Archivos diarios: agosto 12, 2017

OCIEL DEL TOA EN DOS TIEMPOS

Hoy Rafael Almanza, uno de los intelectuales cubanos más cultos que he tenido la oportunidad de conocer, me invitó a la Peña del Júcaro Martiano (la número 25) que celebra en su casa de la calle Rosario.

En la invitación que me dejara se avisa de que asistiríamos a una conversación con Ociel Romero Labañino. Dicho así, este nombre dice poco, pero otra cosa sucede cuando nos aclaran que hablaríamos con el mismísimo Ociel del Toa, protagonista de uno de los documentales más celebrados de Nicolás Guillén Landrián.

Este “Guateque por Landrián” organizado por Juannier Rodríguez Matos, Mario Félix Ramírez, y Almanza como anfitrión, fue bien emotivo, porque no siempre tenemos la oportunidad de conversar con el protagonista de un documental de culto.

Por lo general, es el cine de ficción el que prodiga ese tipo de reencuentro con quienes en algún momento se convierten en hitos de alguna representación visual. Pero en el documental es difícil ese tipo de intercambio o recuperación porque tales prácticas cinematográficas se nutren de lo que ya “está siendo o deviene” en el tiempo en que se filma, muchas veces a partir de lo anónimo, de lo que ni siquiera el director está seguro sobrevivirá a ese minuto en que se graba.

Escuchar el testimonio de Ociel Romero Labañino me enriqueció la imagen que ya tenía del mítico documental. Sobre todo porque ayuda a entender el origen de algunos de los sugerentes textos que vemos en pantalla. O nos enteramos de qué manera adquirió el protagónico.

Y como en Rashomon, vamos armando una Historia donde las diferentes versiones de quienes participaron en esa indiscutible joya de nuestra cinematografía (Guillén Landrián como director, Livio Delgado como fotógrafo, Caíta Villalón como editora, Rodolfo Plaza como sonidista, Ociel y su cayuca como protagonistas) terminan describiendo la hermosa complejidad de lo creado. O lo que es lo mismo: la hermosa complejidad de eso que trasciende desde lo creado en algún momento.

Juan Antonio García Borrero

Anuncios

SARA GÓMEZ SOBRE EL DOCUMENTAL DIDÁCTICO

No puedo plantearme el cine didáctico como una especialidad, sino como una necesidad. Para muchos de nosotros la vocación de cineastas nos nació con la de revolucionarios y ambos oficios han llegado a constituirse como inseparables. Si sentimos la necesidad de un cine didáctico en tanto que revolucionarios, éste siempre será útil, interesante y cinematográficamente válido en tanto que cineastas.

El cineasta cubano se expresa siempre en términos de revolucionario; el cine, para nosotros, será inevitablemente parcial, estará determinado por una toma de conciencia, será el resultado de una definida actitud frente a los problemas que se nos plantean, frente a la necesidad de descolonizarnos política e ideológicamente y de romper con los valores tradicionales ya sean económicos, éticos o estéticos.

Cuando asumimos la realización de un documental científico considerándolo como una necesidad revolucionaria no cabe duda que nos estamos expresando, estamos aceptando y proclamando que es indispensable conocer y hacer conocer, por ejemplo, las ventajas de la propagación del cultivo de los cítricos por injertos en planta patrones que tengan características de resistencia a determinadas enfermedades típicas; estamos utilizando el cine como arma en esta lucha de múltiples aspectos.

Esta contribución consciente y militante al dominio de nuevas técnicas y métodos eficaces de producción va a constituir un auténtico acto de descolonización, va a tener un significado trascendente dentro de la propia obra revolucionaria, que en nuestro caso quiere decir artística. Y es que en una sociedad que se fija como meta la necesidad de llegar a transformarlo todo, hasta sí misma, el artista se expresa, siempre y cuando refleje esa desesperada necesidad. Expresar esa angustia será lo culturalmente válido.

El cine como medio de comunicación de masas es de tal agresividad que muy a menudo siento mi profesión como un reto y un privilegio. Cuando pensamos que millones de espectadores con diferentes niveles y extracciones van a recibir nuestras imágenes sonoras, y que éstas les agredirán en la pasividad de una sala cinematográfica garantizando toda la atención de aquellos, nos sentimos obligados a un rigor ideológico y formal sin límites.

Y en nuestro caso, que los complejos recursos técnicos que se necesitan para la realización de una película han sido creados por esa propia masa de espectadores, el compromiso se multiplica. Tenemos una serie de necesidades que satisfacer que abarcan desde la simple expansión hasta la información y la formación. Tenemos un público tan vasto que va desde dirigentes y obreros de las áreas urbanas hasta campesinos de las regiones serranas; y entre ellos una masa de niños y adolescentes con un criterio que se amplía con el creciente desarrollo de los planes de educación integral.

Por ello y para ellos habrá que hacer un cine sin concesiones, que toque la raíz de sus intereses, un cine capaz de expresarlos en sus contradicciones y que tenga como objetivo ayudar a hacer de todos nosotros hombres capaces de plantearse la vida como un eterno conflicto con el medio en el que sólo el hombre deba vencer. ¿Será demasiado ambicioso? ¿Podremos lograrlo? Ese debe ser el propósito.

Tomado de La crítica en tiempo de Revolución. Antología de textos de Pensamiento Crítico (Editor: Fernando Martínez Heredia), pp. 294, 295. Santiago de Cuba: Editorial Oriente.