YUNAISY (2013), de Juan Pablo Daranas Molina

Ignoro si Juan Pablo Daranas Molina tenía en mente al Gutiérrez Alea de Hasta cierto punto (1983), cuando filmaba su intenso corto Yunaisy (2013). Puede ser, pues no existen muchos filmes cubanos que aborden ya no el asunto de la censura en su forma más explícita, sino el de la autocensura (que, a mi juicio, hace más daño), y como recordarán los espectadores, en aquella cinta un guionista debía enfrentar las objeciones de un director que no se sentía a gusto con el nuevo rumbo de las investigaciones hechas por el escritor.

El cortometraje comienza con la cámara internándose a través de un estrecho pasillo, en cuyas paredes pueden verse enmarcadas las fotos de los que han sido hasta el momento nuestros principales cineastas: Titón, Santiago Álvarez, Nicolás Guillén Landrián, Sara Gómez, por citar algunos…

Hay aquí un homenaje que no sorprende. También los nuevos cineastas cubanos están sometidos a esa ley psicológica casi natural donde los que ya no están, a pesar de su ausencia física, siguen diseñando nuestros horizontes de expectativas cotidianas. Un poeta cubano como Luis Marimón tenía una percepción desgarradora del asunto: “Tengo en mi vida dos desgracias: haber nacido y haber vivido tanto como para enterrar mis muertos y soñar sobre ellos”.

Pero no es una cuestión de poesía y sentimiento, sino de imperativo que germina en lo más profundo de nuestro subconsciente, y se convierte en norma invisible. “La Humanidad está compuesta por muchos más muertos que vivos”, apuntaba Comte, para añadir sin sentimentalismo alguno: “Los muertos gobiernan a los vivos”, criterio compartido por Ortega y Gasset en “Meditaciones del Quijote”: “Los que antes pasaron siguen gobernándonos y forman una oligarquía de la muerte que nos oprime”.

Para un pensador tan hereje y todavía tan vigente en sus disecciones como Carlos Marx, “la tradición de todas las generaciones muertas oprime, con peso muy pesado, el cerebro de los vivos”. Marx supo ver la falta de independencia real que hay en los individuos cuando intentan cambiar de modo consciente las reglas heredadas. Incluso en esos momentos de crisis revolucionarias, nos dice, es cuando más ayuda le piden a los hombres ilustres del pasado.

Una lectura sintomática del corto de Daranas podría orientar nuestras pesquisas hacia esa zona poco debatida de nuestro cine más joven: las relaciones que establece con el discurso más profundo de sus antepasados. No hablo de los homenajes explícitos que muchas veces hacen a figuras cimeras como las que mencionamos antes, sino del diálogo crítico que establecen a partir de la inevitable intersección de circunstancias diversas.

Pues por mucho que Daranas pueda admirar a Titón, los escenarios en que se mueven los realizadores de este nuevo cine son absolutamente inéditos, lo que lo obligaría a pensar sus circunstancias de otra manera. No importa que el problema de la censura en la Cuba post-59, como fenómeno general, parezca inalterable. Solo es apariencia, en tanto hasta quienes censuran saben de las nuevas posibilidades de difusión informal que brindan las más modernas tecnologías. De allí que escuchemos al personaje de Alfredo ordenarle a Carlos: “Encárgate de que no quede ninguna copia regada por allí, okey, que asimismo se filtra para la calle, y entonces sí que tú sabes por donde salimos…”.

A partir de ese momento, ya no estaremos en presencia de un material que denuncia los mecanismos de censura legitimados por una institución, sino que hablaríamos de una cinta que describe la lucha interior que debe sostener un individuo con el autocensor que todos llevamos dentro.

Esto es importante resaltarlo porque, a mi juicio, al cambiar la perspectiva del relato queda en pie una interrogante que habla de la responsabilidad ética del individuo que filma y asume sus decisiones últimas como creador, en nombre de alguien a quien filmó para hablar de sus problemas existenciales: ¿cuántos realizadores en su paso por festivales que gustan premiar lo “exótico” no olvidarán que más importante que los posibles premios, es el subalterno que prestó su voz e imagen para que existiera el filme?

En términos cinematográficos, Daranas ha encontrado una inquietante solución a su relato (inquietante porque no cierra la historia, sino que invita a seguir pensándola). El plano secuencia único a través del cual hemos accedido a la trama culmina con la fantasmal Yunaisy expresándose en la pantalla. Pero al igual que Spivak sacó a relucir en los ochenta las dificultades del subalterno para hablar con efectividad, aquí también nos queda la incertidumbre de si la voz de ese personaje alcanzará algún día dentro de la sociedad el lugar de enunciación que merece, y que la pondría a hablar sin intermediarios.

No sabemos si Carlos, el cineasta, suprime o no la escena. Pero eso importa poco: corresponde a nosotros, los espectadores, prolongar los debates que traigan a un primer plano los reclamos de esa voz del trasfondo.

Juan Antonio García Borrero

Ficha técnica:

Título: Yunaisy/ Año: 2013/ 13’/ B y N/ P: Facultad Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual (ISA)/ Productores: Pablo Agüero Cantero, J. P. Daranas Molina/ D: J. P. Daranas Molina/ G: Ana A. Alpízar, J. P. Daranas Molina/ F: Alejandro Menéndez Vega/ S: Irina Carballosa/ A: Waldo Franco, Ernesto del Canal, Yaité Ruiz, Andrea Doimeadiós, Leandro de la Rosa.

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Publicado el junio 4, 2017 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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