JORGE MAÑACH SOBRE “LA ROSA BLANCA” (1953), de Emilio “El Indio” Fernández.

El otro día, a propósito del documental Héroe de culto (2015), de Ernesto Sánchez, hablábamos de la compleja relación que ha vivido José Martí, nuestro gran Héroe nacional, con el cine.

Uno de los momentos más polémicos de esa relación fílmica fue cuando en 1953 la Comisión Organizadora de los Actos y Ediciones del Centenario de Martí encargó al prestigioso cineasta mexicano Emilio “El Indio” Fernández, la realización de un filme homenaje. En realidad, según nos cuenta su guionista principal Mauricio Magdaleno, el encargo llegaría directamente de Fulgencio Batista, quien era su amigo.

“Se iba a celebrar el Centenario de Martí”, dice, “y Batista me dijo: “¿qué te parecería que con Emilio Fernández hicieras otra película?” De esa manera resultó La rosa blanca, muy mala, malísima. Emilio no entendió a Martí, el elemento épico de la cinta, entonces se metió a Íñigo de Martino y acabó peor. La cinta se filmó parcialmente en Cuba y luego en México; el Gobierno cubano lo pagó íntegramente”.

El estreno de La rosa blanca levantó las más encendidas objeciones. No solo se tomó en cuenta el saldo estético del filme (donde lo único que parecía quedar a salvo era la dirección de fotografía de Gabriel Figueroa), sino el uso que hacía el régimen batistiano de un símbolo tan importante para la nación. El estreno tuvo lugar el 11 de agosto de 1954 en el cine Radiocentro (hoy cine Yara), y se anunciaba del siguiente modo: “Estreno de gala, organizado por la Primera Dama de la República, Sra. Martha Fernández de Batista, a beneficio de la Casa de Beneficiencia y Maternidad”.

Ahora bien, si como hemos defendido con anterioridad, el análisis del cine debe cruzar todo tipo de mirada (estética, sociológica, psicoanalítica, etc) con el fin de acceder a ese universo poliédrico que sería la práctica cultural en sí, es obvio de que aún La rosa blanca no ha sido agotada.

Hoy comparto con los amigos del blog este texto escrito por Jorge Mañach en ocasión de su estreno, donde todavía podremos dialogar con uno de los estudiosos más abnegados que ha conocido en Cuba “el ámbito martiano”.

Juan Antonio García Borrero

UN JUICIO SOBRE “LA ROSA BLANCA”[1]

Por Jorge Mañach

Hace unos meses, se desató entre nosotros una polémica muy viva y a todas luces prematura sobre la película La rosa blanca; mejor dicho, sobre lo que parecía que iba a ser esa película. Se había exhibido algunos “avances” de ella, más o menos autorizados y provisionales, y no faltó quien tuviera acceso al “guión”, también provisional, de la cinta en proyecto. Sobre tan escasos fundamentos, algunos queridos amigos míos, martianos meritísimos o simples devotos de la gloria del Apóstol, aventuraron juicios reprobatorios.

No hay que tenérselo a mal. Dice un refrán que más vale prevenir que lamentar. Tanto se ama en Cuba la imagen de Martí que la sola posibilidad de que se le desfigure siquiera sea con la mejor de las intenciones, con la intención de exaltarla, saca de quicio a los que saben que Cuba no tiene sustancia espiritual mejor de que alimentarse. Yo mismo debo confesar que tuve que hacer un esfuerzo por resistir a ciertas instancias y no sumarme al coro de los alarmados ante el peligro de una tergiversación cinematográfica de aquella noble vida. Parecía más aconsejable, puesto que la empresa estaba vigilada por muy celosos martianos, no juzgar La rosa blanca hasta que se la exhibiese en su forma total y definitiva. Ahora ya la tenemos en La Habana. Ya podemos opinar, con permiso de los críticos de la pantalla.

Supongo que lo primero que uno tiene que preguntarse para juzgar con alguna pertinencia, es qué cosa pretender ser La rosa blanca. Evidentemente pretende ser una “película”, no un “documental”. Por tanto, no algo principalmente informativo y más o menos riguroso; sino algo sugestivo y de cierta libertad creadora. No una biografía, sino una evocación basada –como dice uno de los rótulos iniciales- en “momentos de la vida de Martí”. ¿Había derecho a esa laxitud, a esa licencia?

