SOBRE EL DEBATE EN CUBA: RESPUESTAS A UN CUESTIONARIO

Hace unos tres meses, el equipo de Cuba Posible me hizo llegar un cuestionario, y hoy precisamente publican las respuestas. Las comparto con los amigos del blog.

TENEMOS UNA RESPONSABILIDAD PÚBLICA, UN DEBER CÍVICO: EL BUEN DEBATE DEBE SER LA REGLA Y NO LA EXCEPCIÓN

Cuba Posible

octubre 6, 2016

“Suelo medir la utilidad de los debates por las consecuencias que los mismos traen para la sociedad”. Eso dice Juan Antonio García Borrero a quienes leen Cuba Posible. Escritor, creador, crítico de cine e intelectual cubano, García Borrero da continuidad, en esta entrevista, a la reflexión sobre el debate en Cuba. Sus criterios nos conducen hacia un asunto medular: la necesidad de evaluar los debates en función de lo que ellos aporten a la construcción de prácticas democráticas e incluyentes, que puedan desplegarse allí donde los ciudadanos comunes luchan a diario. Fuera de las torres de cristal —donde se mira la sociedad desde lo alto— y lejos de cualquier desapego indiferente, Juan Antonio García Borrero sugiere la virtud del compromiso con Cuba para lograr algo que nos es definitivo: acordarnos de lo bueno que hemos logrado y luchar para que no se repita aquello que nos ha dañado.

¿En qué medida la política cubana actual identifica la necesidad del debate sistemático y público de nuestros problemas? ¿Escucha propuestas para solucionarlos?

De guiarnos por las declaraciones públicas de las principales figuras políticas que hoy ocupan los puestos de poder más importantes en el país, con el presidente Raúl Castro a la cabeza, pensar el futuro del socialismo cubano prescindiendo de los debates sistemáticos sería, sencillamente, un suicidio.

Los políticos cubanos nos han llamado a que ejerzamos el derecho al debate, el derecho al disenso, y en la práctica, gracias sobre todo a las nuevas tecnologías, ese debate está alcanzando una profundidad que 15 años atrás era sencillamente impensable. Sin embargo, donde siento que vivimos una fase de franco estancamiento, cuando no retroceso, es en la manera de articular esos debates tan fértiles en una esfera pública que sea inclusiva y transparente.

Y es que, en sentido general, seguimos pensando la cultura del debate desde la confrontación grupal, y no desde la negociación de las diferencias que conforman a la comunidad cubana entendida como nación, que es, a la larga, lo que nos permitiría seguir consolidando un proyecto social que piense en las mayorías, y no solamente en el beneficio de determinados grupos.

En lo personal, ya no me interesa tanto involucrarme en debates donde parecieran que a los contendientes solo les importa anularse entre sí; por lo que apuesto es por contribuir a la construcción de una agenda práctica que ayude a solucionar los problemas en la comunidad a la que pertenecemos. Desde luego, en un país como el nuestro, donde nos hemos acostumbrado a esperar las orientaciones que siempre llegan desde arriba, como si los que viven “arriba” pudiesen ver cuáles son todos los problemas puntuales que afectan a los que están en la base; una pretensión como esa es, en sí misma, un problema que merecería ser debatido.

Identifico, de este modo, una de las más grandes carencias que tenemos en el país: la carencia de una cultura del debate, ya no en esa parte de la esfera pública que sería el conjunto de medios nacionales, sino en la base misma donde viven y luchan los ciudadanos comunes. Es decir, por un lado, en sentido general, los cubanos se muestran cada vez más espontáneos a la hora de expresar sus convicciones, dudas y malestares; pero al no existir modelos de participación efectivos, que permitan interactuar y construir desde “lo ciudadano” alternativas de solución a corto plazo, pues todo se queda en la catarsis, en el desahogo que deja las cosas como antes o peor que antes.

Soy optimista, pero sé que “construir” ese escenario donde sea posible el debate civilizado de nuestras diferencias va a ser bien difícil, por lo que durante un buen tiempo seguiremos estancados en la tristemente célebre imagen de “la plaza sitiada”. Y en lo personal no es que crea que el proyecto socialista corra ahora menos riesgos de desaparecer que hace veinte años; al contrario: mi tesis es que ya en el país comenzó, desde hace tiempo, una suerte de transición cultural en la que, de un modo sumergido, se han comenzado a naturalizar ciertos “valores” que nada tienen que ver con lo que se ha aspirado durante más de cincuenta años.

