SOBREVIVIENDO CON TITÓN

Hoy, a las once de la mañana, estaremos presentando en la Casa de las Américas El primer Titón (Editorial Oriente). Reitero mi agradecimiento a Mirtha Ibarra, Roberto Fernández Retamar, y Luciano Castillo, por acompañarme en el acto. Y comparto con los amigos estas ideas publicadas en Progreso Semanal, a propósito del libro. Gracias a todos por los comentarios y el apoyo.

JAGB

SOBREVIVIENDO CON TITÓN

Diciembre se suele asociar a las festividades que anuncian el tránsito de un año a otro. Pero para mí diciembre es el mes del cine. Quizás porque un 28 de diciembre los hermanos Lumiére presentaron al público, por vez primera, su cinematógrafo. Y sobre todo porque desde hace 38 años los cubanos nos damos cita en las salas oscuras, para disfrutar el banquete de imágenes y sonidos que por esas fechas nos prodiga el Festival de Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana.

A ese evento asistí el año pasado. Fui con la certeza de que, como siempre, se me quedarían un montón de filmes por ver. Ya no soy el joven que hace treinta años veía en el día seis o siete películas. Ahora soy más selectivo, y persigo las cintas que previamente he anotado en mi pequeña libreta de apuntes, ya sea por la repercusión internacional obtenida, o al contrario, porque el festival es el único lugar donde sabemos podremos ver ese filme que no puede competir según las reglas del más feroz mercado.

Pero están también las películas que uno puede apreciar en esos ciclos especiales que nos ponen de modo insospechado ante lo inédito. Fue el caso de ese grupo de clásicos cubanos restaurados. Hablo de Retrato de Teresa (1978), de Pastor Vega, trabajada por Labodigital (México), Memorias del subdesarrollo (1968, The Film Foundation’s World Cinema Project, George Lucas Family Foundation y Laboratorio l’immagine Ritrovata de la Cineteca de Bologna), Una pelea cubana contra los demonios (1971) y Los sobrevivientes (1978), las dos últimas retocadas por el Archivo de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood.

Confieso que me asomé a la proyección de Los sobrevivientes por pura curiosidad. Me habían encargado presentarla en el cine junto al gran editor Nelson Rodríguez, y mi intención era ver apenas diez o doce minutos de la copia restaurada para luego desplazarme a toda prisa hacia el Yara, donde proyectarían uno de los acontecimientos fílmicos del año.

No pude. Como en El ángel exterminador, de Luis Buñuel, algo intangible me impedía levantarme del asiento. Yo he perdido la cuenta de las veces que he visto Los sobrevivientes, pero ahora, con este trabajo de restauración me daba la impresión que me asomaba por primera vez a ese universo claustrofóbico que Titón había diseñado en su momento.

Los sobrevivientes parece a ratos precisamente un homenaje a Luis Buñuel, cineasta por el que Titón había mostrado especial devoción. No sólo está el tema de “el encierro”, que puede recordarnos a El ángel exterminador, sino también ese humor negro que explota el grotesco, y que más que la carcajada fácil, busca la complicidad intelectual del espectador, el guiño crítico a una realidad que, sin embargo, no intenta desmontar a través de la confrontación unilateral, sino apelando a la dialéctica, a la exposición detallada de esos argumentos encontrados que van conformando a la vida como proceso paradójico y siempre dinámico.

En el momento de su estreno, una parte de la crítica cubana entendió que el filme cerraba “un ciclo de películas sobre nuestra historia”, a lo que se añadía el hecho de que Alea insistiera (como en Memorias del subdesarrollo) en asomarse al universo burgués, confrontando los valores sociales de ese grupo social vencido con los impuestos por la Revolución. Pero Los sobrevivientes es mucho más que eso: en verdad es una fábula implacable que se interna en los vericuetos existenciales de la convivencia humana, sin que importe la nacionalidad de aquellos que se han agrupado alrededor de un cabeza de familia, ni la época.

Desde luego que Alea estaba pensando en la Cuba que vivía, y en ese singular experimento llamado “socialismo cubano”. Pero afirmar que la mirada de Titón apenas se mostraba interesada en describir la descomposición de la clase burguesa en la isla post-revolucionaria sería empobrecer un propósito que, justo con su obra precedente, el cineasta se había encargado de hacer cada vez más complejo, más ambicioso en términos de pensamiento. No era en realidad “el pasado” lo que le importaba entonces a Gutiérrez Alea, sino precisamente “un presente y un futuro” donde los peligros que supondrá siempre el aislamiento, iban mutilando la posibilidad de enriquecer las ideas propias.

De alguna manera, esta inquietud era justo la que había animado el discurso de Una pelea cubana contra los demonios, si bien allá la estructura narrativa entorpeció en gran parte la comunicación con su público. Ahora, en cambio, Titón apelaba a un planteamiento dramático transparente. Le interesaba que el espectador de inicio reconociera la atmósfera, se sintiera cómodo en un contexto realista, para que, de ese modo, la entronización de un clima progresivamente irracional y absurdo no fuese asumido como parte de un contrato inicial (el espectador que entra al cine renunciando a su incredulidad, pues sabe que le contarán una historia fantástica), sino que brotara del reconocimiento de lo desatinado allí en lo que a diario experimentamos, pero que nunca alcanzamos a observar críticamente.

En diciembre, cuando salí de ver Los sobrevivientes, una vez más quedé con la impresión de que Tomás Gutiérrez Alea, en verdad, era un intelectual que entre otras cosas hacía películas. Eso es realmente lo que distingue a su cine, y nos permite que sigamos hablando con él, pese a los veinte años que nos separan de su desaparición física.

Pienso que en Cuba estamos necesitados de escribir la historia intelectual del cine cubano. Al excelente trabajo que viene desempeñando la Cinemateca de Cuba con la restauración física de todos estos clásicos en peligro de desaparecer, debemos incorporar la investigación de los orígenes intelectuales de la práctica, la cual habría que ver inevitablemente unida a las complejidades de la sociedad examinada con perspectiva de conjunto.

Algo de eso es lo que he querido hacer con “El primer Titón”, un libro donde lo que importa no es tanto la exaltación del individuo que soñaba con ser cineasta y lo logró, como el estudio de su formación intelectual. Y si, como advertía Jean Paul, los libros son voluminosas cartas a los amigos, este (con sus virtudes y limitaciones, que son las mías) no se salva de ese afán de contribuir al foro perenne que discute sobre lo que somos y lo que queremos ser.

Es una carta enviada a Titón que ojalá mañana respondan o enriquezcan otros amigos que vendrán, sin importar que ya no estemos físicamente. Los libros, las películas agudas, serán el mejor refugio para sobrevivir de un modo diferente.

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Publicado el febrero 13, 2017 en TOMÁS GUTIÉRREZ ALEA. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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