Yo creo que sí. Un “documental” o una película demasiado cabal en lo histórico y con absoluta precisión en la cronología hubiera resultado, por lo pronto, demasiado larga. Larga por el caudal de episodios, con haber sido tan breve la vida de Martí, y larga, además, porque, destinándose necesariamente la película, no a “martianos” avisados, sino a espectadores muy diversos y aun de diferentes países, la presentación de muchos episodios hubiera exigido también la de ciertos antecedentes que los hiciesen explicables para los grandes públicos. Si de lo que se trataba era de que hubiese una película inspirada en la vida del Apóstol, para contribuir a honrarle en su Centenario, no había más remedio (ni, por otra parte, se hubiera podido hacer otra cosa con “medida” artística) que escoger algunos “momentos” de aquella vida admirable y ligarlos entre sí. Más aún: habría que contraer ciertos tramos de vida, ganando en impacto psicológico todo lo que se perdiese en rigor cronológico. Y hasta sería necesario introducir en la versión ciertos aliños pintorescos y ciertos acentos sentimentales, pues otra de las consecuencias que se seguía de la intención “popular” de la película era el que no se la pudiese revestir de excesiva austeridad artística. Y ya veremos que por ahí es por donde en algunos momentos falla para el gusto más exigente.

Muchos opinaban que si a tantas y tan severas limitaciones había que resignarse, mejor era que no hubiese película en absoluto. Pero esto, sin duda, era rigorizar demasiado. Todavía le conviene a la gloria de Martí y al prestigio de Cuba que los grandes públicos –el nuestro inclusive- se enteren, algo más que por alusiones, de la grandeza de aquel espíritu y de aquella vida. La única duda que a mi juicio resultaba válida, era la de si una presentación visual no mermaría mucho la dimensión de interioridad de Martí: la de su pensamiento sobre todo. Pero claro que el cine también tiene, como tal, sus limitaciones inevitables.

En suma: estaba justificado el que se aceptara todo eso, siempre que se cumpliesen dos condiciones primordiales: que la película fuese leal al espíritu de Martí (esto es, que la figura del Apóstol no resultase disminuida en ella, sino exaltada) y que la realización cinematográfica fuese bella: con belleza emocional y belleza plástica o visual. ¿Se han logrado esas dos condiciones?

En estos trances de apreciación estética suelo recurrir a una sentencia del gran crítico inglés Matthew Arnold. “La crítica –decía- no es sino el análisis de la primera impresión”. Eso nunca falla. La sensibilidad (si se la tiene) registra de entrada si una obra es o no bella, noble, intensa. Después el crítico trata de descubrir las razones por las cuales su sensibilidad recibió esa impresión general. Por eso –dicho sea de paso- no creo en la calidad de las obras de arte que necesitan ser explicadas antes de ser presentadas. Generalmente lo que se hace entonces es sustituir la apreciación con la celebración: autosugestionarse. Hasta una obra “difícil”, por ejemplo, las Soledades de Góngora o un cuadro de Rouault, empieza siempre por impresionarnos como algo bellamente misterioso, con una como radiosa oscuridad.

Cuando fui a ver La rosa blanca, me puse, pues, en la actitud puramente receptiva del espectador ingenuo. Traté de olvidarme de lo que sabía acerca de Martí y de su vida. Dejé que sólo la película y mi sensibilidad entrasen en tratos. Pues bien: la primera impresión, es decir, la impresión total que la película me dejó al verla esa primera vez, fue…-tendré que decirlo con provisional holgura- buena, pero no de entusiasmo. Hubiera querido ofrecerle al lector un dictamen sin atenuación, sin reservas, porque cuando de Martí se trata, no importa quién ni por qué medios, ni en qué momento se le rinda honor, y uno podrá o no asociarse a ciertos homenajes, pero hay algo de menguado en juzgar la calidad de ellos a través de un prisma político, por ejemplo. Yo hubiera querido, pues, con toda mi alma, que la película no sólo me pareciese buena, sino que me hubiese entusiasmado, porque eso habría sido promesa de pareja reacción en los grandes públicos no cubanos que han de verla. Pero no estaba en mí el evitar que en aquella impresión se juntasen sensaciones de complacencia, momentos de emoción intensa, y otros de defraudación. Tratemos ahora de ver brevemente el porqué de ello.

