EL CINECLUBISMO EN CAMAGÜEY

El próximo martes el intelectual Jorge Santos Caballero tendrá como invitado en su espacio “Pluralidades” a Pedro Pérez Cantero, líder del Cine Club François Truffaut. Una pregunta servirá para abrir los intercambios que allí tendrán lugar: “Los cine-clubs, ¿existen?”.

Hablar del cine-clubismo en Camagüey es una tarea ardua. Esta historia está todavía por escribirse. Su indiscutible época de oro habría que asociarla a esos años en que Luciano Castillo organizó varios en la provincia (porque su radio de acción iba más allá de la ciudad y ganaba muchísimos adeptos en los municipios), pero en verdad estamos hablando de un fenómeno de larguísima data.

Baste recordar que el 28 de mayo de 1906, el Dr. Omelio Freyre funda en Camagüey el Club Cinegético (trece miembros) con el fin de promover el gusto por esta novedad. Es decir, que este fenómeno aparece en Camagüey mucho antes que Louis Delluc crea en 1920 el hoy afamado Le Journal du Ciné-club, o Ricciotto Canudo en 1921 El Club de los Amigos del Séptimo Arte.

Más allá de esta evidencia histórica, que en términos positivistas le concedería a Camagüey un lugar destacado dentro de la narrativa que describa a esta práctica cultural en el país, estaríamos hablando de resonancias más profundas.

Que un grupo de personas decidan reunirse en determinado local, con el fin de hablar de un cine que no es el dominante, de lo que en verdad nos está alertando es de la existencia de una intelectualidad que quiere mirar la realidad de otro modo.

Un cine club no es únicamente un lugar donde se ven películas. En todo caso es un espacio donde se forman espectadores críticos. La diferencia entre un espectador común y un cineclubista nunca estará en el tipo de cine que ve, sino en la actitud que asume frente a ese conjunto de imágenes en movimiento. Por eso sería tan importante que entendiéramos el fenómeno en su complejidad, y no nos conformáramos con lo meramente formal.

Es decir, más allá de que tengamos cineclubes integrados por diez, veinte o treinta personas “cultas”, necesitamos pensar en profundidad en cómo seducir a ese gran público que ahora mismo tiene al alcance de sus manos un océano de películas, y que no consigue pasar de lo que otras veces hemos llamado “consumo activo”.

Entiéndase que no hablo de imponerle a la gente lo que debe ver. Afortunadamente esa etapa donde nos marcaban “lo que había que ver” quedó atrás: ahora yo puedo ser mi propio programador. Pero los cineclubes podrían ayudar a crear escenarios donde los intereses cinéfilos se enriquezcan con el intercambio de puntos de vistas, con el debate sistemático.

Claro, tenemos grandes problemas a superar, que llegarían hasta el uso de un nombre que hoy las nuevas generaciones asocian al museo, a lo que ha quedado anticuado. En una época como la nuestra definida por algunos como Post PC (post cine; post computadora) esto no sería un obstáculo menor, si al final quisiéramos impactar en esa Política Pública que mañana estará garantizando, como aspiramos, la formación de espectadores críticos desde edades bien tempranas.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el julio 8, 2017 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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