LA FELICIDAD EN LA ERA DE LAS LLAMADAS PERDIDAS

Mañana 20 de marzo se celebra, según la UNESCO, el Día Internacional de la Felicidad. Al igual que el Día Internacional de la Amistad (30 de julio) o el Día Internacional de la Tolerancia (16 de noviembre), estás jornadas oficiales pretenden llamar la atención sobre fenómenos cuya inobservancia nos afecta como individuos, aunque rara vez se examinan en la esfera pública de la misma manera que se reclaman ciertos derechos humanos vinculados a la libertad, por ejemplo.

El derecho a la felicidad, en términos políticos, pareciera que no tiene el mismo prestigio retórico que el derecho a la libertad, la igualdad y la fraternidad. Eso ha traído como consecuencia que nos parezca más atinado hablar de ella a partir de lo que veamos en las películas melodramáticas y las telenovelas, que en un foro donde se analizan los resultados de alguna gestión pública. De acuerdo a esa visión, los malas prácticas administrativas de los políticos, digamos, no nos hacen infelices, sino en todo caso inconformes con sus gestiones.

Acabo de ver La teoría sueca del amor (2016), excepcional documental de Erik Gandini (n. Bérgamo, Italia, 14 de agosto de 1967) que pone en tela de juicio esa tesis. La película toma como punto de partida el Manifiesto que hacia 1972 un grupo de políticos suecos propusieron como plataforma para desarrollar lo que se proponía conformara el paradigma de la nueva familia. En esa visión, el valor fundamental a defender era el de la independencia. Había llegado el momento”, nos notifican al inicio del documental, “de liberar a las mujeres de los hombres, liberar a los ancianos de sus hijos, liberar a los adolescentes de sus padres”.

En otras palabras: el Estado se propuso intervenir, a modo de ingeniero social, en la conformación de un escenario que, gracias a las condiciones económicas y sociales, propiciara la independencia de los individuos, y con ello, la posibilidad de construir un mundo personal en el cual los conflictos interpersonales se reducían al mínimo. Mirado desde ese ángulo, la felicidad se interpretaba como sinónimo de seguridad, autonomía, confort, y ausencia de conflictos.

El problema es que, como expresa uno de los entrevistados de lujo que tiene el documental, el recién fallecido sociólogo Zygmunt Bauman: “Es falso que la felicidad signifique una vida sin problemas. La vida feliz significa superar los problemas, resolver las dificultades, los desafíos… Uno se enfrenta a los desafíos, se pone bajo presión, y entonces llegas al momento de felicidad cuando veas que has controlado los retos del destino”.

Lamentablemente, se nos ha hecho hegemónica la imagen de la felicidad como el instante en que conseguimos poseerlo todo, y en paz. Como si de verdad el mundo dejara de ser alguna vez el surtidor interminable de conflictos que por naturaleza es, para ponerse en función de nuestras nobles aspiraciones de armonía colectiva.

Son bien duros esos momentos del documental donde descubrimos la suerte de personas adineradas que terminaron muriendo en la más terrible soledad: difícil encontrar una imagen más gráfica que el cadáver que se asegura permaneció dos años en un apartamento, sin que nadie le echara de menos (“Aquí”, se escucha decir al narrador, “no sólo la mitad de nosotros vive solo, uno de cada cuatro muere solo”). Y luego pone a pensar la manera en que el realizador establece los contrastes con el modo en que se relacionan los seres humanos en un precario lugar de África, allí donde un médico sueco ha decidido ejercer su profesión sin importarle las carencias.

Quisiera evitar el riesgo de que alguien interprete que contrapongo la felicidad de los ricos a la de los pobres. Eso sería reducir a dimensiones francamente absurdas lo que demanda miradas múltiples. Ninguna modalidad de pobreza puede garantizar la realización espiritual de los individuos, sobre todo si a estos apenas le queda como opción sobrevivir en el día a día.

Pero tampoco lo material nos asegura la dicha interior, que es donde se localizaría el sentimiento de que eres feliz porque has conseguido retener lo que es importante para ti. No en balde una gran cantidad de sabios han apuntado que siempre tendrá más posibilidades de ser feliz aquel que necesita menos cosas para serlo. O estaría la variable de la salud, por ejemplo, sin la cual difícilmente podría hablarse de felicidad, aunque se viva en medio de los lujos más impresionantes: pregúntele a un príncipe enfermo si no quisiera ocupar el lugar del mendigo saludable…

Hoy vivimos en una era de llamadas perdidas en el móvil, que muchas veces operan como mensajes lanzados al mar digital en una botella. La tecnología ha cambiado, seguro que para bien, pero seguimos siendo animales que persiguen a toda costa la felicidad, que es algo intangible y escurridizo. No sé hasta qué punto estos nuevos dispositivos han terminado por multiplicar lo que nombran la falacia de cambio, es decir, la tendencia a creer que nuestra felicidad personal depende únicamente de los cambios que los otros hagan, los cambios externos, olvidando que la búsqueda del camino que nos llevaría a esa sensación de plenitud interior es de absoluta responsabilidad nuestra.

Los cambios exteriores propiciados por el destino influyen, desde luego, pero somos nosotros mismos los que en el día a día diseñamos “nuestro pequeño gran mundo de felicidad”, aprendiendo a convivir con quienes nos rodean. Como apuntaba Benjamin Franklin: “La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días”.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el marzo 19, 2017 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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