REYNALDO MIRAVALLES IN MEMORIAM

Ha muerto uno de los grandes del cine cubano, y ahora mismo lo único que me da por hacer, es recuperar aquella entrevista que le hiciera la joven periodista Elizabeth Mirabal. Seguro escribo algo más adelante, cuando pueda organizar las ideas. Pero ahora no, ahora prefiero escucharlo, como si lo tuviéramos todavía vivo, frente a nosotros.

Miravalles

Por Elizabeth Mirabal

Reynaldo Miravalles está en Cuba. Vino porque supo que exhibían Cercanía, de Rolando Díaz y quiso presenciar ese estreno. Además, como él mismo confiesa, así su esposa Nena y él pueden ver a sus hijas, sus nietos y bisnietos. Ha salido a caminar por los alrededores de 23 y 12, no sin escuchar comentarios muy graciosos («Mira como se parece a Melesio Capote ese hombre»). A los ochenta y siete años, sus seis pies y tres pulgadas continúan causando la extraña incertidumbre de no saber si estamos ante un deportista olímpico o el actor memorable de una veintena de películas. Al principio, advirtió por teléfono que las preguntas sobre política no las respondía. Y yo le dije que no, que iban a ser sobre su carrera como actor. Cuando me vio llegar, confió: «Pero si eres un muchacha».Ya sólo restaba divertirse.

—¿Qué recuerda de la preparación para su primer personaje en el cine, en Historias de la Revolución?

—Había empezado en la televisión desde 1951, es decir, tenía casi diez años de experiencia y había obtenido varios premios de actuación. Titón hizo un casting y me dio un papel en El herido, uno de los tres cuentos de la película. Yo no sabía como actuaba, no me había visto nunca, porque antes no existía el video. Recibía los elogios, pero no sabía si lo estaba haciendo bien o mal. El director de fotografía de Historias… era uno de los grandes del cine italiano, Otello Martelli. Yo fui a verme en rushes. Aparecía poco, pero pensaba que estaba bien. De pronto, me tocaron por detrás y era Martelli para decirme: «Muy buena su representación», pero en italiano: «Molto bene».Y si ese hombre me daba ese criterio, pues era feliz.

—¿A qué atribuye que tres frases de Cheíto León figuren entre las diez más recordadas del cine cubano?

—Los diálogos se construyen en un buró. Pueden estar bien, pero siempre sugieren algo. Y yo improviso. Claro, hay que tener la conciencia de que no siempre lo que se improvisa es bueno. En ocasiones, es una bobería o no sirve. En El hombre…, Cheíto León está tratando de sacarle a Alberto Delgado que él es del G2. Lo llamo, empezamos a conversar, pero él es mi enemigo. Están haciendo café y yo mando a que le den. Él toma y dice: «Buen café». Y yo le contesto: «Especiaaal pa los amigos». Eso es una estocada. Frases así se han quedado, y algunas son producto de la improvisación. He tenido suerte. Quizás es casualidad. El papel que me había dado Manolo Pérez no era el de Cheíto León, sino El Carretero, que políticamente tenía más connotación, pero como personaje dentro de la película estaba mal colocado con dos o tres escenas por la mitad del film. Pasaba el metraje y lo que había hecho, la historia se lo comía. En el Escambray no pagaban. Yo perdí una camisa y un par de botas, una camisa mía y un par de botas que me dieron y me robaron. Seguí leyendo y al final apareció Cheíto León, un pequeño papel, pero de más actividad. Le dije a Manolo: «Mira, el que tú me das, a mí no me interesa. Ahora, si me dejas Cheíto León, yo me voy a pasar hambre allá al Escambray». Al día siguiente me dijo que sí. Cuando la redacción del diálogo de mi personaje no se acomodaba a su carácter, yo hablaba con él para ver si era posible recomponerlo. No pedía nada para destacarme, sino para arreglar al personaje.

—¿Qué podría revelarnos de su experiencia en El misterio Galíndez? ¿Le fue bien compartiendo la escena con Harvey Keitel?

