MÚSICA, CINE, MEMORIA, IDENTIDAD

Ayer tuve el privilegio de participar como ponente en el evento teórico concebido para la Fiesta del Tinajón del Camagüey. Un verdadero lujo contar en la mesa con la compañía de la Dra. Verónica Fernández Díaz y el Maestro Reinaldo Echemendía Estrada, quienes disertaron sobre las agrupaciones soneras en Camagüey.

Debo confesar que cuando me invitaron sentí bastante preocupación, pues el eje temático giraba en torno a la presencia del son en las distintas manifestaciones artísticas en Camagüey, y yo estoy lejos de ser un musicólogo (aunque me guste la música), y en el caso del audiovisual realizado en la ciudad, todavía está por hacerse ese catálogo que nos permita recuperar la información que nos posibilitaría evaluar las maneras en que se ha registrado la actividad sonera en nuestras pantallas locales.

Pero precisamente escuchando las excelentes disertaciones de mis colegas, disertaciones cargadas de exquisita información, sentí que era necesario abandonar lo local (lo camagüeyano) para hablar de estrategias que tendrían que ver con lo que universalmente nos afecta como ciudadanos del siglo XXI.

Así que comencé citando al gran historiador Eric Hobsbawn con esta observación que hace en su libro Historia del siglo XX:

La destrucción del pasado, o más bien de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones anteriores, es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo xx. En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres, de este final de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven. Esto otorga a los historiadores, cuya tarea consiste en recordar lo que otros olvidan, mayor trascendencia que la que han tenido nunca, en estos años finales del segundo milenio. Pero por esa misma razón deben ser algo más que simples cronistas, recordadores y compiladores, aunque esta sea también una función necesaria de los historiadores”.

He allí el gran desafío que tenemos los encargados de preservar la memoria cultural de la nación. En una época como la nuestra, donde aparentemente todo está al alcance de un clic, en realidad corremos el riesgo de no retener nada. Es necesario, entonces, establecer alianzas que operen dentro de ese espíritu de creatividad colectiva que de un modo informal caracteriza a la época.

En el caso del audiovisual y la música, esas alianzas ya desde hace rato están funcionando. Solo que, en sentido general, responden a ese flujo caótico de imágenes que la industria (lo hegemónico) pone a circular a través del video clip y el fomento del zapping. Sin embargo, también es posible intervenir desde lo institucional (como hubiesen querido los situacionistas franceses) creando escenarios que le concedan visibilidad a lo que ya existe, y sin embargo, permanece en las sombras.

Claro, como dice Hobsbawn, aquí el nuevo historiador tendría que dejar a un lado la manía que tenían sus predecesores de convertir al dato frío en estéril objeto de culto, para invitar a sus oyentes a participar de un juego donde “lo histórico” contribuye a fertilizar lo nuevo. Yo mostré clips de dos películas realizadas en épocas diferentes (Y tenemos sabor/ 1967, de Sara Gómez, y Los pájaros tirándole a la escopeta/ 1984, de Rolando Díaz), como ejemplos cubanos que pueden describir el buen matrimonio que se ha establecido en nuestro cine entre la música popular y la cámara cinematográfica.

Creo que la música y el audiovisual, más allá de lo que revelan en la superficie, se complementan en lo sumergido cultural. Para mí el cine es sobre todo memoria: cuando nos enfrentamos a una película (no importa si documental o ficción) estamos asistiendo a lo ausente: eso que vemos en pantalla no está allí.

La música cubana, en cambio, es identidad: habla de eso que somos constantemente. Sin importar las distancias físicas, ideológicas, temporales, la música tiende a revelarse como un gran puente donde todos nos reconocemos aún en medio de las aguas más turbulentas. Eso puede notarse en un documental como Yo soy del son a la salsa (1996), de Rigoberto López, donde la nación cubana es una gran comunidad imaginada.

Memoria e identidad, entonces, estarían entre las prioridades que no nos podemos dar el lujo de perder. Y el audiovisual y la música pueden ser dos grandes aliados.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el marzo 25, 2017 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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