LOS CUMPLEAÑOS SECRETOS

Mañana bien temprano vendrán a la casa mis seres más queridos para acompañarme en mi cumpleaños cincuenta y dos. Dada la fugacidad de la vida, cada aniversario de nuestro nacimiento siempre será un pretexto inmejorable para reunirse con los que nos quieren bien, festejar, abrazarnos, mucho más siendo 8 de septiembre, día de nuestra Virgen de la Caridad del Cobre. Sin embargo, desde que cumplí los cincuenta he aprendido a valorar mejor los aniversarios de aquellos instantes en que, como individuo, me he propuesto algún cambio interior: los llamo mis cumpleaños secretos.

En lo biológico tenemos marcados un día para nacer y otro para morir, mas lo espléndido de los seres humanos (a diferencia de los otros animales que habitan el planeta) es que también contamos con la posibilidad de escoger tantos nacimientos como metas nos propongamos mientras estemos vivos: siempre tendremos la oportunidad de fijar un primer día para intentar algo que sabemos puede ser crucial en nuestras vidas; un primer día para dejar atrás un mal hábito, una actitud anacrónica, una carga que no nos deja ascender, o un miedo que paraliza o cercena nuestra libertad creativa.

Como cincuenta y dos años tienen que servir para algo (además de ponernos más viejos), hoy sé que la trascendencia de ese tipo de meta privada no necesariamente está relacionada con la rimbombancia de los cambios que se pregonan en lo colectivo. Al contrario, las metas más relevantes en lo individual serán aquellas que solo nosotros mismos nos las podemos regalar, porque están diseñadas para que operen en nuestro mundo interior.

Pongo tres ejemplos personales: hace veintitrés años quise regalarme la meta de dejar de fumar, y hace dos que decidí prescindir del alcohol; en ambas fechas nació alguien diferente al que yo era hasta entonces. Algo similar sucedió hace poco más de 365 días, cuando con mi madre muy grave en un hospital, decidí despedirme del puesto laboral en que me desempeñara en mis últimos 25 años de existencia: renunciaba así a un mundo conocido, seguro, y hasta cierto punto protector y cómodo, para internarme en otro absolutamente incierto en el cual todavía no sé qué va a pasar mañana, pero que me permite volar lejos.

Nada de heroico hubo allí: solo crucé ese intimidatorio Rubicón que todos tenemos en nuestras vidas, y con la suerte echada, dejé atrás el miedo a probar algo nuevo. Más que desistir de mis sueños de siempre, que por suerte siguen acosándome cada vez con más intensidad, aquello fue una declaración de guerra a esa cama de Procusto donde corría el peligro de dormirme para siempre, si terminaba “acomodando” todas mis ansiedades creativas a la placentera, angosta, mutiladora, y gris rutina.

De modo que heme aquí a punto de festejar al mismo tiempo cincuenta dos años de nacido y uno de renacido. En ambos casos se lo debo a mi madre, pero también a esa Virgen de la Caridad que no me deja caer en la tentación del conformismo, y que me acompaña (en las buenas y en las malas), a donde quiera que he decidido encaminar esos sueños que a diario me recuerdan que aún sigo vivo.

Juan Antonio García Borrero

Publicado el septiembre 7, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 4 comentarios.

  1. Juan Antonio te deseo las mejores cosas en esta fecha y te deseo muchas felicidades.Miguel

  2. Justo Rodolfo Garcia

    Felicidades por los 52 y por ese renacer, que más que proposición por años cumplidos, en tu que hacer diario parece cosa de leyes (de tus leyes – tambien interiores). Un abrazote.
    Tu primo (EL SEGUIDOR DE BACO)

  3. Yes, Juan Antonio. Sí.

  4. Felicidades Juani. Un abrazo. Se te extraña por aquí .

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