DE GARCÍA BORRERO A JAVIER GÓMEZ SÁNCHEZ

Estimado Javier:

Llevo días intentando escribir estas breves líneas. Quería agradecerle doblemente: primero, por el envío de su texto a Cine cubano, la pupila insomne; segundo, por su comprensión al aceptar las razones que le expuse en privado, cuando le pedí demorar un poco la publicación en tanto me encontraba en medio de la organización del Segundo Encuentro sobre Cultura Audiovisual y Tecnologías Digitales.

En otros tiempos su texto habría originado aquí una buena polémica. Con seguridad conoce de los abundantes debates que han tenido lugar en el sitio. Más de ciento cincuenta polémicas, con intervenciones y comentarios donde, por lo general, se han fiscalizado cada una de las ideas expuestas, pero cuidando dejar a salvo al individuo que las expone.

Cuando recibí su texto pensé que podríamos estar en presencia de otro de esos artículos que convierten en viral los intercambios apasionados. Su reclamo a no perder de vista el peligro en que hoy se encuentra ese tesoro cultural (utilizo su terminología) que es el cine nacional, merecía y aún merece un debate intenso. Sin embargo, la recepción ha sido más bien fría. Y este silencio, paradójicamente, nos está hablando alto y fuerte de algo: los que hacen y aman el cine cubano sienten cada vez menos confianza en los debates públicos. Lo que nos lleva a una conclusión personal que asocio a la esencia de su escrito: el cine cubano hoy en día no es prioridad para quienes deciden en las altas instancias del país.

Escribo esto con dolor, porque, citando sus palabras, yo también pienso que: “El cine cubano vive momentos muy difíciles. Tan difíciles que ponen en peligro la existencia y consideración del arte cinematográfico como parte esencial de los logros culturales de la Revolución Cubana”.

Como todo fenómeno admite siempre más de una interpretación, puede ser que mi desasosiego tenga su origen en razones diferentes a las suyas, aunque nos una la misma devoción por el cine cubano. En mí resulta inevitable, por ejemplo, el enfoque del historiador que apela a la Historia, no como un panteón donde permanecen intocados los logros y héroes del pasado, sino como un dispositivo crítico que me ayuda a entender el origen humano de cada una de las situaciones que hoy veneramos, o pensamos que es imprescindible retener dentro de la memoria histórica del país.

En el caso del cine cubano, hoy son pocos los que recuerdan que el surgimiento del ICAIC en 1959 obedeció a un imperativo de corte ético. La Ley que propició el nacimiento del Instituto hablaba del cine como arte (algo hasta ese momento impensado en nuestro país), pero en su conjunto buscaba acompañar cada uno de los cambios que se iban diseñando en toda la sociedad: más importante que la estética, era la cuestión ética, esa que aún habla de construir una sociedad donde los desposeídos de siempre adquieran dignidad ciudadana.

Los fundadores del ICAIC tuvieron la suerte de tener a Fidel como un interlocutor directo. Ayudó mucho la amistad que desde los tiempos de la Universidad unían a Alfredo Guevara y Fidel Castro. Y también la curiosidad cinéfila del mandatario. Hoy ese interlocutor entre los gobernantes de más jerarquía dentro del país ya no existe. El ICAIC es percibido como “una institución más” dentro del sistema institucional de la cultura cubana. Y no tenemos a un Alfredo Guevara que se encargue de llevar a la mesa de los grandes decisores la argumentación del problema y sus posibles soluciones.

Quizás porque el cine cubano, desde 1959, es mucho más que lo que puede hacer un individuo (al margen de lo valiosa que sea su trayectoria) un grupo de cineastas tuvieron la feliz idea de reunirse por su cuenta, y poner por escrito sus preocupaciones. Como investigador, conservo buena parte de las relatorías de cada uno de los debates públicos que protagonizaron. Tal vez en otros países, los que diseñan las Políticas Públicas habrían mostrado gratitud con ese cuerpo de ideas que un grupo de creadores han logrado conformar sobre la base de lo que demanda la nueva época: pero aquí el silencio ha sido el premio. Y eso es lo que explica, repito, el no debate de su valioso texto.

Todo esto se lo escribo a título personal, como todo lo que posteo en el blog. Siempre he dicho que asuntos como estos deben ventilarse en los abundantes foros que existen en el país, donde si de veras queremos que funcione la democracia socialista, los servidores públicos tendrían que recordar que entre sus funciones se encuentran precisamente atender las inquietudes de los ciudadanos que conformamos la nación, y articular posibles soluciones.

