LA HISTORIA SIN ECOS: EL CINE CUBANO SUMERGIDO

Hace ya bastante tiempo que sabemos que la Historia del cine cubano es mucho más que la Historia de Memorias del subdesarrollo, Lucía o La primera carga al machete. Pero aunque lo sepamos y se escriban libros que corrijan ese punto de vista excluyente, o se organicen eventos que recuperen títulos olvidados, en el imaginario del público seguirá dominando la idea de que la Historia del cine cubano es la Historia del ICAIC.

Es lógico. Nuestros grandes clásicos (que eso son Memorias, Lucía, o La primera carga al machete) tienen a su favor un sinnúmero de buenas referencias académicas, las cuales se encargan de multiplicar el prestigio ganado en su momento. Las nuevas escrituras rara vez podrán desmontar el relato que ha sido legitimado a lo largo del tiempo, convirtiendo en canon lo que en un principio se movía entre el entusiasmo de un grupo de expertos y las fantasías colectivas de una época.

Para el nuevo historiador será importante seguir defendiendo esos valores construidos en el pasado, pero sin olvidar que esa Historia visible (la Historia con luces de neón) siempre estuvo acompañada por otra que tendremos que descifrar a partir de lo omitido en los registros oficiales.

Tomemos el caso de una película como Ecos, primer largometraje de ficción realizado por el movimiento de cine-clubistas liderado por Tomás Piard desde finales de los años setenta. Estamos hablando de una película que resultó un hito, en tanto que, en términos de producción, planteaba una posibilidad entonces raramente imaginada en su época, debido a la absoluta hegemonía del ICAIC como entre productor de audiovisuales.

Hoy, pese a no existir una Ley de Cine que regule esos asuntos, ya no es difícil encontrar filmes realizados más allá del ICAIC, que consiguen insertarse en los circuitos de festivales internacionales. Pero en 1987 pretender “competir” con el Instituto era sencillamente un delirio.

Por tanto, cuando hablamos de festejar los treinta años de Ecos hablamos de resaltar mucho más que sus valores estéticos, que seguramente sufrirán el chequeo policíaco de quienes no querrán dejar pasar la oportunidad para resaltar las deudas del filme con la Lucía de Humberto Solás, como si eso en verdad no resultara una fortaleza.

Ecos, insisto, es mucho más que eso. Con la cinta, Piard nos hacía tangible la posibilidad de un cine cubano producido en los márgenes de las dinámicas oficiales de producción, los mismos que incluían no solo al ICAIC, sino también a los Estudios Cinematográficos de la Televisión y las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Pienso que Ecos es el antecedente más preciso que tendría ese cine independiente cubano que ahora mismo pugna por legitimarse en los escenarios de la nación.

Pero, por supuesto, no se trataba de un gesto aislado, sino que formaba parte del espíritu integral de la época en aquel lejano 1987. No en balde, para seguir con los aniversarios cerrados, el próximo 21 de junio tendríamos que estar celebrando treinta años de la creación del Taller Nacional de Cine de la AHS, del cual el cineasta Jorge Luis Sánchez fue su líder más destacado.

Para el historiador de esta época, el treinta aniversario del filme Ecos y del Taller de Cine de la AHS resultan más que simples efemérides. No serían datos complementarios de un relato positivista que ya ha decidido de modo autoritario cuáles son los “grandes acontecimientos fílmicos” que habría que promover en la futura Historia del cine cubano, sino en todo caso piezas claves de una Historia-problema que espera por argumentaciones que ayuden a entender al cine cubano, como parte de algo mayor que es la Cuba que nos sigue animando a pensar en ella.

Una Historia del cine cubano pensada en esos términos no estará renunciando a las jerarquías, pero lejos de dictarlas como imperativos providenciales, nos estará ayudando a descifrarlas como parte de un pacto en que cineastas y espectadores combinan en sus respectivos horizontes de expectativas querencias y ansiedades.

Si, como se ha dicho, el verdadero arte cinematográfico no refleja la realidad tal como es, sino construye y prefigura un porvenir donde los espectadores encuentran alternativas a ese orden de cosas que les ha tocado vivir, tendremos que agradecer a Tomás Piard y Jorge Luis Sánchez que hace treinta años soñaran para nosotros mucho de lo que ahora está pasando.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el mayo 31, 2017 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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