—Esa película está hecha en inglés y español. Gerardo Herrero, el director, vino aquí para buscar un actor cubano de unos setenta años que supiera inglés, pero no lo encontró. Le pusieron unos rushes, me vio y dijo que ese era el actor que quería. Le dijeron: «Pero ese no está aquí». Livia, una productora, le dio el teléfono de mi hija y él me llamó de España. Me preguntó si sabía inglés y le dije que sí, pensando que realmente yo sabía. Fui a Canadá a ensayar con la actriz Saffron Burrows, y cuando me escucharon, una asistente de dirección inglesa aseguró que no me entendía una palabra. Se me cayó la cara de vergüenza. Ante esa catástrofe, Herrero decidió que si yo era cubano y hablaba español, y la protagonista hablaba en el mismo idioma con los dominicanos, ella podía hacerlo también en mi caso. Cambió las escenas en inglés con Burrows para el español y eso me ayudó. Pero luego, me tradujeron todos esos fragmentos con una sintaxis castiza. Y eso no daba naturalidad, porque soy cubano, no español y mis acentuaciones son distintas. Le dije al director: «Esto que tú me has dado aquí es un caldo gallego. Voy a respetar palabra por palabra de los diálogos, pero las frases las voy a fabricar yo como cubano».Él me lo permitió, me senté con la esposa de mi hijo en la computadora y comencé a dictarle, a decir lo mismo, pero como cubano. Cuando llegó mi parte en inglés, me pusieron un coach de acento. Yo sabía pronunciar, pero mal. Es una lengua con sutilezas, con conexiones necesarias. Se habla en bloques de sonido. Fui para Miami. Faltaban quince días para la próxima prueba, y le pedí a un amigo que me consiguiera un profesor de fonética. Me propuso a un muchacho cubano, actor también, que fue de niño para los Estados Unidos y que se dedicaba a eso. Escuchó mis parlamentos y me advirtió que ni malanga me iban a entender si hablaba así. Me grabó todos los diálogos, y me aseguró que si me los aprendía, no tendría ningún problema. Dormía menos de tres horas en el día. Escuchaba la grabación, la practicaba sin cesar. Cuando el profesor me escuchó, le pareció bien. Entonces fue que respiré. El día de la prueba, se sentaron conmigo el director, la asistente de dirección y el coach de acento. Empecé a hablar y cuando miré a la asistente, estaba boquiabierta. Repetía: «Perfecto, perfecto». Después, muchos calificaban a mi personaje como un success.

—¿Qué le inspiró a protagonizar Cercanía?

—Se hizo a muy bajo costo, pero me gustó la historia que contaba. Filmábamos durante doce horas todos los días. Cuando único descansábamos era el domingo y terminamos en mes y medio. A los cubanos les gusta la película. Recrea una situación muy propia de los viejos en Estados Unidos. A los ancianos se les relega. La mayoría de la gente mayor va y tiene que hacer locuras para poder vivir. Tengo situaciones muy graciosas y algunas que lo son menos en el film. Ahora, soy toda la película, no por el éxito, sino porque aparezco desde el principio hasta el final, siempre estoy en escena, y eso no es muy beneficioso. El espectador se cansa de esa imagen que se repite. La película tiene noventa y tres llamados, y sólo no estoy en tres. Rolando y yo somos íntimos amigos, trabajé con él en su primera película Los pájaros tirándole a la escopeta y estoy aquí precisamente porque se va a proyectar Cercanía y no sé si con mi presencia puedo ayudarlo en algo. Así veo a mis hijas, nietos y bisnietos.

—¿Cómo es ahora un día en la vida de Miravalles?

—Tranquilo. Ahora estoy aprendiendo más inglés. Me entretengo haciendo artesanías que le regalo a los amigos y la familia. Es muy difícil cuando se llega a viejo trabajar en la actuación. A no ser que el personaje que te ofrezcan sea el de un anciano y este tenga importancia. Estoy retirado. Ya tengo muchos años: ochenta y siete. No es bobería. Estoy bien, pero a veces me falla el trineo (Se señala la cabeza).Es mejor aquí en un sentido, porque yo soy cubano, pero la vida me resulta más fácil allá.

—¿Está de acuerdo con quienes aseguran que es una leyenda del cine cubano?

—Me río cuando me dicen que soy una leyenda. Lo que sí es cierto es que posiblemente he trabajado más que nadie.

Publicado el noviembre 1, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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