Archivos diarios: junio 15, 2017

EN MEMORIA DE FERNANDO MARTÍNEZ HEREDIA

En mi biblioteca personal, junto a los numerosos libros de cine que he conseguido acumular, ha quedado al alcance permanente de la mano “En el horno de los 90”, de Fernando Martínez Heredia. Sin darme cuenta, se ha convertido en una especie de libro talismán. Ya ni siquiera necesito leer los ensayos que lo componen íntegramente. Me basta regresar a sus páginas, hojearlo unos minutos, encontrar alguna idea de esas que lo anima a uno a sentarse a escribir, aunque sea en contra de lo que allí se expone. ¿Cuántos libros tendrán esa capacidad de provocación?, ¿cuántos autores alcanzan el privilegio de permanecer en la cabeza de sus lectores aunque no se le lea todos los días?

Confieso que mi descubrimiento de Fernando Martínez Heredia fue casual, pero decisivo para en lo que a partir de ese encuentro entendí debía acompañar a todo acto de enjuiciamiento: el pensamiento crítico.

Antes de entrar en contacto con Martínez Heredia mi concepto de “crítica” se basaba únicamente en la mera impresión. Como todo buen crítico que respetara la tradición dominante, pensaba que bastaba con ver las películas, y dejar el testimonio de si habían sido de mi agrado o no, de acuerdo a un conjunto de reglas que ya otros críticos establecieron como la medida de las cosas en este universo de cinéfilos: como si el cine dependiese solo del cine.

Esa convicción comenzó a quebrarse cuando hallé, repito que de casualidad, el número 42 de Pensamiento Crítico dedicado al cine cubano. Encontrar allí a Fernando Pérez hablando de Memorias del subdesarrollo,o a Fernando Birri de Las aventuras de Juan Quinquin, en una revista que percibía al cine cubano no como algo único que se mira a su ombligo de modo inocente, sino como parte de un conjunto mucho mayor de problemas que aún afectan a la nación y sus ciudadanos, me hizo tomar conciencia de lo incompleta e inútil que podía ser la “crítica” cuando no se le acompañaba del pensamiento, pero entendido como herramienta integradora y humanista.

Lo cual me llevaría a descubrir la otra dimensión presente en el crítico tradicional, y que corre el peligro de quedar sepultada por la repetición desesperante de “las mismas palabras y los mismos gestos”, convertida en rutina: hablo de la dimensión del intelectual crítico, que es algo que se distingue del que simplemente pone a circular una opinión.

Supongo que ello tenga que ver con la historia de vida que también tardé en descubrir: la clausura de Pensamiento Crítico como uno de los tantos episodios funestos que sirvió para calificar de “gris” o “negro” aquellos años donde se patologizó “al diferente”, y se logró naturalizar la descalificación ad hóminem como el modo más legítimo de combatir a los supuestos “enemigos de la nación”.

Cuando en el año 2007 tuvo lugar en Cuba la protesta de los e-mails, Martínez Heredia fue uno de sus protagonistas. Y a muchos nos dio una lección tremenda de ética y militancia revolucionaria, pues teniendo en su memoria tantas anécdotas que contar donde su condición de “víctima” podía colocarlo de modo automático en el pedestal de los desencantados, de los negadores radicales, optó por lo que considero siempre más fecundo: la crítica a los problemas de fondo.

Por eso de aquel Balance del debate sobre “el Quinquenio Gris” que leyera en el momento en que presentaron el libro colectivo editado por Desiderio Navarro retengo lo que a su juicio era, y sigue siendo, una necesidad: “que entre todos identifiquemos bien el autoritarismo dogmático, acabemos con él y lo enterremos, pero muy profundamente”.

Esa convicción anti-dogmática probablemente explique la diversidad de mensajes que he leído a raíz de su muerte. Mensajes escritos desde los más dispares terrenos asociados al socialismo (porque es bueno recordar una verdad de Perogrullo: hay diversas maneras de pensar el socialismo en Cuba y luchar para que se convierta en algo justo). Alrededor de su figura intelectual, al margen de que podamos estar más o menos de acuerdo con sus ideas, sobresale el consenso que lo asume como un intelectual orgánico que, buen marxista al fin, ve en las contradicciones la fuente del desarrollo permanente.

Que esas contradicciones legítimas, necesarias, no se transformen por la ofuscación de algunos en algo que no es por esencia antagónico, debería asociarse a esa lucha contra el autoritarismo dogmático al que llamaba Martínez Heredia desde el permanente y enriquecedor pensamiento crítico.

Juan Antonio García Borrero