán, no lo dudes nunca, en los rascacielos del Manhattan habanero, que ya no será Malecón, ocupados en taparnos la luz de ese futuro luminoso que crees avizorar al final del túnel. Mientras tanto habrá que conformarse con acceder a copias piratas de La obra del siglo y de Santa y Andrés o de verlas fuera de Cuba, porque aún no es el momento indicado para exhibirlas al gran público, bien informado y formado, pero del cual aún desconfían, a juzgar por su renuencia a levantar el telón muy negro y pesado de la censura.

Es allí donde siento que como crítico de cine debo ejercer la vocación judicial que tanto describes como si fuera una deformación profesional y no un deber devenido derecho. Por eso, mientras llega el estreno comercial de Sergio y Serguéi es hora de ir señalando sus muchos desaciertos y enormes defectos. Que nunca es tarde si no se tiene prisa.

Anuncios

Publicado el febrero 11, 2018 en POLÉMICAS. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: