EL NUEVO CINE MÓVIL EN CUBA

Hablar de “cine móvil” en Cuba es hablar de una de una de las grandes sagas culturales de la Revolución. En lo personal le concedo la misma importancia que a la Campaña de Alfabetización que regaló a todos los cubanos la posibilidad de aprender a leer y escribir, toda vez que con esa acción fuimos pioneros a la hora de interpretar lo que Benjamin había notado a principios del siglo anterior: “no es aquel que ignora la escritura, sino el que ignora la fotografía el que será el analfabeto del futuro”.

Todavía nos emociona ese documental realizado por Octavio Cortázar en 1967 con el título de Por primera vez, donde un grupo de campesinos de la zona oriental descubren el cine gracias a las Unidades de Cine-Móvil del ICAIC. Imaginemos, a través de esos rostros infantiles que miran fascinados a las pantallas, el universo expandido que de repente se abría en la mente de esos individuos; porque eso puede ser el cine: un viaje emancipador al otro lado de las posibilidades creativas que habitan en nosotros, pero que no hemos sospechado también laten en uno.

Comencé a tomar las primeras notas para este post mientras viajaba hacia La Habana en uno de los ómnibus de Vía Azul. No hizo más que empezar el viaje, y las pantallas de los televisores que hay en su interior se encendieron para permitir que por allí desfilara todo tipo de reguetonero ensayando las más diversas variaciones de lo que en el fondo es un único reggaetón.

Advierto que yo no tengo ningún tipo de problema con eso. Me he armado de mis propios audífonos, y en cada viaje construyo mi propia programación de contenidos y películas en mi laptop, que como es nueva, le dura bastante la batería. Pero me llamaba la atención eso: saberme parte de un nuevo público que hace del nomadismo tecnológico su condición fundamental, y donde lo móvil ya no sería privilegio del mensajero que aporta el contenido, sino que estos son aprovechados a la carta por los usuarios que ya disponen de herramientas para armar sus propias parrillas de consumo.

Lo complejo está en que, desde el punto de vista institucional, todavía no nos damos cuenta de lo que representa eso para el espacio público. Otras veces he criticado el anacronismo de una retórica oficial que censura sobre la base del autoritarismo, pero no estudia el fenómeno y mucho menos propone alternativas que permitan, desde lo institucional, seguir actuando a favor de los grandes valores culturales.

Porque como individuos tenemos derecho a ver en nuestros espacios privados lo que estimemos pertinente. Pero ¿se imaginan al cine móvil del ICAIC fundacional convertido en vehículo del mal gusto que la institución intentaba combatir?

Para no hablar de lo inefectivo que a estas alturas resulta seguir pensando en “controlar” los contenidos que circulan en la sociedad del mismo modo que se hacía veinte años atrás. Apoyo esto con una anécdota sacada de ese viaje en Vía Azul. Cuando llegó la hora de las películas (porque los choferes se han acostumbrado a poner primero los musicales, luego algo de “humor”, y después, como plato fuerte, las películas) siento como se abren los créditos de la cinta de turno, pero es mi compañera de asiento (una señora como de mi edad) la que me pregunta qué película cubana era esa. Presto un poco más de atención, y le digo: “Se llama Paraíso, y el director es León Ichaso”.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el mayo 16, 2017 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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