TITÓN EN CASA DE LAS AMÉRICAS

En un rato salgo hacia La Habana con el fin de presentar “El primer Titón” (Editorial Oriente, 2016) en la Casa de las Américas. El hecho de estar acompañado en la mel-primer-titon-en-casaesa por Mirtha Ibarra, Roberto Fernández Retamar, y Luciano Castillo, mitiga un poco la intranquilidad que siempre implica someter al juicio público nuestras ideas.

Este es un libro sobre la formación intelectual del Titón que más tarde llegaría a ser cineasta. Pero es sobre todo un libro sobre la amistad fundadora, la que aglutina e irradia al mismo tiempo. La que aprovecha la diversidad para fomentar lo creativo.

Siento gran admiración por ese grupo de jóvenes que se atrevieron a imaginar una nación que estuviese a la altura soñada en su momento por Martí. Una nación que dejara a un lado el simple existir, para proponerse, a lo Mañach, “la querencia colectiva”.

Por eso este es un libro también sobre Germán Puig, Ricardo Vigón, Néstor Almendros, Julio García-Espinosa, Alfredo Guevara, Guillermo Cabrera Infante, Roberto Fernández Retamar, entre otros con los cuales Gutiérrez Alea se fue relacionando en los años anteriores a 1959. Y más que una biografía, es un conjunto de preguntas vinculadas a la responsabilidad pública del intelectual.

Comparto con los amigos del blog un fragmento del prólogo de “El primer Titón”.

Juan Antonio García Borrero

EL PRIMER TITÓN (Fragmento)

“Porque, no se dude, toda vida es secreto y jeroglífico.

De aquí que la biografía sea siempre un albur de la intuición.

No hay método seguro para acertar con la clave arcana

de una existencia ajena”.

José Ortega y Gasset

Si nos guiáramos por la cantidad de libros y artículos que se han escrito a propósito de la obra del cineasta Tomás Gutiérrez-Alea, tendríamos que llegar a la conclusión que se trata del cineasta más relevante de la cinematografía cubana.

Ningún otro realizador nacido en la isla ha recibido tanta atención por parte de críticos, ensayistas, académicos de las más diversas latitudes. Sus películas han sido examinadas desde los más insospechados ángulos, y pareciera que a estas alturas ya nada nuevo queda por apreciar en ellas. Y, sin embargo, llama la atención la carencia de estudios que indaguen en su formación pre-revolucionaria, dado que apenas se toma en cuenta lo sucedido a partir de 1959, ubicando el kilómetro cero de toda su carrera en el filme Historias de la Revolución (1960).

En tal sentido, el texto más extenso sobre esta primera parte de su vida se la deberíamos al propio Gutiérrez-Alea, quien en algún segmento del mismo comenta:

“Claro que no siempre fui cineasta. Mucho antes, desde niño, había mostrado vocación por la pintura, por la música y por la poesía, sucesivamente. En ninguno de los tres campos resulté ser muy brillante. Sin embargo, no podía renunciar a ninguno de ellos. Por otra parte, también me atraían los problemas de la técnica y los trucos de magia. Ya era demasiado. Un buen día (no recuerdo cuándo sucedió) se me hizo evidente que el cine resumía todas mis inclinaciones. A partir de entonces se convirtió en algo muy grande para mí. Asistía regularmente a las distintas tandas (entonces había lo que llamaban matinée, los domingos y solían exhibir diariamente dos películas, un noticiero, un documental, un episodio y los “avances” de los próximos estrenos), no sólo para quedar fascinado por tal despliegue de imaginación y fantasía, sino también para tratar de entender por qué todo aquello me resultaba tan fascinante”.[1]

Las páginas que siguen también intentan entender el modo en que se fue conformando en este cineasta una vocación artística, pero también, una actitud intelectual. Por eso en esta indagación lo que piensa Gutiérrez-Alea de sí y de su época, será apenas el pretexto que nos permitirá sumergirnos en un universo más complejo donde los afectos (encarnados en este caso en un grupo de amigos que desde finales de la década del cuarenta se empeñan en hacer cine en Cuba) movilizarán a los individuos en función de determinada práctica cultural.

