LO QUE EL CINE SE LLEVÓ

La prosa elegante del laureado escritor Roberto Méndez en este artículo donde observa que, entre cubanos “cada vez se hace más remoto el ritual de ir al cine”, ha conseguido traer a mi mente lo que Quentin Tarantino afirmara hace poco: “Con el formato digital, el cine como yo lo conocía está muerto. Se ha convertido en ver la televisión en público, y si tengo una gran pantalla en casa no veo por qué debería hacerlo”.

Pero Tarantino sigue haciendo películas que uno sabe que si de verdad quiere creer que las ha visto, las tiene que apreciar en la pantalla inmensa de un cine. Porque el cine no es solo tamaño de una pantalla. Y todavía hay un público que consigue distinguir la experiencia única de ver las películas en una sala oscura, rodeados de otros que van construyendo en medio de un silencio compartido, eso que al final será lo que verdaderamente trasciende: no las películas en sí, sino el recuerdo que de ellas tenemos.

La evocación poética de Méndez, en este caso hablándonos de aquellos documentales cubanos exhibidos junto a los largometrajes que cada semana se estrenaban, es un buen ejemplo de lo anterior. Nuestra memoria colectiva (la memoria de los de mi generación), en buena medida fue modelada a partir de lo que cada semana encontrábamos en pantalla a través de los noticieros y los documentales.

Yo no sé qué va a pasar en realidad con los nuevos espectadores. Hace poco puse por escrito algunas ideas en un texto que titulé ¿Para qué servirán los cines en un futuro?, pero obviamente se trata de una apreciación personal, demasiado filtrada por la cinefilia que en el fondo siempre está movilizando mi horizonte más personal de expectativas.

Pero más allá de lo que pensemos como individuos, de lo que añoremos de una época que uno sabe no tiene derecho a volver, la realidad profunda sigue siendo tozuda a la hora de mostrarnos a un público que en el fondo no ha renunciado a que le cuenten historias, en espacios donde puedan estar físicamente en contacto con los otros.

Claro, esa realidad que perdura en el trasfondo no nos exonera del deber de ser imaginativos en la promoción de aquellos contenidos (para el caso, el nuevo documental cubano), que sabemos corren el peligro de morir ante la indiferencia que acompaña a un mercado al que solo le importa lo que vende.

Juan Antonio García Borrero

PD: Comparto con los lectores del blog el hermoso texto de Roberto Méndez para IPS.

¿VOLVER AL REX CINEMA?

Para cubanas y cubanos cada vez se hace más remoto el ritual de ir al cine.

Por Roberto Méndez Martínez 18 octubre, 2016

Las salas de cine agonizan. Muchas han cerrado sus puertas. Otras, por razones de economía, reducen sus tandas al mínimo. El cinéfilo, esa especie imbatible, tiene que refugiarse en pequeños clubes o en la intimidad de su casa. La mayoría de las personas no se inquietan por tales signos, es mejor llevar al hogar en el bolsillo el disco duro con el “paquete semanal” que los libra a la vez de la grisura televisiva, de los azares del transporte urbano y de la molestia de ciertas salas de exhibición con aires acondicionados rotos, butacas claudicantes y horarios inciertos.

De ese modo cada vez se hace más remoto el ritual de ir al cine, pero a la vez, se golpea a un género particular: el documental cubano, que pierde así el espacio privilegiado para mostrarse a los espectadores cautivos. Aunque la televisión nacional tiene algunos programas en que exhibe cortometrajes insulares: Arte 7, De cierta manera, Pantalla documental, aquellos que no asisten a eventos especializados como la Muestra de jóvenes realizadores o El Almacén de la imagen, van divorciándose de la evolución de un género que ha tenido relieve particular en el cine cubano, sea la serie completa de los Noticieros ICAIC dirigidos por Santiago Álvarez como piezas independientes muy diversas: El arte del tabaco, Vaqueros del Cauto, La herrería de Sirique.

Entre mis recuerdos más lejanos, allá por 1964 —yo era alumno del nivel preescolar— está la llegada del cine móvil a mi escuela para una proyección especial. Puedo evocar el calor y la oscuridad en aquel salón en el que se aglomeraba todo el alumnado del centro, con la vista fija en una pantalla que me pareció enorme y donde comenzó a proyectarse un Noticiero que no sé por qué me empeño en recordar “a color”. Allí aparecían Fidel y Nikita Kruschov, saludando a unas masas entusiasmadas. ¿Era realmente Kruschov? ¿Quién sabe? Ignoro qué filme era el plato fuerte de aquella sesión. Lo demás de la jornada se me ha disuelto en la memoria.

En aquellos tiempos una tanda cinematográfica era mucho más extensa que hoy día, además del largometraje principal se exhibía el Noticiero, un documental y algún dibujo animado. Recuerdo que, a veces, quien iba a llevarme al cine trataba de averiguar la hora exacta de comenzar la película para prescindir de las otras proyecciones, pero yo no aceptaba perderme el animado —aquellas ya maltrechas cintas de Porky Pig o El Pájaro Loco, que casi siempre habían perdido el final— por lo que, gustárale o no, mi eventual acompañante debía asistir a toda la sesión.

