Archivos diarios: octubre 5, 2017

ENTRE EL RÉQUIEM Y LA ESPERANZA

En octubre de 1991, a raíz de la crisis provocada por Alicia en el pueblo de Maravillas (1990), de Daniel Díaz Torres, Alfredo Guevara se reunió por primera vez con los integrantes del ICAIC tras su regreso de Francia. La institución que había fundado se enfrentaba a la amenaza de fusionarse con el ICRT, algo que, más allá de las diferencias internas que pudiesen tener sus miembros, era rechazado de modo unánime. Líder al fin, Alfredo intentaba construir una estrategia colectiva que permitiese transformar esas amenazas en fortalezas, y soltó aquello de “Me he dejado decir el fundador. (…) Soy el fundador. (…) No quiero ser el enterrador del ICAIC”.

Como se sabe, el ICAIC logró sobrevivir en aquel período que tan pésimos recuerdos nos trae a todos los que nos tocó lidiar en los noventa. Sobrevivió como ente productor de contenidos audiovisuales. Por el camino quedó, sin embargo, la voluntad fundacional que nos hacía pensar en el ICAIC como un conjunto de cosas que incluía las películas que veíamos, las revistas que leíamos, los cines móviles que nos permitían ver proyectadas las imágenes más impensadas, y las salas cinematográficas donde disfrutábamos lo mejor de la historia del séptimo arte.

A partir de los noventa, los cines (como salas, como espacios) quedaron sin protección alguna. Ya nunca más se vieron como parte de ese gran empeño institucional que buscaba formar espectadores cada vez más críticos. Si en la capital se vieron afectadas, podemos imaginar la suerte que correrían en provincia, donde pocas veces íbamos a encontrar funcionarios capaces de defender esas salas de la misma manera que uno intenta proteger un museo, una galería de arte. Y no esto hablando de arreglar un cine para alguna fecha puntual, sino de algo más sistemático. Para un funcionario de provincia o municipio, que no tiene a un Alfredo Guevara cerca, una sala se presta mejor para reuniones que para proyectar películas que nos hagan crecer espiritualmente.

Estoy pensando en esto porque acabo de ver el documental Patio de butacas, de Claudia Claremi, que describe, desde la perspectiva de los espectadores, lo que significó el cine, como espacio social, para nuestra generación. En lo personal no estoy por la nostalgia estéril que añora el regreso de estos sitios tal como existían antes, porque eso sería negar la emergencia de nuevas prácticas culturales asociadas al desarrollo incesante de las tecnologías.

Pero es obvio que la impronta de esas maneras de asomarnos a la realidad, y construir nuestras identidades, está todavía presente en nuestros hábitos, aun cuando ya no necesitemos de una pantalla enorme para insertarnos en ese mundo imaginario que compartimos con el real. Lee el resto de esta entrada

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