EN MEMORIA DE AMADO DEL PINO

He empezado a escribir este post como tres veces. No me sale. La muerte inesperada de alguien que conocimos siempre es algo que nos impacta. Pero hay momentos en que el conocimiento de esa muerte, además de afectarnos en el ánimo, despierta un verdadero remolino de preguntas.

Con Amado del Pino ((Tamarindo, Camagüey, 1960- Madrid, 2017) no conversé todo lo que me hubiese gustado. Y sin embargo, siempre sentí una gran simpatía por él (extendida a Tania Cordero, su compañera). Muchas veces me he preguntado cómo es que puede nacer y mantenerse ese tipo de apego que no se nutre del roce cotidiano, o el intercambio sistemático de correos.

He aquí un misterio, como todo lo que es auténtico en este mundo. Sencillamente nos tropezamos con alguien alguna vez, y decidimos en silencio que será uno de nuestros compañeros de viaje en lo que nos toque de vida.

Muchas veces los escogidos no se enteran que viajan en ese tren de cercanías silenciosas. Al menos ocurre en mi caso, que tengo a mano la evocación diaria de un grupo de personas con las que converso. Interlocutores secretos, les llamo.

Amadito era uno de esos, y me fastidia no haberle dicho alguna vez que su intervención como actor en Clandestinos (1987), de Fernando Pérez,es de las cosas que menos he podido olvidar del cine cubano. No hablo solo de actuación en su dimensión técnica, sino de una presencia que se hace entrañable, que se convierte en algo recurrente.

No fue la única vez que este gran dramaturgo se vinculó al audiovisual, pues en 1988 volvió a participar como actor y coguionista en el corto de Enrique Colina El unicornio, basado en el cuento de Stanislav Stratiev “Una mañana”. Y en 2012 Charlie Medina dirigió Penumbras, versión fílmica de la obra “Penumbra en el noveno cuarto”.

Y luego estaban esas crónicas hermosas que escribía, donde usaba una prosa que nos invitaba a seguir el hecho artístico, a descubrirlo desde la perspectiva más humana. Ya dije que su aparición en Clandestinos fue algo que me marcó. Pero es que por esas mismas fechas descubrí en el diario Juventud Rebelde su artículo sobre La Bella del Alhambra (1989), de Enrique Pineda Barnet, y quedé prendado de ese modo límpido de escribir y comunicar las ideas. Cito apenas un fragmento de aquel texto:

“Pineda Barnet nos ha dado una gratísima sorpresa en una película muy bien facturada en todos sus elementos; pero que concede protagonismo al talento del actor. Mucho se hablará de la encantadora Rachel de Beatriz Valdés, tal vez esta y las venideras generaciones le pongan a su figura y encanto el misterioso rostro de la legendaria artista de la que se enamoraron, allá en la adolescencia, los abuelos”.

Con la muerte de Amado del Pino hemos perdido a uno de los hombres que más amó públicamente a la cultura cubana. Otro día triste para nuestra cultura.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el enero 24, 2017 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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