Quizá hoy no se recuerdan tanto los buenos documentales cubanos debido a las características singulares de su exhibición: siempre estaban subordinados a un largometraje absolutamente ajeno a ellos. Por otra parte, el público no los elegía: la gente decidía ir al cine a ver El tulipán negro, Cartouche, El hombre de Río o Dios y el diablo en la tierra del sol. Eso era lo que anunciaban los carteles, las fotografías y hasta las hojas amarillentas que se distribuían gratuitamente con la programación de la semana. Lo demás era relleno, de modo que no era extraño que algunos fumaran en el vestíbulo hasta que fuera a comenzar el filme, o miraran distraídamente a la pantalla, pues habían pagado para ver “lo otro”. A veces, algunos armaban verdaderos escándalos en la sala oscura y reclamaban al proyeccionista que cortara “eso” y pusiera ya la película, aunque tal cosa raramente sucedía, pues era obligatorio el cumplimiento de toda la programación.

Sólo unos pocos, entre ellos yo, que por ser niño no tenía prejuicios, podíamos abandonarnos a la curiosidad de la oferta de cortometrajes. Muchos de ellos se han disuelto en mi memoria, de otros me quedan retazos. A varios los he podido identificar años después, gracias al crítico e investigador Juan Antonio García Borrero, quien publicó en su blog una lista de la producción cinematográfica en Cuba durante la década del 60.

Por ejemplo, recuerdo la impresión que me hiciera una pieza de Octavio Cortázar que no he vuelto a ver: Acerca de un personaje que algunos llaman San Lázaro y otros llaman Babalú destinado a explicar de modo más o menos didáctico esa sincretizada devoción cristiana. Tanto el fragmento que toma de un viejo filme en el que aparece la resurrección del Lázaro evangélico, como la entrevista al padre Carlos Manuel de Céspedes, por aquellos tiempos rector del Seminario de San Carlos, en años en que los miembros del clero eran prácticamente invisibles en el espacio público, marcaron mi sensibilidad de niño católico y a la vez me hicieron formularme preguntas sobre eso misterioso y que no podía definir, la llamada “religiosidad popular”, algo que todavía me inquieta.

Confieso que ciertas piezas me sugestionaron por su brevedad y elocuencia, como sucede con dos obras de Santiago Álvarez: Ciclón de 1963 y la paradigmática Now de 1965. En ciertos casos, el tema me interesaba porque venía a completar lecturas o informaciones obtenidas de otro modo, así sucedió con María Cervantes de Roberto Fandiño, obra de la que no puedo recordar si era buena o mala pero que me ayudó a conocer a una figura cuyas interpretaciones yo había podido disfrutar gracias al programa televisivo Álbum de Cuba.

Un espacio especial reservo para esa pequeña joya que es Cuentos del Alhambra, creado en 1963 por Manuel Octavio Gómez —que vi un poco después— porque no sólo me ofreció una lección sobre aquel legendario templo del teatro vernáculo sino que me ayudó a configurar toda una imagen, más o menos mítica, de la Cuba de los años 20. Un poco más acá en el tiempo, ya estudiante universitario, después de revisitar este documental, escribí el poema “Una antigua vedette que lloraba” derivado de la patética imagen de Luz Gil, entrevistada en él, que incluí en Carta de relación, mi primer libro publicado.

En otros casos, mis recuerdos son más difusos. Confieso que me tomó décadas saber quién era Nicolás Guillén Landrián y apreciar —solo en una proyección académica— su siempre joven Coffea arábiga, pero tengo un lejano y gustoso recuerdo de otra de sus producciones: Retornar a Baracoa de 1966, mientras un extraño animado de Tulio Raggi: El poeta y la muñeca me produjo una singular sensación en la que se mezclaban la extrañeza y algo así como el descubrimiento de lo poético en la gran pantalla.

Los años 60 fueron los más generosos y audaces del documental cubano y sólo la posición subordinada del género hizo que se les viera como inferior a los largometrajes de ficción de la época. De hecho, poco a poco se van redescubriendo clásicos o se les mira con ojos nuevos, sea la Historia de un ballet de José Massip o esa singularísima Giselle de Enrique Pineda Barnet. No es extraño que en los propios archivos extranjeros salte a veces una liebre de estos años, como sucede con el documental cinético Cosmorama también de Pineda, cuyo carácter precursor nadie descubrió en el lejano 1964 y que hace unos años fue toda una revelación en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Todavía hay piezas que esperan volver a la luz, quizá, para sorprendernos, es el caso de Minerva traduce el mar, cortometraje de Humberto Solás y Oscar Valdés, realizado en 1962, para el que José Lezama Lima escribió especialmente un poema y del que nadie está seguro si alguna vez se expuso públicamente, pero que se espera poder localizar y exhibir alguna vez.

¿Por qué aquella etapa de curiosidad, experimentación y arte gratuito debió degenerar después en el didactismo chato y en la ramplonería visual? Quizá sea otra culpa del “quinquenio gris”. Sólo en los últimos años, de la mano de jóvenes realizadores, el documental vuelve a ser actual, innovador y hasta provocador.

Quizá porque ya cuento con más de cinco décadas de existencia, me parecen insuficientes los nuevos canales de distribución y sigo alimentando un viejo sueño, aunque todos me digan que es tan imposible como reabrir la librería del hotel Habana Libre o dar nueva vida al Carmelo de Calzada. ¿Alguna vez regresaremos al Rex Cinema o a algún espacio semejante donde se exhiban exclusivamente cortometrajes para ese público, quizá de élite pero fiel, que vuelve a disfrutar de un clásico cubano o extranjero o se sorprende con el descubrimiento de nuevos nombres? Confieso que me gustaría volver a entrar a aquella sala, cuyo olor todavía recuerdo y dejarme caer en una de sus confortables butacas para contemplar de nuevo Color cubano, Alicia o Mujer ante el espejo. Cada cual tiene sus sueños…

Publicado el octubre 25, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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