Pero para enfrentar esta nueva circunstancia histórica, con gran riesgo de “neo-colonización cultural”, se necesitan actualizar los modos de resistir, y sobre todo, se necesita pasar de la retórica estridentemente militante a la construcción de alternativas prácticas. Allí donde comencemos a demostrar que otro mundo mejor es posible, y que es un absurdo pensar en el capitalismo como el fin de la historia, con todo lo que hay de injusto en ese sistema, pues estaríamos superando esta crisis de imaginación que actualmente vivimos.

¿Cuáles son los temas que más se debaten? ¿Cómo evalúa la calidad de esos debates, su diversidad y representatividad?

Me parece que el tema obligado en todos estos debates que tienen lugar, de un modo formal e informal, es el futuro del socialismo entre nosotros. Se podrá hablar de cultura, de gastronomía, de tecnologías, de transporte, de videojuegos, pero la puntualidad de cada una de esas temáticas solo estaría revelando la variación sobre un mismo tema.

En cuanto a la calidad de las discusiones generadas alrededor de ese asunto, hay de todo. Yo creo que lo que viene haciendo las revistas Temas, o La Gaceta de Cuba, o Desiderio Navarro al frente de Criterios, es extraordinario; sobre todo por el rigor que se plantea a la hora de discutir, y donde se exige combatir los argumentos, dejando a salvo a quienes exponen las ideas. Pero no creo que esa calidad excepcional de los debates que allí tienen lugar sea la regla, y el desafío democrático estaría en invertir la proporción.

Creo que si lográramos introducir en nuestras maneras de discutir la llamada inteligencia asertiva, estaríamos contribuyendo a elevar la calidad de esos debates, para bien de la nación. En la inteligencia asertiva uno expone con transparencia su posición, y espera que se le respete esa posición en la misma medida que uno lo hace con su antagonista. Y sigue siendo esencial aquello que planteaba Aristóteles: “Soy amigo de Platón, pero más amigo de la verdad”.

Claro, ya dijimos que lo importante sería la transparencia. En mi caso siempre me gusta dejar claro que tengo una vocación socialista. No me interesa justificar el socialismo autoritario que hasta ahora hemos conocido, pero creo que el capitalismo, como sistema, deja en la cuneta a millones de seres que jamás aparecen en la relatoría de ese “progreso” que con tanto orgullo se describe en los grandes medios. Por otro lado, creo que en mi caso no funcionaría el debate con alguien que defienda el terrorismo, o los cambios violentos. Esos serían mis principios muy personales.

A partir de allí, lucharía por fomentar la calidad de nuestros debates, atacar lo que ahora mismo aparecen como enfermedades que, de consolidarse, podrían desembocar en un mal mayor. Aquí estoy hablando desde esos falsos debates donde lo único que se puede contabilizar son los insultos personales, hasta otras modalidades más sutiles en lo que lo único que importa es excluir al adversario mencionando sus ideas (de modo muy selectivo, claro está), pero sin nombrar a la persona.

A los que nos interesa la conservación de la memoria histórica de la nación en su integralidad, sabemos que ya el proceso revolucionario conoció de estos achaques, concretamente a través del sectarismo. Hay que acordarse de lo bueno que se ha logrado en este país, pero también luchar para que no se repita lo que en su momento provocó tanto daño.

¿Cuáles son los principales foros donde se discuten los problemas actuales del país? ¿Qué características tienen? ¿Cuáles son sus cualidades y limitaciones?

Pienso que la zona más interesante del debate vinculado a los problemas de la Cuba de hoy se ubica en el ciberespacio. Lo cual no quiere decir que todo lo que uno encuentra allí tenga un gran valor. Ni tampoco que tengamos que asumir esa ubicación como lo definitivamente positivo. Lo ideal es que los principales foros de debates consigan construirse en las comunidades donde los ciudadanos comunes luchan a diario, y ya sabemos que el alcance de esas nuevas tecnologías dentro del pueblo es mínimo, además de que no existe en nuestra ciudadanía una alfabetización tecnológica que nos permita un uso creativo y verdaderamente democrático de esas herramientas.

Es falso que el acceso a Internet, por sí solo, nos garantiza la libertad individual. Lo único que garantizamos con ello es que la brecha digital sea menor, pero la brecha participativa se incrementará en la misma medida en que la gente tenga más acceso a las tecnologías sin que exista un programa público que los enseñe a pensar críticamente en el uso que harán de las mismas, así como en los intereses que permanecen ocultos detrás de todas esas redes en teoría “apolíticas”. Aun así, prefiero un escenario donde pueda expresarme por cabeza propia, a ese otro donde me están diseñando constantemente los asuntos que interesa abordar a ciertos grupos, o imponiéndome los límites de hasta dónde se puede llegar en mis análisis.

