CULTURA E INFORMATIZACIÓN DEL TRABAJO CULTURAL EN CUBA: TAN CERCA, TAN LEJOS

Entre las grandes prioridades que hoy posee la sociedad cubana está su informatización, esa que en palabras del Vicepresidente Miguel Díaz Canel es “un proceso complejo, retador, necesario, que tiene que ser abordado en la multi y la interdisciplinariedad, con visión de país y contando con la participación institucional y ciudadana, el cual debe abarcar transversalmente todos los escenarios y ámbitos de la vida política, económica y social del país, y constituir un imprescindible apoyo y soporte al perfeccionamiento integral de nuestra sociedad socialista, próspera y sostenible”.

Aunque todavía estamos lejos de los escenarios ideales, ya en el país comienza a notarse la presencia de una infraestructura que permite soñar con planes más ambiciosos vinculados al uso creativo de la tecnología. Sin embargo, para que podamos hablar de una informatización verdaderamente funcional, tendríamos que acompañar ese proceso tecnológico con un conjunto de prácticas que solo podrían construirse dentro de las llamadas humanidades digitales.

Si en algún contexto esta alianza resultaría imprescindible, es precisamente en el de la Cultura. Lamentablemente, entre nosotros pocas veces se asocia el trabajo cultural a esa política de informatización que ya va teniendo lugar en los más diversos escenarios.

En sentido general, nuestros creadores siguen pensando su producción y promoción de la misma con los mismos parámetros del siglo pasado. Y a pesar de los esfuerzos de Cubarte, sobre todo con las imprescindibles “Jornadas de la Cultura Cubana en Medios Digitales”, las instituciones perseveran en sus maneras decimonónicas de poner en manos de la comunidad el caudal de bienes culturales.

¿Cómo explicar la persistencia de esa brecha cada vez mayor entre la creación y promoción cultural y la informatización de los servicios que podría prestar la cultura en Cuba? Como sucede siempre, no encontraremos una sola causa, sino varios factores de co-actúan, si bien parece dominante el hecho de que creadores y directivos del área cultural aún asumen el término “informatización” como si se aludiera a la simple instalación de equipos informáticos.

Al no existir una comprensión cabal del fenómeno, se deja en manos de otros (Etecsa, Joven Club, Desoft, etc) la implementación de programas y estrategias que, al menos en teoría, contribuirían a modernizar la gestión cultural. Pero esa modernización no es en modo alguno funcional, pues lo que se ha hecho es “domesticar” las nuevas tecnologías, con el fin de acomodarlas al entorno ya conocido, es decir, a lo familiar, a lo que todo el mundo está acostumbrado a hacer, por lo que de modo involuntario se propicia el “creaticidio”.

La culpa, obviamente, no es de Etecsa ni del Joven Club o Desoft, que son entidades que tienen un encargo social bien definido vinculado, ahora sí, al desarrollo tecnológico. Nadie pondrá en duda la existencia de personas talentosas en cada una de esas entidades, que cumplen de modo eficaz con lo que se les pide en términos técnicos, pero de lo que estamos hablando es de la construcción de soluciones integrales, donde el sector de la Cultura (como ya de alguna manera lo va logrando Educación a través de Cinesoft) consiga promover, a través del uso creativo de la tecnología que ya dispone, los valores culturales y cívicos que nos importa como nación.

Para ello es imprescindible que ganemos claridad en lo que significa conceptualmente la informatización en el universo de la cultura. Tendríamos que combatir el equívoco que identifica la simple existencia de numerosos puntos wifi a lo largo y ancho del país, como la mejor expresión de ese proceso, pues junto a ese indiscutible logro técnico, necesitamos trabajar en la formación de usuarios potenciales. Es decir, como mismo se promueve la formación de lectores o espectadores críticos, necesitamos implementar programas de enseñanza que inviten a usar las tecnologías como herramientas de construcción de saberes.

Esto no se conseguirá por decreto, por nobles que resulten las directivas, o seductoras las tecnologías que se pongan en manos de los beneficiados. Se necesita incorporar de un modo natural a la vida cotidiana de la gente cada una de las ventajas que implica informatizar el país, lo cual ya está ocurriendo de manera informal, a través de las numerosas aplicaciones que todos los días se intercambian las personas en su accionar diario.

Dicho a modo de resumen: si queremos que la informatización en Cuba adquiera un perfil humanista, se requiere que pensemos ese proceso con un enfoque holístico, integrador. En teoría el uso de Internet y otros recursos se ha dispuesto por parte del Estado en función del impacto que pueda tener en lo social, y sin embargo, pocas veces el trabajo cultural (uno de los sectores más privilegiados) ha conseguido devolver una gestión que esté a la altura creativa que se espera, mientras que en las áreas de la educación pre-escolar y no universitaria, los profesores no disponen de esos recursos.

Los pasos iniciados en Camagüey con el Proyecto de Fomento de la Cultura Audiovisual “El Callejón de los Milagros”, demuestra que cuando la voluntad política asume esa visión sistémica, es posible pensar de modo no utópico en la construcción de una plataforma común de trabajo donde las áreas de cultura, educación y nuevas tecnologías se imbriquen de modo natural y eficiente.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el marzo 23, 2017 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

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