¿PARA QUÉ SERVIRÁN LOS CINES EN UN FUTURO?

Hace mucho tiempo que el cine ya no es líder del ocio en Cuba. Por eso cuando intentamos enseñarles a nuestros jóvenes estudiantes lo que la Historia del cine le ha aportado a la humanidad, muchos de ellos se muestran ajenos a nuestro entusiasmo. Esa generación ha visto mucho cine, pero ha ido poco al cine.

Cuando hablo de cine como exlíder del ocio me refiero a la antigua práctica mediante la cual, la gente acostumbraba a salir de la casa para meterse en una sala oscura y compartir con muchos la fascinación ante una inmensa pantalla. Como dije antes, hoy la gente ve más películas y series que nunca, pero lo hace en la sala de su casa, o en la intimidad de su habitación.

A juzgar por las investigaciones más serias, lo anterior parece una práctica cultural irreversible. ¿Significa eso que estarán condenadas a desaparecer esas salas colectivas donde otrora la gente creció mientras miraba las más disímiles historias? No lo creo. Tal vez lo que desaparezcan son las salas donde el espectador estaba condenado a participar de un modo más bien pasivo, observando desde su luneta lo que le contaban, pero es probable que ya estén sembradas las condiciones para que nazca un espectáculo cinematográfico en el que los nuevos públicos (nuestros estudiantes de ahora), tan habituados a lo interactivo, encuentren en las salas colectivas la mejor manera de completar los relatos que llegan a sus sentidos.

Para imaginar un universo así, obviamente tendríamos que liberarnos de la tiranía conceptual que nos han impuesto los defensores del cine tomado en cuenta solo como arte. Esto no significa que dejemos a un lado los indiscutibles logros que han conseguido varios cineastas en el refinamiento del lenguaje cinematográfico. Esas obras maestras están allí, y seguirán inspirando a nuevos cineastas que tratarán de escapar de las fauces del mercado y el entretenimiento baladí.

Pero una cosa es admitir la responsabilidad que tenemos como promotores y salvaguardas de ese legado cinematográfico, y otra cerrar los ojos ante un diagnóstico que parece afirmarnos que lo que hasta ahora hemos conocido por cine ha respondido en un inmenso por ciento de los casos, a lo comunicativo, no a lo artístico. Algo así nos comentaba Octavio Getino:

Convengamos que el cine es, antes que nada, un poderoso medio de comunicación social, aunque por sus características peculiares, puede también convertirse, aunque sólo a veces, en medio de expresión artística, según los valores estéticos que aparezcan en algunas de sus realizaciones. En este sentido, la calificación generalizada que se le ha otorgado como “séptimo arte” al cine en general, reviste un tono más presuntuoso y “marketinero” que real. Porque el cine puede producir inolvidables obras pertenecientes al campo del arte y la cultura universal, pero también, en la absoluta mayoría de los casos, películas sin ningún valor reconocible que rápidamente pasan al olvido. Sin hablar ya de la infinidad de producciones cinematográficas y audiovisuales que no están concebidas para su circulación en las salas de cine, sino destinadas a cumplir finalidades muy diversas en la educación y la capacitación, la divulgación cultural, la información documental, la propaganda ideológica o religiosa y la publicitación de industrias y servicios, o el entretenimiento”.

Es posible que si aceptásemos las consecuencias de ese diagnóstico con naturalidad, sin escandalizarnos, pudiéramos entender mucho mejor las necesidades de ese nuevo público que ve más películas que antes aunque va menos al cine. Y sobre la base de ese diagnóstico, podríamos construir agendas prácticas que nos permitan reconquistarlos para las salas.

Desde luego, antes se necesita salir de la retórica más común para ensayar lo creativo, y poner los ejercicios de la imaginación a la altura de la nueva época. No hay que hacerle demasiado caso a los que hablan de una debacle en el gusto cinematográfico. Como apuntaba Arnorld Hauser, “el exagerado pesimismo respecto al presente es, la mayoría de las veces, sólo el otro lado de un juicio excesivamente favorable del pasado”.

Quizás no lo veamos con nuestros propios ojos, pero las nuevas salas cinematográficas seguirán siendo espacios donde se tejerán los más impensados sueños.

Juan Antonio García Borrero

Publicado el julio 23, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Las salas de cine están y estarán, pero claro estas responderán a las demandas de sus tiempos. Lo que es inadmisible es la intención de perpetuar una práctica en el tiempo sin que esta sufra mutaciones, variaciones y adecuaciones en pos de perpetuarse en el tiempo. Es entonces que un programa como el que se estrena por estos días en la televisión cubana “Invitación al Cine” resulta inoperante. El esfuerzo es válido pero el fundamento que mueve a la realización del programa resulta obsoleto, ¿cómo pretender que las personas acudan en busca de un producto que pueden consumir plácidamente en su hogar? Solo unos pocos nos renegamos y asistimos al cine pero no porque se nos oriente sino por una necesidad que rebasa las miles de vicisitudes que significa hoy en Cuba, al menos en la Habana acudir al cine. Esto para no hablar de lugares como Nuevitas donde ya ni siquiera existe la sala oscura. Si bien los índices de asistencia al cine han disminuido no es menos cierto que el consumo por diversas vías ha aumentado, pero ¿qué se consume? y sobre todo ¿qué opciones? Tampoco se trata de establecer un grupo de eruditos que dispongan de lo que se debe ver y lo que no, sino de fomentar más que las ganas de asistir al cine, las herramientas para desde una postura crítica ser entes conscientes de lo que consumimos.

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