Archivos diarios: mayo 18, 2017

LA FOTO

Han pasado muchísimos años desde que José Gabriel Martínez Figueredo tomara esta instantánea. Fue durante el durísimo año 1994, cuando Titón estuvo por Camagüey en pleno “período especial” con el fin de rodar algunas secuencias que jamás figurarían en Guantanamera. Creo que fue la segunda vez que anduvo por allí buscando locaciones para una de sus películas, pues antes, en los sesenta, el periódico de la ciudad anunció su presencia, a propósito del inminente rodaje de Cumbite, y el interés del cineasta por aprovechar los asentamientos de haitianos.

Mirando esta foto de mi único encuentro con el cineasta he tenido la impresión de que, no obstante el tiempo transcurrido, como en Memorias, nada ha cambiado. Allí estoy yo con Titón, igual de flaco, tal vez aceptando con resignación que lo mío no son las libras, sino los libros.

Allí está de fondo una ciudad donde la arquitectura colonial pareciera condenarnos a vivir por siempre en una pecera de aguas viscosas, recicladas desde hace cinco siglos, que es la edad que le impusieron los españoles cuando la conquistaron y exterminaron a sus aborígenes (entre ellos al cacique Camaguebax), y la llamaron Santa María del Puerto del Príncipe. Todo parece igual que antes, como congelado en el tiempo, y sin embargo, uno sabe que nada de aquello siguió siendo lo mismo, pues Bergson mediante, sabemos que una foto “no es más que una instantánea tomada sobre una transición”.

Es de ese fluir silencioso, inocente en su devenir devastador, que me gustaría ocuparme en las páginas que sigo escribiendo a propósito de Tomás Gutiérrez Alea. Lo cual me permitiría retomar, como si no hubiese existido transición alguna, las mismas preguntas que acosaban a Titón, y que en definitiva cada individuo puede hacerse de modo independiente: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿qué se ha hecho de nuestros sueños?

Algo raro sucedió con esta foto porque de repente la imagen terminó intrigándome, como si de pronto observara a dos extraños que hasta ayer me fueron familiares, pero que nunca alcancé a conocer bien. De pronto sentí que no era yo quien espiaba ese retrato, sino que un tercero (tal vez el Sergio de Memorias del subdesarrollo con el mismo telescopio que utiliza en la película) fiscalizaba cada uno de nuestros movimientos. Peor aún: nuestros pensamientos más íntimos. Y me vino a la mente Lezama con la enigmática confidencia: “Es como si al avanzar por el aire que cubre la tierra, mirásemos hacia atrás y al encontrarnos con su mirada se nos diese ya el fragmento que nos falta para llegar a donde se comienza”.

Fue ese el origen de éste relato que aún no termino, donde asumo el imprevisto rol de detective de esas emociones intocables que terminan por configurar las arquitecturas de las épocas (en esta oportunidad, mi época); el rol de alguien empeñado en rastrear las huellas secretas de ese fluir (sigiloso, devastador, e indiferente) de los acontecimientos que nos sacuden sin nosotros notarlo, en este caso tomando como punto de partida a Gutiérrez Alea, y ese grupo de amigos al cual pertenecía, dividido de modo brusco por la Revolución de 1959.

Juan Antonio García Borrero