EL UNIVERSO AUDIOVISUAL DEL NIÑO Y LAS AULAS INTELIGENTES

Cuando un niño entra a un aula, lo primero que ve no es un aula: es un maestro. Y dependerá de ese maestro la suerte que finalmente tendrá el aula como espacio de aprendizaje en la mente de ese niño: esa aula será una cosa odiosa, aburrida, donde hay que permanecer contra la íntima voluntad del que aprende, mientras se memoriza lo que el maestro recita en letanía, o será un área donde los individuos descubren sus capacidades para resolver problemas, fortalecer sus modos de lidiar con las dificultades, y poner la creatividad individual en función de una creatividad colectiva.

Muchos de los niños que ahora llegan a esas aulas tienen una noción bastante clara de cómo funcionan los dispositivos inteligentes que abundan en nuestra cotidianeidad. Desde luego que no saben qué hay detrás de un Smartphone, ni detrás de esos videojuegos donde rápidamente uno se familiariza con la propuesta, y mucho menos sabrán hacer un uso creativo de los mismos, pero llegan a la escuela con la visión de un nativo digital que contempla la interactividad, lo hipertextual y lo conectivo, como componentes esenciales de su comportamiento diario.

En cambio, es posible que el maestro vea esos dispositivos y visiones como amenazas para un proceso de aprendizaje donde se supone que la concentración intelectual sea lo más importante: lejos de interpretar esa nueva coyuntura como una oportunidad para volver más amenas las clases que imparte, entenderá que se trata de un “ruido en el sistema”, una debilidad que debe ser suprimida.

Proponer una renovación de los métodos educativos tradicionales, pensando en términos digitales lo que hasta ahora se ha enfocado desde lo analógico, implicará muchísimas resistencias, críticas y objeciones. Y es que toda renovación educativa siempre ha sido polémica, y Cuba no ha estado exenta de los debates. Traigamos como ejemplo lo expuesto por el gran pedagogo español Herminio Almendros (padre del director de fotografía Néstor Almendros, y sepultado en Cuba en 1974, junto a Conrado Benítez, Manuel Ascunce Domenech, y otros mártires de la Campaña de Alfabetización) en su libro “La escuela Moderna ¿reacción o progreso?”(Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1985):

Los maestros, en general, se mantienen pendientes de los cursos de estudios, que acatan más en su letra que en su espíritu, con una sumisión que anula toda actitud crítica y estimadora, e impide, como consecuencia, la adaptación dinámica e inteligente. Muchos los tienen como única y definitiva fuente de información y de estudio, como si en ellos empezara y terminase toda inspiración y la sabiduría suma, bien así como en los libros sagrados se contiene la suprema verdad.

(…)

Los maestros de hoy, en general, dirigen la clase como la dirigían sus maestros, y a tientas van perpetuando y generalizando la tradición. Puede que alguien piense que esto es un bien; yo no; yo creo que es una lamentable realidad que necesariamente hay que salvar”.

Con el fin de evitar equívocos, aclaro que para mí los modernos “dispositivos inteligentes” por sí solo no garantizan que una clase sea más entretenida y, sobre todo, más útil. Y tampoco resultan imprescindibles para despertar la curiosidad intelectual del estudiante. Al contrario. Con demasiada gratitud conservo el recuerdo de varios maestros que marcaron mi formación primaria y secundaria de forma indeleble, apelando al rigor de lo que hacían y sabían, sin otro instrumento en las manos que la sabiduría a la hora de comunicarse con sus oyentes.

Todavía puedo verlos al frente del aula, convirtiendo aquel espacio donde nos reuníamos los alumnos, en escenarios que de pronto parecían prolongaciones de esa materia que abordaban. Con maestros así, no memorizábamos la Historia o la Literatura que después iban a evaluarnos, sino que “participábamos” en la construcción del conocimiento. Yo era muy pequeño para saberlo entonces, pero fue con uno de esos maestros que me introdujo por primera vez en “El reino de este mundo” que adquirí para siempre el virus, no de leer a Carpentier, sino de amar la cultura toda.

Hoy parece que los maestros las tienen difícil frente a una generación que es hija de la cultura audiovisual, y en nombre de ella, amenaza con sepultar el interés por la cultura literaria, la cual teníamos hasta hace poco como la madre de todas las expresiones del conocimiento que se puede compartir.

Porque entonces se podía saber, por ejemplo, poco de Literatura como especialidad, pero la promoción del saber puntual vinculado a las matemáticas, a la física, a la química o a la biología, se lograba a través de una práctica que todavía se define por escribir y leer libros capaces de enseñarnos las esencias del mundo. ¿Qué pasará ahora con el aprendizaje de estas nuevas generaciones, donde leer en el sentido tradicional parece demodé?, es decir, ¿qué pasaría ahora que el audiovisual concebido desde lo digital parece ser la matriz a partir de la cual se originan en edades tempranas todas las cosmovisiones que sostendrán las futuras convivencias?

Cuando pienso en estos asuntos, y sé que sorprendo a pocos con la confesión, viene de inmediato a mi mente Pablo Ramos, ese pequeño gran hombre que apropiándose desde temprano de la cultura de redes que hoy permea nuestras vidas, impulsaría la Red del Universo Audiovisual del Niño Latinoamericano (UNIAL). Si evoco el nombre de Pablito y la labor que desplegara a lo largo de buena parte de su vida, es porque me resulta paradójico advertir ese número creciente de nuestras alarmas alrededor de lo que viene sucediendo con el universo del niño en estos tiempos, proporcional a la indiferencia en que vive buena parte de su legado de reflexiones teóricas y agendas prácticas. ¿Cómo explicar esa contradicción?

Creo que ello es el resultado de esa triple insularidad de la que otras veces he hablado, donde los asuntos de la educación, la cultura y las tecnologías se asumen como áreas independientes o desconectadas entre sí. Pablo Ramos nos propuso una manera de pensar en el niño que suprimía esas “fronteras”, y lo asumía formando parte de un universo fluido, conectado, complejo, pero por ello mismo, enriquecedor. Mas, ¿hasta dónde sus observaciones han llegado a formar parte de las estrategias de nuestros educadores?

Por eso, si algo queremos priorizar en “El Callejón de los Milagros” de Camagüey, es precisamente la construcción de una plataforma que permita operar de un modo natural con los saberes pedagógicos, culturales, y tecnológicos. Pensado desde ese ángulo, el Paseo Temático del Cine podría convertirse en un “aula inteligente”, donde al conocimiento no se le encontraría ya hecho, sino que se tendría que construir en la misma medida en que las nuevas circunstancias (y las circunstancias siempre serán nuevas, inéditas) nos va exigiendo un rediseño permanente de esos conocimientos.

Hablamos, por ejemplo, de enseñarles a los niños y niñas a contar historias con tablets y teléfonos inteligentes, aprovechando la conexión que ellos ya tienen con la cultura audiovisual a la que aludíamos al principio. Pero a mi juicio ese aprendizaje estaría incompleto si los maestros de esos niños no se involucraran, a su vez, en la aventura de aprender lo nuevo.

Como puede verse, estamos hablando de asuntos que evidentemente demandarían una Política Pública (así, con mayúsculas), pues las instituciones culturales podrán tener las mejores intenciones en su voluntad de velar por las jerarquías que forman el gusto, pero eso importará poco si el Ministerio de Educación, que tiene su propio encargo, sus propias directrices, no asume de modo horizontal y sinérgico, a lo largo y ancho del país, la nueva visión.

Juan Antonio García Borrero

Publicado el octubre 11, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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