Ha escrito Ortega y Gasset algo en el sentido de que lo primero que una novela tiene que hacer es tener un mundo propio al cual el lector sea irresistiblemente transportado. Creo que lo mismo puede decirse de una buena película. La rosa blanca, en general, crea ese mundo, logra situarnos en lo que Zéndegui ha llamado el “ámbito de Martí”. Desde la primera escena, uno no está ya en la butaca del cine habanero, sino en La Habana colonial, en el Madrid del primer advenimiento republicano, en la casa de “las Patitas Verdes” de Zaragoza, en una estación de México, etc. Ha habido, pues, un esfuerzo, por lo general muy logrado, de creación de ambiente.

Dejemos para luego los reparos a la medida en que eso se ha obtenido, y sigamos poniendo las buenas cosas por delante. También desde el comienzo hay escenas emocionantes: la del joven Martí con su padre, la del juicio ante el tribunal militar, la de las canteras –que era una de las pruebas de toque, por su dificultad intrínseca de realización y por las poderosas imágenes de El presidio político que tenía que emular-; las de la prédica martiana en los Estados Unidos, particularmente aquella –alusiva sin duda a la memorable conferencia de Steck Hall- en que se ve a los cubanos negros llorar; las escenas, bellísimas sobre todo de paisaje, en las jornadas finales por los campos de “Cuba Libre”; en fin, la escena de la batalla de Dos Ríos y la de la caída… Como esos son casi todos los momentos cardinales en la vida de Martí, el haber logrado en ellos fidelidad considerable a lo histórico y, sobre todo, al espíritu del lugar y del suceso; el que Cañedo, a fuerza de compenetración con su héroe, no sólo le represente con dignidad en tales momentos difíciles, sino que hasta nos conmueva profundamente; en fin, el que la realización estética y técnica de lo accesorio nos resulte bella plástica –todo eso basta a explicar, según creo, la impresión general de que La rosa blanca es una buena película.

¿Por qué, entonces, no acabamos de entusiasmarnos con ella?… Puede que sea, sencillamente, porque uno no es juez adecuado. Uno empieza por ser cubano y tener, como la mayoría de los cubanos, una valoración tan sublimada de Martí que casi no se le puede representar más que en apoteosis. Es muy probable que La rosa blanca guste mucho más fuera de Cuba que en Cuba. En nuestra tierra, también es probable que gusten más de ella los que saben poco de Martí que los que saben mucho. Esta era mi otra posible “descalificación” como juez. Al salir del cine, mi chauffeur, a quien invité a ver la cinta, estaba conmovido –más conmovido que yo.

A mí, en efecto, se me había quebrado varias veces la ilusión que antes dije de estar transportado a un ámbito martiano, por detalles más o menos importantes, que me chocaban como algo falso, o exagerado o deficiente. La escena del Villanueva, con aquel bufo borracho, tosco, de aire más mexicano que criollo; con aquellos gendarmes de guardarropía y sin que se viese, en cambio, al verdadero promotor del tumulto, al clásico “voluntario”; la escena de la casa paterna, con un Don Mariano demasiado “señor” y una Dalia Iñiguez que uno no logra reconciliar con la imagen que tiene de una Doña Leonor más elemental… la de la tasca madrileña, en que no se imagina uno bien ni siquiera al Martí mozo, y sobre todo el detalle de la agresión de Martí al liberal español que le negaba sus derechos a Cuba, agresión casi brutal, de la que Martí era totalmente incapaz…; la escena, en México, de una Rosario de Acuña demasiado delicada para cuadrar con su tradición tempestuosa, y la de una “intelectualidad” mejicana un poco teatral…; la escena de Martí en Guatemala indignándose porque un chico le llama “Doctor Torrente”, la otra en que García Granados apela nada menos que a detener a Martí con unos gendarmes para que le lleven a ver a su hija, detalle, por cierto, de pésimo gusto y, que yo sepa, totalmente inventado; y, para no extremar el inventario, el General Blanco de opereta, el Máximo Gómez parecidísimo al “Chino Viejo”, pero de ademanes irresistiblemente ridículos, el Maceo con rigideces de gran mariscal- esos, y no pocos más, son detalles de la película que le estropean a uno la emoción de autenticidad lograda por otras escenas.