Esto es algo (el mundo afectivo) que también suele ignorarse en los estudios desarrollados alrededor de las películas y los autores. Por lo general toda la atención del experto se dirige hacia la obra en sí, como si esta gozara de una autonomía tal, que las explicaciones de su existencia pueden encontrarse dentro de ella en su totalidad. Sin embargo, ya nos lo advertía Sapir: “No podemos comprender totalmente la dinámica de la cultura, de la sociedad, de la historia, sin tener en cuenta antes o después, las relaciones reales entre los seres humanos”. A su vez, esas relaciones reales entre los seres humanos estará filtrada por la disposición afectiva, categoría existencial que, según Heidegger en Ser y tiempo jugaría un papel fundamental en el modo en que los individuos descubren el mundo, si bien el fetichismo de la razón como modo de explicar el resultado de nuestras acciones, tiende a enmascarar y mantener en el trasfondo el perfil afectivo de las mismas.

Veamos si no lo que el propio Alea expone en este texto donde aborda la etapa en que aún no era el cineasta. Todo lo que dice allí, de modo general, es cierto, pero faltaría explicar de qué manera lo que en un principio parecía apenas un sueño individual, terminó convirtiéndose en esa enorme realidad a la que alude cuando dice: “Y no sólo haríamos películas, sino que al cabo de pocos años tendríamos una cinematografía, todo un movimiento del que muy pronto íbamos a poder sentirnos orgullosos”.

La evocación de Titón demanda que el investigador intente adjudicarle rostros y nombres concretos a esa circunstancia que Gutiérrez Alea describe muy bien de modo genérico, pero que en verdad, carecería de relevancia historiográfica si no logramos localizar los intereses puntuales que movilizaron que la vocación del futuro cineasta se inclinara en esa dirección. Por mucho talento que exista en un hombre, resulta imposible que este alcance su consagración si en su formación no hubiese existido un medio que propiciara el crecimiento, o al menos, el despegue espiritual.

La tesis de este libro es que la consolidación de esa cinematografía, de ese movimiento, solo fue posible porque un grupo de cinéfilos se empeñaron en soñarla en medio de la total indiferencia colectiva. Aunque no existía una tradición cinematográfica en Cuba, el ICAIC no surgió de la nada, sino de los desvelos intelectuales de un conjunto de individuos que al llegar la revolución de 1959, ya había preparado el camino para que se tomase en serio al cine como asunto público del cual el Estado debía encargarse. Podría decirse que aquí también se confirmó aquella tesis anotada alguna vez por Hegel: “El trabajo teorético realiza más cosas en el mundo que el práctico; si se consigue revolucionar el reino de las representaciones, la realidad no se puede resistir”.

Tener en cuenta esto introduce algunos matices en la concepción que hasta ahora tenemos del origen del ICAIC. Es decir, por supuesto que no cambiará la evidencia histórica de que fue la primera institución cultural creada gracias al gobierno revolucionario, pero al mirar ese surgimiento como parte de las ansiedades de un grupo de amigos que soñaban al cine como arte, contribuiremos a poner en su lugar el nombre de algunos que la posterior politización de la historiografía vinculada al cine cubano revolucionario, omitirá de sus relatos. Esto se nota en el propio texto de Titón, donde salen a relucir los cortos filmados para el PSP, por ejemplo, pero se prescinden de los nombres propios, especialmente el de Néstor Almendros, o quedan en las sombras las contribuciones en esa formación colectiva de personas como Germán Puig o Ricardo Vigón, a cargo de la primera Cinemateca de Cuba, o Guillermo Cabrera Infante, como el representante de la crítica de cine dentro del grupo.

 

 

 

[1] Alea, una retrospectiva crítica (Selección, prólogo y notas de Ambrosio Fornet). “No siempre fui cineasta”. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1998, pp 16-17.

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Publicado el febrero 11, 2017 en LIBROS SOBRE CINE CUBANO, TOMÁS GUTIÉRREZ ALEA. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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