MARTÍ

Desde hace mucho tiempo, José Martí se nos ha convertido en el aire que respira la nación. Quizás, como sugiere el documental Héroe de culto, de Ernesto Sánchez,ya no lo veamos todo el tiempo (como no vemos el oxígeno que a diario respiramos), pero permanece allí, modelando nuestras más anheladas metas públicas.

El Martí que yo más admiro sigue siendo el que soñó una nación para todos los cubanos. El que habló de la fraternidad como uno de los presupuestos imprescindibles a la hora de construir proyectos de altura. El que apuntó que “la fraternidad no es una concesión, es un deber”.

Su proyecto de nación cubana todavía está lejos de haberse conseguido. Es lógico. Martí nos propuso no solo la revolución que garantizara la independencia política de los cubanos. Nos habló también de una revolución cívica, una revolución del individuo que somos.

Jorge Mañach, que fue uno de sus grandes estudiosos, allá por los años cincuenta escribía: “Yo creo que uno de los males de Cuba es que tendemos demasiado a ver las cosas públicas en función de la política. Se reducen los problemas a simples conflictos de partidos o de gobiernos y oposiciones… Nuestros problemas vienen de más abajo y de más hondo. Nacen en la raíz misma de la ciudadanía

Esa reflexión, a mi juicio, tiene una inspiración esencialmente martiana. “Ser ciudadano de república es cosa difícil”, anotaba en su época Martí, y añadía, “y es precioso ensayarse en ella desde la niñez”. A partir de esas observaciones, muchas veces me he preguntado si tenemos claro el concepto de ciudadano que defendía Martí.

En lo personal creo que Martí defendió, con el precio de su vida, el paradigma de un ciudadano que no perdía de vista los intereses de la comunidad a la cual pertenecía. Que no traicionaba el deber de la fraternidad. Y que sentía el ejercicio de pensar por cabeza propia como otra obligación.

A mi juicio siempre será poco todo lo que hagamos por resaltar la excepcionalidad de José Martí. Sin embargo, debemos estar atentos de que ese legítimo culto no nos lleve más bien a castrarlo, más en estos tiempos de creciente globalización del descreimiento en las políticas públicas. Sobre esos peligros también hablaba Mañach:

La primera es que debemos ya irnos cuidando un poco de no histerizar (no se me ocurre mejor palabra) el culto a Martí. Cierto que, como suele decirse, los pueblos necesitan ejemplos y aún mitos. Cierto que el nuestro los necesita como pocos por su tendencia a lo frívolo y por el trance formativo en que todavía se halla. Pero acaso una dramatización excesiva de esas necesidades pueda llevarnos más bien a las esterilidades de la superstición o al ridículo de la beatería continua, a una especie de embriaguez heromaníaca. Ya les he oído observaciones acerca de esto a varios eminentes extranjeros que nos han visitado”.

Martí fue un gran soñador con los pies bien plantados en la tierra. Las raíces de su pensamiento siguen allí, invictas, y lo que necesitamos es mostrarlas a ese sinnúmero de individuos que han optado por quedarse con los titulares de la vida, en vez de adentrarse en las complejidades de la existencia.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el enero 29, 2017 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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