Más graves son ciertas cosas de fondo. Uno de los problemas difíciles de la versión cinematográfica era el relativo a los amores de Martí. No había modo de omitir toda referencia a eso porque Martí fue esencialmente un amoroso. Pero había que presentarlo con delicadísimo tino. No estoy seguro que eso se haya logrado del todo. En México, Carmen Zayas Bazán se nos presenta tan tierna, y Martí tan justamente prendado de ella, que no se comprende bien el que Martí la engañe, a las primeras de cambio, en Guatemala, con María. Se ha rebajado mucho la plenitud de la entrega de Martí a quien iba a ser su esposa, y en cambio se ha exagerado su “interés” por la Niña de Guatemala. El público, sobre todo el femenino, se escandaliza un poco. La película tiende así a dar pábulo a ciertos simplismos del juicio mal informado. Personalmente, no creo que haya evidencia alguna, sino todo lo contrario, de que Martí no se enamorase perdidamente de la Zayas Bazán (véanse, sus cartas a Mercado de los años 78 y 79), o de que hiciese, respecto de María García Granados, otra cosa que declararle, como dice en un poema a ella dedicado, su “amor de hermano”. La película aquí pretende saber más que la historia. En cambio, cuando introduce después, en Nueva York, las relaciones de Martí con Carmen Miyares, logra ser discreta solo por reticencia. Hagámosles a los cineastas, sin embargo, la justicia de reconocer que estos problemas del orden privado eran demasiado arduos para que se los pudiera hacer públicos con mano más firme.

En cambio los realizadores se dejaron fuera, por error de juicio, por economía, o por lo que fuese, mucha materia biográfica que les hubiera podido rendir escenas magníficas, habida cuenta del gran director que es el “Indio” Fernández y del gran fotógrafo que con él colabora. Así, por ejemplo, la dimensión de turbulencia urbana que tuvo el episodio del Villanueva, reducido aquí a una mera trifulca en el teatro; el episodio de las burlas a la escuadra de gastadores, que fue el verdadero motivo del registro en casa de Fermín y del encuentro de la carta famosa; la participación de Martí en los disturbios de Zaragoza, al caer la República; Martí ante la revuelta de Porfirio Díaz, cosa por la cual se pasa como por sobre ascuas; Martí airado en Guatemala por el agravio a Izaguirre, de lo cual nada se dice; Martí en Venezuela, ante los Andes, ante la estatua de Bolívar y la majestad de Guzmán Blanco, a todo lo cual apenas sí hay alusión; Martí en los fríos y pobrezas y desazones de Nueva York, es decir en los momentos de heroísmo cotidiano, que fueron los más conmovedores y su verdadera escuela de dolor; Martí ante la primera conferencia “panamericana”, para subrayar la otra dimensión cardinal del gran cubano, el sentido americanista, que la película apenas da; el episodio tan dramático y tan revelador de la Fernandina; el recorrido del Apóstol por Santo Domingo y Haití, tan lleno de episodios “de película”; en fin (supresión realmente imperdonable) la de la llegada a Cuba, no en la comodidad de un barco, sino en un bote, llevando él “el remo de proa”, como dijo con orgullo, en la noche tempestuosa. ¡Cuánta gran escena perdida!

Si hubiese ahora que resumir todo este análisis, yo diría que la película es “buena” por la fidelidad que en general preserva, por la emoción que frecuentemente comunica, por la calidad histriónica (Cañedo, sobre todo, rinde una labor excelente), por la trabazón y el esmero técnicos y la belleza extraordinaria de algunos shots y por la tónica general de devoción con que contribuye a la honra de Martí. Y si no nos entusiasma, por lo menos a mí, supongo que se deba a que le falta eso misterioso en que la provocación del entusiasmo reside y que no se puede analizar: un gran soplo poético. La “rosa blanca” es el símbolo, en Martí, del amor en su gran dimensión humana. De la película sale un Martí batallador, un Martí abnegado en la lucha por libertar a su patria, un Martí héroe, un Martí “enamorado”. Lo que no sale es aquel gran amador del destino de América y del Hombre que fue por encima de todo. Sale un personaje histórico conmovedor, no un gran suceso humano. Y Martí fue eso por encima de todo.

Agosto 1954.

NOTA:

Publicado el julio 30, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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