LA CREATIVIDAD Y EL UNIVERSO AUDIOVISUAL DEL NIÑO CUBANO

Hay un aforismo de Nietzsche que invita a repensar la función que hasta ahora ha tenido la educación en la vida de los seres humanos: “La madurez del hombre consiste en recuperar la seriedad con que jugaba cuando era niño”.

No ha sido el único que puso en entredicho la eficacia de ese proceso que, en teoría, permite que los adultos entreguen un conjunto de saberes dirigidos a garantizar la emancipación intelectual de los menores. El problema no estaría en la educación, desde luego, sino en el sentido que se le imprime a ese adiestramiento. Si lo que domina, como hasta ahora ha estado dominando, es ese hábito en el cual una determinada autoridad llamada Maestro se encarga de transmitir conocimientos intocables, los cuales los alumnos recogerán de un modo pasivo y harto respetuoso, porque esa autoridad se encargó de enfatizar que eran “las grandes verdades”, entonces estaríamos en presencia de lo que alguien nombró con gran lucidez la pedagogía del fracaso.

En casos así, lo menos que se estaría estimulando en los alumnos es la creatividad personal. La enseñanza se basaría exclusivamente en la transmisión de dogmas cuya fría memorización será lo que garantizará el éxito en las evaluaciones. Así, la escuela termina convirtiéndose en una fábrica de epígonos donde se reciclan una y otra vez las mismas ideas de siempre, sin importar que la realidad esté planteando nuevos problemas a resolver.

En el caso de los niños y su universo audiovisual, la cosa es peor aún, porque el maestro piensa que su obligación está en “proteger” al menor de toda esa avalancha de imágenes violentas que los medios van prodigando por doquier. Y asume entonces el rol de Mesías del gusto infantil, imponiéndole al discípulo una agenda que, lejos de estimular su creatividad (es decir, la apropiación crítica de aquellos bienes simbólicos que circulan a su alrededor) lo que provoca es la intimidación, y el repliegue de sus potencialidades creativas.

Los cubanos tuvimos en Pablo Ramos al hombre que más lejos llevó la lucha contra esa forma arcaica de vincular al niño con el audiovisual. Para Ramos, era imprescindible dejar de pensar en los niños como si fueran objetos que debían colocarse a salvo del efecto de los medios, y tratarlos como lo que verdaderamente son, sujetos que de acuerdo a la Convención sobre los Derechos del Niño han de tener garantizados los escenarios donde sea posible fomentar su creatividad, que nada tiene que ver con la mera imitación del mundo de los adultos. Según Ramos,

Desde esta nueva perspectiva, se ha promovido una educación para la comunicación que intenta superar el hiato entre una formación para la recepción o “lectura” de los medios y otra para la producción creativa o “escritura” de mensajes y que redimensione el papel del sujeto, de perceptor a creador de mensajes, y, aún más, de espectador a protagonista de procesos comunicacionales, gestados desde sus propias necesidades y capacidades. El sujeto se convierte en la dimensión nuclear en la educación para la comunicación, que se involucra, activamente en el proceso comunicativo”.

Si finalmente lográramos el apoyo suficiente para impulsar el Proyecto de Animación Socio-Cultural “El Callejón de los Milagros”, una de nuestras grandes prioridades estarían enfocadas en esa zona: alentar el uso creativo de las tecnologías en los niños y niñas, vinculando ese uso al legado del cine como arte, pero aprovechando las posibilidades de creación de ellos como individuos autónomos.

No significa que los adultos no tendrán un papel crucial en este proceso interactivo, en tanto los “nativos digitales” sabrán operar de un modo natural todos estos nuevos artefactos, pero la sabiduría (que es lo que se asocia a la verdadera creatividad) se conquista entre varios, y mientras más formación académica exista (en este caso la de los maestros), mejor.

En tal sentido, el proyecto de “El Callejón de los Milagros” no pudiera funcionar si por fin no acabamos de asumir una estrategia que vincule a Educación, Cultura y Nuevas Tecnologías en una plataforma común. Lamentablemente, hasta ahora no existe en el país ninguna política pública que piense con esa perspectiva de conjunto, y la prueba más evidente tal vez esté en el sistemático fracaso a la hora de implementar de modo horizontal el Programa de Fomento de la Cultura Audiovisual.

El desafío que le espera a este país en esa área es, sencillamente, imponente. Como escribía Pablo Ramos:

Asumir, en plenitud, la convicción de que los niños tienen derecho a tener derechos, nos debe hacer replantear nuestros seguros hábitos y rutinas, nuestras prácticas -¿paternalistas? ¿maternalistas?-, consolidadas en el quehacer comunicativo y educativo. El paso de objetos a sujetos de derechos –esto es, de individuos receptivos a entes actuantes- introduce, junto al para y el por, el con, el desde…, los niños”.

Sin embargo, lograr eso exige una revolución formidable que va más allá de las revoluciones tecnológicas o los decretos públicos. Tiene que ver con lo subjetivo, y con la fiscalización individual de todas esas convicciones que los adultos hemos heredado, y que queremos imponer a los que nacen, sin pasarlas por el filtro del pensamiento crítico.

Y por otro lado, se necesita el compromiso público y permanente de los decisores. De nada valen las ideas brillantes expuestas por los expertos e impresas en algún documento, si no hay un seguimiento institucional de lo que en la práctica se está haciendo o dejando de hacer. Para hablar de Camagüey, que es lo que más cerca me queda: no puede ser que un evento como “Encuentro Internacional Participando: Infancia y Ciudad” (celebrado aquí entre el 30 de marzo y el 1 de abril de 2015, gracias a los auspicios de la Universidad) quede como algo que solo interesará como curiosidad histórica a quienes hagan investigaciones dentro de cincuenta años.

Hoy en día una educación pública que no se preocupe por enseñar a mirar críticamente aquello que vemos a diario, es una educación mutilada que estará estimulando la ceguera colectiva, y la apatía creativa. Al aforismo de Nietzsche que mencionaba en el primer párrafo podríamos contraponer este hermoso verso de Fina García Marruz: “Hay cosas que uno no vuelve a oír, que pertenecen solo a las orejas del niño y a la sensación de su edad y de su tamaño”. Ningún adulto (aunque lo guíe la buena voluntad) tiene derecho a reemplazar ese mundo auténtico en su inocencia, con el suyo, que siempre será ajeno al de los menores.

Juan Antonio García Borrero

Publicado el julio 26, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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