Creo que en el caso de los intelectuales cubanos, la cuestión no estaría tanto en casarse con un foro, como en intervenir en todos aquellos donde pueda hacer visible su punto de vista, y con ello contribuir a un debate transparente de nuestros problemas. Por eso para mí es importante intervenir públicamente lo mismo en mi blog, que en La Jiribilla, o respondiendo este cuestionario de Cuba Posible. Claro, esto implicará un mayor esfuerzo intelectual, porque no es lo mismo participar en un foro donde sabemos por anticipado que los lectores estarán de acuerdo con nosotros incluso antes de leernos, que someter a debate las ideas allí donde ya existe un horizonte de expectativas que nos leerá desde ese interés estrecho que ha construido la ideología del lector habitual.

En casos así, muchos no consiguen leer los argumentos que se exponen, sino tan solo toman en cuenta el espacio donde se han expuesto esos argumentos, cayendo en esa modalidad de la falacia lógica en la que se identifica el razonamiento defendido con el espacio que lo alberga.

¿Cree que esos foros son aprovechados por la política y por la sociedad? ¿Qué propondría para hacerlos más útiles?

Suelo medir la utilidad de los debates por las consecuencias que los mismos traen para la sociedad. Consecuencias que a veces no nos benefician en el plano personal, pero consecuencias. En nuestro caso, veo pocas secuelas en el plano político para nuestros debates. Ello es lamentable, porque no se estaría apreciando como una fortaleza, por parte de nuestros políticos, esa gran diversidad intelectual que ya existe. Tengo la impresión de que se sigue midiendo a los intelectuales por su incondicionalidad política, y no por las posibilidades de llevar la herejía intelectual a un plano creativo y verdaderamente revolucionario.

En este caso, el desafío de los intelectuales cubanos estaría en ayudar a construir escenarios donde el buen debate, el debate riguroso, sea la regla y no la excepción. No importa que los políticos persistan en su indiferencia. Lo que por naturaleza le toca al intelectual crítico es insistir en sus intervenciones, aunque ello lo coloque en situaciones incómodas, o le cierre puertas. Y tenemos que luchar, además, para que esa intervención se haga natural en la base, de acuerdo a un diseño institucional que ya existe, pero que no se aprovecha.

Pondré un ejemplo concreto. Hace un par de años tuve el privilegio de ser elegido por mis colegas, delegado al último Congreso de la UNEAC. No me designó ningún político, sino que me escogieron mis colegas. Y no sé si esté equivocado, pero hasta que llegue el otro Congreso y escojan a otros, yo sigo siendo un delegado de la UNEAC que tiene la obligación de contribuir a que los asuntos debatidos y acuerdos tomados en el cónclave no queden en el olvido. Se supone que esa es una responsabilidad intelectual que uno aceptó, aunque ello signifique que en ese período no puedas ocuparte como quisieras de tu obra personal.

Por tanto, no se trata de culpar exclusivamente a los políticos porque no tomen en cuenta lo que se discute en los foros que ya existen: como intelectuales tenemos una responsabilidad pública, un deber cívico, y a la pregunta que me hace Cuba Posible tendríamos que incorporar esta otra: ¿cree que quienes intervienen en esos foros están haciendo todo lo que pueden para obligar a los políticos a que reaccionen?

Mi teoría es que en Cuba sigue existiendo la censura, la cual muchas veces (como casi todo lo que tiene que ver con ella) se muestra torpe, ridícula, pero lo que de veras preocupa es el sistema de autocensura que ha conseguido consolidarse, sobre todo, en el campo intelectual. Saquemos la cuenta por el número de creadores que, para seguir con la UNEAC, se agrupan en la misma, y contemos cuántos de ellos intervienen de un modo activo en los diversos foros de debate que ya existen. Hay demasiado silencio, demasiada prudencia, o un exceso de discursos privados que por las más diversas causas no consiguen articularse en lo público.

Por supuesto que hay que respetar a quienes optan por el silencio, o por el repliegue. La gente tiene derecho a cansarse, sobre todo cuando falla de modo sistemático la comunicación, y los debates convocados terminan siendo noticia en algún periódico que mañana será consultado por quienes quieran escribir la Historia de esto que estamos viviendo. Pero por generalizado que sea el agotamiento, por sumergidos que sean los debates, habrá que seguir aferrándose a los tozudos, a los que no les importa perder demasiado de lo material, porque la gratificación suele ser espiritual o intelectual. Lo mejor de la cultura del debate siempre tendrá su origen por allí, y hay que esforzarse para que la nación nunca la pierda.

Publicado el octubre 6, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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