GUTIÉRREZ ALEA O LAS TRAMPAS DE LA (FE) POLÍTICA*

En el mes de julio de 1992 Tomás Gutiérrez Alea escribe un texto que titula “Las trampas de la (fe) política”, el cual aparecerá publicado por primera vez en el libro que el crítico José Antonio Évora prepara para el homenaje que le harían al cineasta en el Festival de Huesca dos años después.[1]

Aquel fue un año donde a la cruenta crisis económica y el incremento de la hostilidad del gobierno estadounidense, habría que sumar las tensiones vividas en el interior del campo revolucionario. La sonada destitución de Carlos Aldana Escalante de sus cargos de Jefe del Departamento Ideológico y del Departamento de Relaciones Internacionales del Comité Central ocurre el 10 de octubre de 1992, y sería explicada de modo extenso en una nota del Buró Político del PCC, lo cual sacó a relucir una vez más las diferencias a veces irreconciliables que pueden existir detrás de esa unanimidad de criterios defendida en la esfera pública.

Algunas de las críticas más feroces dirigidas a Aldana no llegaban de los “enemigos de la Revolución”, sino de hombres como Alfredo Guevara, que en carta dirigida a Raúl Castro en 1999 (entonces Ministro de las FAR) escribiría:

No olvido al personaje unas veces perestroikero, otras horca y cuchillo, manipulador y acusador sin escrúpulos, volcando responsabilidades sobre “la Provincia” y presentándose en Ángel de la Guarda en el tratamiento del filme Alicia…; o igualmente manipulador de la verdad y la mentira, calumniador y envenenador con información falseada sobre Alicia Alonso y su entorno, destructor de vidas”.[2]

Más allá del diferendo personal que pudiera apreciarse en las anteriores consideraciones, lo que se pone en evidencia (y que a lo largo de todo el período post-59 ha salido a relucir de modo cíclico), son las maneras encontradas que dentro del mismo campo revolucionario conviven a la hora de “pensar” la construcción del socialismo, y que de modo maniqueo muchas veces se divide en dos: socialistas herejes y dogmáticos.

En teoría, el socialismo debería funcionar como una fuente inagotable de herejías. Al ser un sistema joven, que intenta superar las contradicciones del capitalismo con propuestas inéditas, obliga al debate permanente y la fiscalización constante de “verdades” que se dan por sentadas. Lamentablemente, por el camino siempre aparecerán grupos e individuos (sobre todo en los momentos más críticos que vive la nación), que en nombre de ese mismo socialismo herético que dicen defender, terminan apelando al dogma que todo lo petrifica: en esos casos, el socialismo ya no será herramienta de emancipación de muchos, como hubiese soñado Marx, sino de dominación en manos de unos pocos.

Y en aquella Cuba de 1992, una Cuba de la que constantemente se hablaba como el último reducto del comunismo en el planeta, reducto que muy pronto sería borrado para siempre de la memoria colectiva, el socialismo también se discutiría con pasión. Los cineastas no estuvieron ajenos a ese debate: algunos, como Jesús Díaz con su polémico texto “Los anillos de la serpiente”, negaron sus posibilidades futuras; otros, como Titón con “Las trampas de la (fe) política”, indagaron críticamente en lo que hasta ese momento se había logrado, pero sin renunciar a la utopía.

Al igual que Jesús Díaz, Titón emplazaba ese modelo de socialismo que había terminado por naturalizarse en Cuba. Pero la diferencia con el autor de Las iniciales de la tierra tal vez resida en el hecho de que las ideas expuestas por Titón parecían resumir algunas de las obsesiones y angustias que ya había expresado desde bien temprano en su obra cinematográfica: el peligro de la insularidad física e ideológica estuvo en el centro mismo de Una pelea cubana contra los demonios; la denuncia del paternalismo de Estado y la relación establecida entre intelectuales y obreros había motivado el surgimiento de Hasta cierto punto; las críticas al idealismo socialista todavía sobreviven invictas en Memorias del subdesarrollo.

El escrito de Titón, pues, estaba lejos de integrar esa corriente renegadora que, tras la desaparición de la Unión Soviética, gana terreno entre algunos intelectuales cubanos. Digamos que más bien ese texto prolonga un conjunto de dolorosas reflexiones expuestas por el cineasta a lo largo de aquellas tres décadas de Revolución. Allí donde otros (el propio Jesús Díaz con “Los años duros”) festejaron las nuevas relaciones sociales, y encumbrado a las élites políticas que diseñaban el sentido histórico del proceso, Gutiérrez Alea se había empeñado en problematizar, en términos existenciales, esas experiencias.

Para su espíritu atormentado, la suerte del hombre concreto era lo que debía estar en los primeros planos de discusión. Titón seguía siendo un partidario de la opción socialista, pero no escondía su rechazo a ese tipo de fraseología revolucionaria que, lejos de asumir el análisis crítico de los resultados de las gestiones sociales, antepone la supuesta valía emancipadora de las intenciones: como si la nobleza de la voluntad bastase para concederle suficiente mérito al saldo de las acciones emprendidas, o como si un materialismo ampulosamente retórico resultase menos enajenante que el más ingenuo de los idealismos.

