EL CALLEJÓN DE LOS MILAGROS: ¿Y AHORA QUÉ VIENE?

La reciente inauguración en Camagüey del Proyecto de Fomento de la Cultura Audiovisual “El Callejón de los Milagros”, como dijimos ese día, fue la primera piedra de un sueño que es ahora que comienza a configurarse.

Es importante lo que hasta aquí ha sucedido, porque ya no solamente contamos con los espacios (un Paseo Temático del Cine que faltaría identificar en lo público), sino también con una red Wifi local que nos permite poner en las manos de los usuarios, de un modo gratuito, aquellos contenidos que entendamos puedan ayudar a que el proyecto educativo y de alfabetización informacional se convierta en algo eficiente y eficaz. Pero nada de esto podrá prosperar si no pasamos a esa segunda etapa en la cual nos encargamos de formar las comunidades de usuarios, y los invitamos a hacer un uso creativo de esas herramientas.

En mi época de estudiante, los profesores impartían las clases, y al final orientaban la consulta de un grupo de libros que uno debía buscar en las bibliotecas. Allí, los bibliotecarios nos enseñaban a utilizar los catálogos. Aprendíamos a investigar de acuerdo a la materia, a los autores, a los títulos. Ahora las nuevas generaciones, al menos en Camagüey, entienden que ir a una biblioteca pública no es tan necesario, ya que tienen al alcance de sus manos una Wikipedia, una Ecured, o una Encarta.

Pero esto, obviamente, es una espada de doble filo, pues la alfabetización general muchas veces funciona sobre la base de una simplificación cultural o espiritual: porque se puede leer y escribir a la perfección, pero ello no garantiza que seamos más profundos, más sabios, y más críticos con la información que ponen en nuestras manos.

Lo mismo pasaría con el uso generalizado de los nuevos dispositivos tecnológicos. La mayoría de ellos están diseñados para que lo emplee cualquier individuo, incluso sin instrucción, pero eso, que parece la solución, es al mismo tiempo el gran problema, en tanto se desestimula la actitud crítica (pensante). Es necesario, en esos casos, garantizar una suerte de escenario cultural donde la actitud de sospecha y uso creativo se convierta en el camino a perseguir, y no en una opción que se le deja a la gente que está usando el artefacto.

Claro, intentar aprender en medio de una época que ha hecho del verbo “compartir” su lema también tiene su precio y sus peligros. Sobre todo en términos legales, en tanto el espíritu de muchas de las leyes vigentes relativas a la propiedad intelectual, estaría respondiendo a un escenario que en la práctica ya no existe. Como apuntaba Nicholas Negroponte allá por los noventa en su libro Ser digital:

Thomas Jefferson inventó el concepto de las bibliotecas e implantó el derecho a consultar un libro sin coste alguno. Pero nunca pensó en la posibilidad de que 20 millones de personas tuvieran acceso a una biblioteca digital que funcionara de forma electrónica y donde se pudiera obtener información de manera gratuita. La transformación de átomos a bits es irrevocable e imparable”.

Para países como Cuba, cuyo acceso a la información (que es la base del conocimiento y el desarrollo) ha conocido de tantos obstáculos, una época como la que vivimos ahora resulta una bendición. Millones de libros, artículos, revistas, están al alcance del que vive en La Habana, en Camagüey, o en Baracoa. Profesores y estudiantes de todas las edades pueden beneficiarse de lo que antes solo podía ser usado por aquellos con poder económico suficiente para ingresar a prestigiosas universidades del Primer Mundo.

La contradicción está en que en un mundo donde se dice que el conocimiento sirve para hacernos “más libres”, su uso no es en modo alguno libre. Ya no estamos hablando de los obstáculos que ponen aquellos gobiernos que deciden de modo arbitrario qué es lo que sus ciudadanos pueden o no leer, sino de leyes establecidas por un mercado que le asignará a la gente la posibilidad de leer o no, de acuerdo a los recursos económicos que tengan, recursos que serán los que definen si puedes pagar una conexión a Internet, por ejemplo.

Obviamente, en el caso de los cubanos serían muy pocos, por el momento, los que puedan tener derecho a aprender por esa vía donde se exige este tipo de desembolso: en lo personal, para poner un ejemplo cercano, si tengo cincuenta pesos en el bolsillo, es obvio que no los utilizaré para (durante una hora) descargar información en Internet, sino que los usaré para garantizar la comida que necesito en el día.

Sin embargo, hay que decir que dentro del sistema capitalista ya existen iniciativas que ponen a disposición de las personas los recursos de aprendizaje. Creo que nuestro proyecto (que no persigue el lucro, sino la educación de muchos) debería, en esta segunda etapa, dedicarse a localizar esos potenciales aliados estratégicos presentes en la red mundial, y que nos posibilitaría conectarnos de un modo legal a esas comunidades, grupos de investigación, proyectos académicos, etc, interesados en compartir saberes con los más desfavorecidos.

Además, con una Cuba post 17D, donde se supone que en algún momento todos los obstáculos legales que hoy existen para que operen las relaciones “normales” cederán ante el sentido común, es imprescindible que actualicemos nuestros saberes en este punto. Necesitamos aprender a ser “legales”, y también a desarrollar nuestros propios contenidos, apelando a esa cultura de redes que hoy en día promueve una economía informacional que cada vez depende más de la cooperación, la inter-actividad y la inter-creatividad.

Admito que mi visión del acceso libre al conocimiento no encaja con el paradigma dominante heredado de siglos anteriores. Llevamos en vena esa cultura que convierte a la propiedad intelectual en un fetiche intocable. Y entiendo que ahora mismo existan personas que viven de los ingresos que les puedan generar lo que crean para las diversas industrias que después monopolizan, con fines lucrativos, el conjunto de esas creaciones.

Por eso, dentro del proyecto, pensamos que el concepto de desarrollo endógeno sería tan o más importante que la adquisición pasiva de información o tecnología. Y creemos que tal vez lo más urgente sea comenzar a pensarlo desde la perspectiva de las humanidades digitales, que sería comenzar a potenciarlo con el mismo espíritu humanista que Tim Berners-Lee, en su momento, propició que hoy todos (ricos y pobres, letrados e iletrados, conectados y desconectados) asumamos el acceso a Internet como un derecho público.

Juan Antonio García Borrero

Publicado el noviembre 7, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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