Archivos diarios: febrero 10, 2018

CUBA EN 3D: SERGIO, SERGUÉI, Y YO

Parecía que, como en sus mejores tiempos, el blog iba a convertirse en plataforma pública para el debate de su cine, a propósito del filme Sergio y Serguéi (2017), de Ernesto Daranas. Primero fue la crítica Un pasado que todavía es presente, de Jorge Luis Lanza Caride, y luego la réplica de lleana Margarita Rodríguez Martinez (Un pasado que infelizmente regresa), acompañada de una síntesis de lo escrito por Rolando Leyva Caballero (Sergio y Serguéi. Lo malo de irse a bolina) para la revista Cine Cubano.

Como casi siempre sucede en el caso de nuestro cine, las películas objeto de exámenes críticos pasan rápidamente a un segundo plano, convirtiéndose en los pretextos perfectos que permiten articular demandas más generales. De allí que podamos asistir con absoluta naturalidad a la desmesura de exigirle a un cineasta lo mismo o más de lo que deberíamos demandarle a los políticos en aquellos escenarios donde únicamente se pueden cambiar, para bien, las cosas: es decir, allí donde se hacen las leyes que podrían garantizar la existencia de un mejor cine (aunque mejor decir: una mejor manera de vivir).

Pero esto solo pasa en la Cuba del siglo XXI. El Estado cubano aún cree que puede controlar la producción y el consumo del audiovisual como lo hacía en el siglo XX, y una parte de la crítica de cine se hace eco de ese espejismo, reclamándole a los realizadores un papel de Mesías que apenas es efectivo en los escritos que se circulan entre sí estos expertos. A mí eso me recuerda buena parte de aquellas demandas de cine pedagógico que se impulsaran durante el Primer Encuentro de Educación y Cultura celebrado en 1971. Y mientras tanto, “los públicos reales” van haciendo suyas las películas que más les gustan, construyendo sus propias comunidades informales, estableciendo alianzas que fortalecen sus autonomías de grupo.

O sea, que si vamos a utilizar a las películas cubanas como pretexto para quejarnos de un orden general de cosas, yo preferiría que nos metiésemos en las honduras, esas en las que una simple película no define nada, porque forma parte de una estructura mayor. Pero en ese caso tendríamos que dejar a un lado nuestra filia o fobia por un filme puntual, para indagar en lo general, que incluye hasta la fiscalización de la mirada crítica.

Como críticos podemos tener nuestra opinión sobre los filmes, a favor o en contra, lo cual es legítimo. Yo debo confesar que de los tres largometrajes de Daranas (los otros son Los dioses rotos y Conducta), este es el que menos me entusiasma. Pero al mismo tiempo, durante la proyección, en varias ocasiones me sorprendí emocionándome con determinados pasajes. Y sé que esto no tiene que ver con la calidad del filme en sí, sino con mis vivencias más íntimas, es decir, con lo experimentado en aquellos años noventa que, pese al tiempo transcurrido, jamás he podido borrar de mis recuerdos. Lee el resto de esta entrada

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