En tal sentido, el inicio de su exposición más elocuente no puede ser. Dice en aquel 1992:

Vivimos en una isla en todos los sentidos: nos hemos aislado demasiado. Culturalmente hemos venido empobreciéndonos; no recibimos los estímulos de tantas y tantas cosas que en el mundo se producen a diario, que salen en las revistas, que se discuten en la televisión, y que mantienen un ritmo ya inaprensible para nosotros, porque vivimos en una isla donde la vida se ha adormecido. Si pretendemos comunicarnos con el resto del mundo, deberíamos tener en cuenta que no somos el mundo.

Se empezó por idealizar al hombre y, consecuentemente, se sustituyeron los incentivos materiales por incentivos morales, más acordes con un hombre libre de egoísmos y con un nivel superior de conciencia social. Como la realidad no se comportaba de acuerdo con las expectativas, fue necesario un reajuste. Había que producir ese nuevo hombre a toda costa. Los mecanismos económicos que obligan a trabajar al hombre en el capitalismo se sustituyeron por prédicas morales y consignas políticas. Al mismo tiempo se incrementó la vigilancia y la prensa nos informaba días tras días que vivíamos en el mejor de los mundos posibles.

Y, para alcanzar esas aspiraciones a corto plazo, la revolución se dio el lujo de cometer los más variados errores en la elaboración de una política económica cuyos rasgos esenciales, mantenidos persistentemente, han sido el idealismo, el paternalismo, el voluntarismo y la falta de sentido práctico.[3]

Titón se negaba a acomodarse en el rol de los apologetas de un sistema que, si en verdad merecía sobrevivir (y él pensaba que debía sobrevivir), estaba demandando críticas de fondo que permitieran mejorarlo, y no superficiales loas y consignas. De allí sus denuncias sistemáticas de ese afán revolucionario que pretendió cambiarlo todo del día a la mañana, sin tener en cuenta las variables biológicas y culturales. Y escribe no sin amargura en este texto:

Hasta tal punto se desarrolló el voluntarismo que se pensó que podíamos saltar por encima de las leyes que dicta la condición humana, leyes que no pueden ser burladas impunemente. Las mismas leyes que de alguna manera están en la base de la concepción materialista de la historia, las que guiaron a Marx y a Lenin para mantener en todo momento los pies sobre la tierra por muy alto que volaran los pensamientos. Martí, por su parte, también reconoce su existencia cuando nos advierte que “quien intente mejorar al hombre no ha de prescindir de sus malas pasiones, sino contarlas como factor importantísimo, y ver de no obrar contra ellas, sino con ellas”. Ni Marx, ni Lenin, ni Martí osaron pasar por alto lo que nos advierte Bacon: “Para dominar la naturaleza es preciso obedecerla”.

Y a mi juicio aquí rozamos lo más importante, la clave de nuestros problemas principales: el objetivo fundamental de la revolución es el hombre, el mejoramiento del hombre, el perfeccionamiento de la condición humana. O, como se ha repetido tantas veces, la creación de un hombre nuevo, más humano, que pueda vivir en una sociedad más justa, consciente de su responsabilidad social. Por un legítimo afán de justicia social, de pureza ideológica, la revolución llegó casi a ignorar los intereses personales del hombre, sus necesidades individuales. Al menos tendió a minimizar esos intereses y quiso hacer coincidir, a fuerza de consignas, prédicas morales y exhortaciones, al hombre que somos con un modelo ideal de hombre concebido como producto de las mejores intenciones.[4]

Pocas veces se ha descrito con tanta nitidez en el pensamiento de los cineastas del ICAIC, esta terrible angustia generada en el individuo como efecto devastador de un conjunto de acciones colectivas pensadas por las élites socialistas en los márgenes de la vida real.

Con lo anterior Titón no renuncia al pensamiento emancipador simbolizado en el socialismo, pero sí cuestiona de un modo implacable el hecho evidente de que lo que sigue siendo en teoría un joven pensamiento revolucionario, se convierta en la mentalidad de algunos en un viejo pensamiento conservador.

(…)

En este sentido, Titón considera como primordial rescatar el carácter humanista del proyecto, el cual se ha extraviado en medio de confrontaciones simbólicas externas que enmascaran, de modo letal, aquellas contradicciones internas no resueltas dentro de la sociedad, y que a la postre, determinarían el mejoramiento de la convivencia entre cubanos.

(…)

Pareciera que hay en estas reflexiones de Titón una renuncia al credo anterior. El desencanto ideológico estaba de moda, y era mucho más fácil dejar a un lado el lastre de lo utópico para encaminar los esfuerzos a esa suerte de “Sálvese quien pueda” capitalista que comenzaba a recomendarse como solución inmediata. Gutiérrez Alea, sin embargo, prefiere concluir aquel duro escrito del siguiente modo: “En todo caso, ahora, cuando se abren tantas interrogantes, no quisiera retirarme. No quisiera terminar en este momento de incertidumbre”.[5]

Juan Antonio García Borrero

NOTAS:

*Fragmento del libro inédito “Ciudadano Alea”

[1] Évora, J. A. (1994). Tomás Gutiérrez Alea. Huesca: Festival de Cine de Huesca.

[1] Guevara, A. (2008) ¿Y si fuera una huella?. Madrid: Ediciones Autor S.R.L., p 562.

[1] Évora, J. A. (1994). Tomás Gutiérrez Alea, pp 115-116.

[1] Évora, J. A. (1994). Tomás Gutiérrez Alea, pp 116-117.

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Publicado el julio 15, 2017 en TOMÁS GUTIÉRREZ ALEA. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Manuel Alberto Ramy

    Amigo Juani: Excelente y oportuno trabajo. Un abrazo,

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