EDUARDO DEL LLANO Y EL CINE SOCIALISTA EN CUBA

A propósito del post sobre las películas soviéticas en los años sesenta y setenta, Eduardo del Llano comparte con los lectores de Cine Cubano, la pupila insomne, este artículo que escribiera para su blog hace algún tiempo.

 CINE ROJO

Por Eduardo del Llano

 El mismo socio de Playa que mencioné en el artículo Locomotiv GT me quemó la semana pasada una serie de películas del antiguo bloque socialista europeo: algunas que recordaba con nostalgia, otras que nunca vi y no había conseguido hasta ahora. No tengo particulares ataduras -sentimentales o ideológicas- con los viejos regímenes comunistas de Europa del Este, pero sí con algo del arte que allí se produjo.

Una comedia checa: Limonada Joe. En mi adolescencia reí con ella: ahora volví a hacerlo, y admiré además su hechura. Una parodia del western llena de memorables gags y soluciones ocurrentes, con la imagen coloreada como en fotografías antiguas –recurso que también empleara su coterráneo, el extraordinario animador Karel Zeman- y una banda sonora divertida y activa.

Dos polacas, ambas mejores de lo que las recordaba: la primera, El director de orquesta, de Andrzej Wajda. Increíble. El funcionamiento de mecanismos humanos –la envidia, la mala leche, los celos, la culpa- y sociales -provincianismo, burocracia, triunfalismo- con una sobriedad pasmosa, a través de la interrelación de un director de orquesta en una oscura ciudad polaca, otro director de orquesta emigrado, y la esposa del primero e hija del gran amor del segundo. Una reflexión acerca del arte y la moral… lo que supongo también podría decirse de la segunda, Yesterday, de Radoslaw Piwowarski: la historia de un cuarteto de chicos que quieren ser los Beatles en ¿otra? oscura ciudad polaca, ésta en los años sesenta; de la represión y la muerte de sus sueños. Y de la grisura del presente, o mejor, la grisura del adulto-ciudadano correcto.

Y después, bueno, tres del ruso Nikita Mijalkov: Pieza inconclusa para piano mecánico, Cinco atardeceres y Sin testigos. Lo más grande de la vida. Por diferentes razones, durante mi adolescencia los cubanos solíamos llevar al cine soviético bastante recio: el ritmo, el tema recurrente de la guerra, la falta de espectacularidad nos parecían defectos insalvables. Es más, decíamos que las películas se clasificaban en cuatro grandes grupos: buenas, regulares, malas y soviéticas. Cuando se estrenó Pieza inconclusa.., recuerdo a un amigo diciéndome: “¿Qué clase de ladrillo puede llevar ese nombre?” Se comprenderá entonces que, a diferencia de las obras que mencioné anteriormente, no había visto ninguna de las tres de Mijalkov hasta la semana pasada. Conocía otros trabajos suyos, pero éstos no… y vaya con lo que me estaba perdiendo.

No sé ni por dónde empezar a elogiarlas. Si debo escoger una, me quedo con Cinco atardeceres, pero espero no tener que hacerlo, porque las tres son maravillosas, críticas, inteligentes, conmovedoras. Y las actuaciones, por Dios, esa Liudmila Gúrchenko en los Atardeceres, ese Mijaíl Uliánov de Sin testigos… Las tres se desarrollan en espacios únicos, cerrados (la finca de Pieza inconclusa está abierta sólo en apariencia, la gente llega, nunca sale) pero la cámara, la historia, los diálogos te mantienen en vilo. Es una frase trillada, pero tengo que decirla: ya no se ven películas como esas. Mijalkov –que además es un actor extraordinario- maneja con milagroso tacto el drama espolvoreado con amargos granitos de comedia, y le habla al alma eterna: sus películas no se quedan en Rusia o en los años comunistas, no son coyunturales, no pierden sentido.

Había, como en cualquier otra cinematografía, mucho cine rojo chato y aburrido, sin peso artístico. (Para saber más de películas, censura y entresijos, recomiendo El cine soviético del principio al fin, de Zoia Barash, que ya va –cosa rara en Cuba fuera de ciertos textos educativos o de propaganda política- por su segunda edición revisada y ampliada en menos de cuatro años).  Eso no justifica, sin embargo, lo difícil que resulta encontrar en tiendas por ahí joyas como las antedichas. Cuando vivía en España pude bajar un par de títulos (Ascensión, de Larisa Shepitko, un ejemplo ilustre); luego he sabido de otros sitios en la red de donde se puede descargar bastante más, bien que generalmente sin subtítulos. De todos modos, Internet está mucho mejor surtida que las tiendas: ni siquiera en la FNAC madrileña encontré gran cosa editada. Pero el difícil acceso es sólo parte del problema; lo más grave es el olvido. Era como si, a la caída del comunismo, hubieran querido tirar al bebé con el agua sucia. Si hallas por ahí títulos de directores del bloque rojo, casi siempre se trataba de los emigrados: Milos Forman, Polanski, Kieslowski, Tarkovski, nombres tan grandes como escasos. Y para mucha gente, cine ruso es sinónimo de películas recientes de acción y fantasía a lo Hollywood, y de porno duro.

La semana que viene recojo nuevos encargos en casa de mi amigo: Arrepentimiento, de Abuladze, El frío verano del 53, de Alexander Proshkin, Los dacios de Sergio Nicolaescu, Los vengadores incapturables… y bueno, algo de los hermanos Marx y de Scorsese, que tampoco se trata de irse a los extremos, y menos de permanecer en ellos.

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Publicado el julio 29, 2017 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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