EDUARDO DEL LLANO SOBRE LA CENSURA EN LA TELEVISIÓN CUBANA

El único modo de evitar estos disparates que Eduardo del Llano denuncia es a través del debate transparente. Pero la censura arbitraria funciona sobre la base del no debate (lo único válido es el autoritarismo de quienes tienen el turno de decir sí o no).

Y luego está la autocensura, esa que nos convida a quedarnos callados incluso cuando sabemos que como individuos nos estamos mutilando, empobreciendo en la espiritualidad.

Sé que a estas alturas puedo hacer poco para cambiar esto que tanto nos afecta en lo cívico, pero al menos sé que no compartiré la actitud mezquina de algunos con poder. Hoy es Eduardo del Llano, mañana puedo ser yo…

JAGB

DE CENSORES, DE MENTES

Durante los tres últimos años varios miembros del equipo de Vivir del cuento, incluidos el director y los actores más conocidos, me habían pedido que escribiera para el programa. Les dije que sí desde la primera vez, pero luego no nos veíamos por un tiempo, no me contactaban, hasta que en julio de este año volvimos a encontrarnos, volvieron a pedírmelo y volví a aceptar, pero en esta ocasión sí me llamaron, apenas tres días más tarde. Mira, le dije al director, mi experiencia con la televisión no ha sido buena, pero Vivir del cuento me gusta y los actores son mis socios, así que voy a empezar enseguida. Eso sí, antes debo advertirte que otro director de cine y TV (llamémoslo C) me entrevistó en junio de 2015 para un programa veraniego que tenía, y nada más salir le quitaron el programa –es decir, no sólo esa emisión concreta, sino que le cancelaron el espacio- y le advirtieron que yo estaba prohibido en la televisión. Te lo digo porque no quisiera escribir por gusto. El director de Vivir del cuento (llamémoslo N) me dijo que ná, que eso ya no era así, que no me preocupara y que empezara a trabajar.

Un mes y pico más tarde, en septiembre, el director N y otro escritor del programa me llamaron entusiasmados para hacerme saber cuánto les había gustado un episodio que les presenté, y que lo iban a filmar en octubre, junto a otros tres de diferentes autores. Aquello me alegró, porque no es fácil adaptarse a un medio con el cual no estás familiarizado, y el equipo es exigente, como Dios manda, así que evidentemente yo estaba justificando la confianza con que me premiaban.

A mediados de octubre se puso malo el dado. N me contó, entristecido y apenadísimo, que yo tenía razón desde el principio: de arriba habían aceptado los otros tres programas, pero no el mío. Sin explicar por qué. Me sugirió que no escribiera más hasta que aquello se aclarase. De todas formas, le envié otro trabajo que recién había terminado.

Quiero aclarar que con los episodios entregados no intenté de ninguna manera ser más agresivo que nadie: mantenía el tono habitual de sátira social de Vivir del cuento pero no trataba de ser particularmente duro. El director N, y otros miembros del equipo con que hablé más tarde, están convencidos de que la cosa es conmigo, que lo que se censura no es un trabajo concreto sino a mí persona. No se trata, por tanto, de que se desautorice un contenido específico –lo que también sería discutible- sino que se decide excluir a un creador a partir de un argumento ad hominem. O sea, que las Altas Esferas Televisivas seguirán censurándome aunque escriba Tía Tata cuenta cuentos.

Hoy volví a encontrarme con el director C, y estuvimos hablando de que las cosas no sólo son así, sino que han ocurrido así históricamente, vaya, de que excomulgar artistas es toda una noble tradición de la cultura cubana, en especial de la pequeñísima pantalla. Ahora mismo, me dijo, hay cierto crítico de cine que conducía un espacio habitual que hace poco se enfrentó en un debate a alguien de arriba; como resultado, no puede volver a salir en la televisión, y no sólo eso, sino que una docena de programas ya grabados con él no se exhibirán, lo que significa, entre otras cosas, dinero tirado a la basura. (Y el dinero no le sobra a la TV, pensé; para comprobarlo no hay ni siquiera que entrar a los estudios, basta con andar por los pasillos y mirar los techos). También hablamos de Virgilio Piñera, y Juan Carlos Cremata, y otros muchos.

Lo mío, hasta el momento, se circunscribe a la TV, pues mis relaciones con el Instituto del Libro, el Centro Promotor del Humor, incluso el ICAIC son razonables y de mutuo respeto. Vaya, que la censura ni siquiera es coherente. Ahora bien, la excomunión, el ucase en mi contra se emitió en tiempos del anterior presidente del ICRT, y sigue en vigor a pesar de que el organismo luzca presidente nuevo. (¡!) Por circunstancias familiares que no detallaré, ese tipo de trabajo, escribir artículos y programas desde mi casa, es casi lo único que puedo hacer ahora… lo que no significa que aceptaría cualquier cosa, pero como dije antes, Vivir del cuento me gusta, es un reto interesante y muchos en el equipo son amigos míos. El punto es, sin embargo, que de un plumazo los de arriba me lo quitan, contra el deseo expreso de los artistas y técnicos que me llamaron a trabajar con ellos, sin importarles cómo quedo, sin explicaciones al equipo o a mí, sin que nadie dé la cara y me diga por qué me condenaron en primer lugar. Claro que, sin mucha dificultad, puedo imaginar a algún funcionario de esa casta de infelices que cree que los artistas deben ser mansitos e incondicionales (como diría mi socio Frank Delgado, otro veterano en estas lides) reuniendo a los directores o pasándoles un mensaje para advertirles quienes son los apestados que se llevan en esta temporada.

¿Querrán dejarme sin opciones, forzarme a emigrar? Ni pinga. Que se vayan ellos.

Eduardo del Llano

30 de octubre 2017

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Publicado el octubre 31, 2017 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. “Primero censuraron las revistas de historietas, las novelas policiales, y por supuesto, las películas, siempre en nombre de algo distinto: las pasiones políticas, los prejuicios religiosos, los intereses profesionales. Siempre había una minoría que tenía miedo de algo, y una gran mayoría que tenía miedo de la oscuridad, miedo del futuro, miedo del presente, miedo de ellos mismos y de las sombras de ellos mismos”
    Ray Bradbury
    Crónicas Marcianas

  1. Pingback: ¿Es la censura de artistas una tradición de la TV cubana? | Cartas Desde Cuba por Fernando Ravsberg

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