Archivos diarios: mayo 6, 2017

EL PERDÓN EN EL AUDIOVISUAL CUBANO

El cine debería ayudarnos a entender que no hay utilidad en el perdón si antes no entendemos que la vida todo el tiempo nos exige actuar, y en esa demanda de acción nadie se librará del error. Castiguemos lo que de verdad sabemos es imperdonable, pero aprendamos de una vez y para siempre que, vivamos en la cima o en el sótano, todos necesitamos que alguna que otra vez nos perdonen. (Tomado de Cuba Posible y reproducido en Rebelión)

EL PERDÓN EN EL AUDIOVISUAL CUBANO

Sería interesante estudiar de qué manera se ha representado el acto de perdonar dentro del audiovisual cubano. El perdón se asocia al universo religioso, tal vez por aquello que Alexander Pope anotaba: “errar es humano, perdonar es divino”. Pero la religión no es el único vehículo capaz de llevar a los ofendidos un mensaje de reconciliación, porque en realidad, el perdón tiene un alto componente cultural.

Perdonar o no, tiene que ver con nuestras prácticas más humanas, asociadas a los incontrolables afectos. En los inicios de la historia de los hombres y mujeres, la falta de piedad o de empatía con aquellos que no cumplían con las expectativas de quienes triunfaban y mandaban, llegó a convertirse en todo un canto de alabanzas. Pero con el cristianismo el perdón adquiere una nueva connotación, de la cual quedará impregnada buena parte de nuestra cultura occidental.

El cine heredó en sus representaciones los dilemas éticos asociados al perdón. Era lógico. En el momento en que comienza a consolidarse el nuevo lenguaje artístico, ya los “maestros de la sospecha” (Marx, Nietzsche, Freud) habían conseguido sembrar alrededor de la conciencia (otrora reino de la claridad cartesiana), todo ese conjunto de dudas en torno a la supuesta capacidad de lo racional para resolver problemas. Gracias a ellos, uno sabe que detrás del perdón, o mejor dicho, detrás del acto de perdonar, pueden esconderse las más oscuras motivaciones: el perdón, por sí solo, no significa nada. En todo caso tendríamos que tener en cuenta la utilidad que tendría ese perdón, para qué sirve.

Si Pope asociaba el acto de perdonar a lo divino, otros, como Séneca (aunque hablaba más de la clemencia que del perdón), lo vincularon con la sabiduría. “El sabio”, decía Séneca, “remitirá gran número de castigos; conservará considerable número de hombres de mente enferma, pero que pueden sanar. Imitará al diestro agricultor, que no cultiva solamente los árboles rectos y elevados, sino que aplica puntales para enderezar aquellos que una causa cualquiera ha torcido. Poda los unos para que las ramas no detengan su crecimiento; abona a los débiles que languidecen en suelo empobrecido, y a aquellos que están cubiertos por extraña sombra, les abre el cielo. Siguiendo estos ejemplos, el sabio perfecto examinará de qué manera debe tratarse cada espíritu para atraer al bien a los que se han pervertido".

Cuando en 1959 triunfa la Revolución encabezada por Fidel, la idea de formar un Hombre Nuevo se convirtió en una suerte de meta colectiva dentro de la isla. La Revolución se hizo en nombre de los muchos ofendidos que vivían excluidos de las ventajas del pacto social. Negar esa evidencia sería dejar sin explicación el tremendo apoyo popular que posibilitó que los cambios más radicales fueran posibles. Y como toda revolución hecha por hombres y mujeres, no por dioses, propició errores, injusticias, nuevas ofensas que aún no se han dirimido.

Si se revisa parte de la filmografía producida por el ICAIC hacia finales de la década del sesenta, podría advertirse cómo una cineasta como Sara Gómez, sobre todo en los documentales Una isla para Miguel (1968)y La otra isla (1968), ya proponía una visión muy cercana al espíritu que Séneca aconsejaba antes, mientras que entre las respuestas que le hizo llegar al cuestionario de Margarite Duras destacaba lo siguiente: “Yo lo que sí puedo asegurarle es que este no es un país de conformistas: confío más que nada en alguno de esos jóvenes “conflictivos” que hay en cada aula, en cada granja, en cada fábrica, ese que hace la pregunta que nadie se había hecho, exige una respuesta y pone a pensar a los demás.

A decir verdad, ese tipo de mirada nunca alcanzó a naturalizarse entre nosotros. De allí la excepcionalidad todavía poco reconocida de una cineasta que apeló al cine como herramienta capaz de ayudarnos a comprender mejor la complejidad del ser humano. Desde la cultura, en este caso, desde el cine, se intentaba develar los matices que la política a secas no puede ver o entender.

El llamado “quinquenio gris” tuvo su base más sólida en esa manera tan sectaria de entender la vida. Precisamente los individuos conflictivos, los que hacían de las preguntas incómodas la manera más eficaz de medir el progreso de lo que nació como compensación para los humillados (la Revolución), terminaron castigados, o en el mejor de los casos, otra vez excluidos.

Varias de las películas más recientes del audiovisual cubano intentan entender ese proceso experimentado en la nación. Probablemente sean los hijos de aquellos jóvenes conflictivos a los que Sara Gómez retrató y dio voz en sus documentales. Hoy traen sus propias preguntas, y se rebelan ante el interés que algunos de sus mayores muestran por contar de modo selectivo lo que pasó.

Borges, en aquel hermoso poema titulado “Fragmentos de un evangelio apócrifo” apunta: “Yo no hablo de venganzas ni de perdones; el olvido es la única venganza y el único perdón”. No deberíamos permitir que la belleza literaria de la imagen nos intimide al extremo de terminar confundiendo el perdón con el olvido.

Cuando perdonamos o nos perdonan, lo que importa es la conciencia que se ha adquirido de que error y perdón, si de verdad se establece una relación creativa, siempre dará lugar a un individuo que termina haciendo de la memoria la principal herramienta para no incurrir de nuevo en la ofensa.

A mí en lo personal no me interesaría un cine donde el lamento interminable por lo que pasó concluya paralizando cualquier posibilidad de crecer. Alguien que llora solo en un rincón, sufre por su suerte porque “los otros”, aún sin estar presentes, permanecen en su mente como adversarios o como héroes. Pero tarde o temprano tendrá que regresar a la sociedad, tendrá que actuar.

El cine debería ayudarnos a entender que no hay utilidad en el perdón si antes no entendemos que la vida todo el tiempo nos exige actuar, y en esa demanda de acción nadie se librará del error. Castiguemos lo que de verdad sabemos es imperdonable, pero aprendamos de una vez y para siempre que, vivamos en la cima o en el sótano, todos necesitamos que alguna que otra vez nos perdonen.

Juan Antonio García Borrero