EL INTELECTUAL, EL BURÓCRATA, Y EL SERVIDOR PÚBLICO

Mientras leía el excelente artículo de Juan Nicolás Padrón sobre burócratas y servidores públicos, pensaba en el papel que debía jugar el intelectual en este escenario. Intelectual es un concepto que también debería ser mejor definido, porque al aislarlo a partir de los roles que ha jugado tradicionalmente, se perderían de vista los cambios sustanciales que está viviendo la humanidad en los modos de organizar la existencia.

Hoy pareciera que la palabra intelectual apenas sirve para nombrar e identificar a un grupo de personas que se dedican a teorizar, o, como diría Martí, tallar en las nubes, lo que convierte a esos individuos en paradigmas perfectos del trasnochado pensamiento utópico. Que la voz del intelectual ha perdido influencia dentro de ese conjunto de discusiones públicas que conforman a cualquier nación, es fácil de apreciar: los goles menos brillantes de Cristiano o Messi tienen más eco que el más trascendental de los debates intelectuales que aborden la vida ciudadana. No es una queja, sino un diagnóstico.

Coincido con Padrón cuando apunta,

No hay por qué satanizar a todos los funcionarios ni confundirlos a todos con burócratas ―recuerdo que una vez, con su habitual genialidad, Leo Brouwer admitió la existencia del funcionario sensible, “escalón superior de la burocracia”―, pero hay que identificar a los “servidores públicos” que elogiaba Mill, de los que analizó Weber para cumplir un encargo capitalista y que han perfeccionado sus mecanismos de enmascaramiento”.

Para mí un buen servidor público es aquel que propicia la creatividad en función del bienestar de la comunidad a la que él mismo pertenece. Es, en todo caso, un gran facilitador. Un burócrata, en cambio, no piensa en la comunidad ni facilita experimentos: piensa en cuidar su puesto. De allí su escasa y casi nula vocación a correr riesgos y experimentar. El reglamento establecido y el cumplimiento escrupuloso de las leyes heredadas es lo único que interesa. Cuando alguien invita a repensar públicamente las esencias de lo que podría ser su gestión, se lo toma como una crítica personal que pone en peligro su autoridad, no que busca enriquecer con nuevas miradas lo que en definitiva la realidad, en su constante dinámica, nos va exigiendo que modifiquemos.

El burócrata a secas es un experto en interpretar los puntos de vistas diferentes como algo definitivamente antagónico. Pero esa interpretación agónica no está orientada en el sentido que le daría Chantal Mouffe, por ejemplo. No hay aquí una conciencia de que los conflictos son, a la larga, el motor del desarrollo social, sino que asumen los mismos como gérmenes patógenos que dañan un tejido social que ya imaginaron todo el tiempo armónico, gracias a las miradas superficiales que obtienen de la sociedad desde su cómodo puesto. Siempre que me encuentro con este tipo de individuo que se da el lujo de prescindir del debate porque cree que su punto de vista es el único que vale, pienso en Quills, ese filme de Philip Kaufman que pone en boca de Sade el siguiente bocadillo: “¿Tan frágiles son vuestros credos que no resisten la oposición?”.

Lo otro es el manejo del Tiempo (con mayúsculas), que administrado por estos señores hubiese multiplicado las dudas de San Agustín cuando confesaba no saber qué era si le preguntaban por su concepto. El poder de los burócratas para decidir si se puede resolver “ahora”, “después” o “nunca” determinadas situaciones, convierte a los ciudadanos comunes en víctimas de una procrastinación colectiva que termina dañando a la comunidad. La coyuntura (inefable y por ello mismo siempre a la mano) se transforma en la gran coartada que legitima el interminable ralenti en que de pronto entra la posible solución de determinados problemas. La observación de Padrón en su artículo mejor no puede ser:

Resulta común escuchar que “estamos trabajando en esa dirección”. Es la respuesta de quien no desea profundizar en el problema planteado, y como el tiempo es un recurso que los burócratas saben manejar a la perfección para su beneficio, el gerundio puede prolongarse hasta el advenimiento de una nueva era geológica; oculta, además, la causa de la deficiencia, no precisa en magnitud medible el tiempo de ejecución de las tareas que la resolverían, ni los posibles obstáculos o las personas e instituciones implicadas”.

¿Qué hacer entonces en medio de un escenario donde la burocracia a secas parece multiplicarse por gemación? Por allá arriba mencioné que, más que quejarnos, deberíamos atender a los diagnósticos, y a la realidad en toda su complejidad. Eso significa que, incluso en escenarios como los descritos, siempre será posible encontrar servidores públicos sensibles, creativos.

Y es hacía allí donde el intelectual (él también es un servidor público, aunque no ocupe puestos en la Administración) debe dirigir todas sus energías, con el fin de establecer alianzas fecundas. Si nos quedáramos en el inventario de los males que propicia el ejercicio de una burocracia rutinaria y omnipresente, perderemos de vista las muchas posibilidades que siempre quedan abiertas. Porque además un buen servidor público es, en definitiva, también un intelectual.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el junio 3, 2017 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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