Quizás deberíamos recomenzar por esclarecernos, por fin, para qué sirve a estas alturas hacer cine (o audiovisual). Como usted es muy joven, tal vez ignore los debates en que debieron verse envueltos los fundadores del ICAIC cuando cierta burocracia intentó convertir su producción en simple arma ideológica de la Revolución. Por allí nos ha quedado el testimonio de Alfredo Guevara hablándonos de cómo el ICAIC, hacia mediados de los setenta, en pleno proceso de institucionalización del país, comienza a recibir los primeros embates de la burocracia. Busque, por ejemplo, el revelador Tiempo de fundación, y lea esta parte:

Cuando se constituyó el Ministerio de Cultura, prácticamente en todas las direcciones se siguió el modelo que habíamos seguido en el ICAIC, en todas las direcciones estaban los intelectuales, y poco a poco los iban empujando hasta que de repente aparecía un personaje de tipo burocrático para sustituir al intelectual… Decían “los intelectuales no sirven para dirigir, quieren estar en su obra”, y al final la burocracia se lo tragaba todo. Dirigí el ICAIC unos cuantos años, hice un análisis de su composición, y descubrí que tenía 600 gente de más, pero estábamos en pleno período especial y cómo tirar a 600 personas al 60 % del salario. Todo eso lo discutí con los niveles superiores, con el Ministro del Trabajo de la época, creamos casi una plantilla aparte, pero lo que no lograba era que le pagaran el salario completo… Es terrible, es terrible ver cómo los mediocres se apoderan de las posiciones, y tal como está organizada nuestra sociedad es un enorme problema salir de ellos. Nuestro enemigo, no el de la intelectualidad sino el de la revolución, es la ignorancia”.

Cuando en su texto usted llama la atención sobre los problemas que hoy enfrenta el cineasta cubano para expresarse en su propio país, reconozco que dice grandes verdades, pero a mi juicio, el problema es mucho más complejo y exige una revisión integral y radical de los escenarios, que son inéditos y nada tiene que ver con los que propiciaron el surgimiento del ICAIC.

Para empezar, el cine cubano (que siempre ha sido mucho más que la producción del ICAIC) necesita reencontrar su interlocutor en las altas esferas del Poder en Cuba. Un interlocutor de verdad al que le quede claro, como se dice en el Primer Por Cuanto de la Ley que posibilitó la creación del ICAIC, que “el cine es un arte”.

Y esos problemas solo se pueden resolver sobre la base de un debate desprejuiciado y respetuoso, que tome en cuenta las características de la actividad, pero que además de ello, se actualice con lo que a diario pasa en este universo. No es censurando películas, por ejemplo, que vamos a lograr entender lo que significa la emergencia de centros de producción informales y canales de distribución no oficiales. La ignorancia a la que aludía Alfredo Guevara florece allí donde el pensamiento crítico es anulado por una burocracia que vela más por el reglamento establecido y el autoritarismo que por el impacto real de lo que ya opera en la sociedad.

Todo el viacrucis de los cineastas cubanos que usted describe en su artículo tiene su origen en esa falta de sensibilidad hacia la gestión pública de los creadores. Y las dificultades se incrementarán en la misma medida en que se siga postergando el diálogo, y cada cual (vanguardia política/ vanguardia artística) insista en ir por su lado.

Mi optimismo trágico me dice que, tarde o temprano, los cineastas cubanos encontrarán ese interlocutor entre los políticos. Por lo pronto, sus películas dialogan (muchas veces de un modo informal) con un público que ya cultiva otras maneras de ver cine más allá de los cines.

Por otro lado, hoy comienzan a notarse los frutos de un “cine independiente” que gana reconocimientos por parte de la crítica internacional. Discrepo de quienes asocian el reconocimiento al hecho de que esas películas triunfan porque son hipercríticas con el gobierno cubano. Quien piense de ese modo estará interpretando el cine como un mero auxiliar de la pedagogía, y no como arte.

Ese conjunto de películas, en sentido general, es mucho más maduro en lo técnico y en lo conceptual. Y está pensando la nación desde lo problemático, que siempre será la principal credencial del arte. Lo que pasa es que, insisto, esos de los que usted en su texto dice que les temen a las cámaras, no son capaces de apreciar el potencial renovador de las imágenes, o lo aprecian como una amenaza. En mi caso, como a Fernando Birri, “lo que me interesa es que el cine sirva para algo y que ese algo sea ayudar a construir nuestra realidad”.

Un saludo cordial,

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el mayo 11, 2017 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Reiniel Crespo

    Hasta ahora no me había imaginado que fuera tan difícil para un cineasta mostrar su arte, sabia que era difícil por problemas tecnológicos, técnicos y demás, pero no hasta ese nivel de complejidad, me recuerda aquella película de 1976, Las doce pruebas de Astérix, en donde hay una que es vencer a un sistema burocrático, en ese momento te ríes y todo, pero después si lo piensas, somos todos como el pequeño galo en nuestro día a día.
    Un saludo

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