DE GARCÍA BORRERO A JOSÉ RAÚL GALLEGO RAMOS

Estimado Gallego:

En estos tiempos donde la creciente adicción colectiva al zapping y al selfie, vuelve tan anómala la posibilidad de encontrar textos de largo aliento intelectual, no quiero dejar de agradecer el artículo que con tanta gentileza enviaste al blog. No importa que, pese a la importancia de lo que expones, por el momento esté destinado a comentarse apenas en un blog: suele pasar que los debates sobre las cosas más relevantes terminan escuchándose a destiempo.

Recuerdo que en Camagüey, hacia finales de los noventa del siglo pasado, dedicamos la octava edición del Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica a las nuevas tecnologías y su impacto en el cine, su consumo, y sus nuevos públicos. No quiero hablar por los demás, pero me parece que este fue el Taller que menos agradecieron los críticos de cine del patio. Para mí, sin embargo, fue esencial.

Entre los asistentes de aquel evento estuvo Enrique González Manet, uno de los cubanos que con más sistematicidad estudió estos fenómenos de las tecnologías. No olvido que su ponencia comenzaba hablando de Alvin Toffler, el hombre que en los setenta ya había descrito con gran lucidez lo que estamos padeciendo ahora, al anotar:

Un analfabeto será aquel que no sepa dónde ir a buscar la información que requiere en un momento dado para resolver una problemática concreta. La persona formada no lo será a base de conocimientos inamovibles que posea en su mente, sino en función de sus capacidades para conocer lo que precise en cada momento

No me avergüenza confesar que fue la primera vez que oía hablar de Toffler. La obsesión del cinéfilo empedernido que fui entonces me hacía creer que a un crítico de cine esos asuntos de tecnologías y comunicación no eran de su incumbencia. Los críticos cubanos de ahora seguimos haciendo lo mismo que González Manet describiera en su texto le hicieron a Toffler en su momento: ignorarlo.

Eso tiene su explicación en tanto todavía vemos el fenómeno de la revolución digital como algo que no afecta la noción primigenia que heredamos del cine, y que persiste en ser una noción esencialmente esteticista. A pesar de todas las revoluciones tecnológicas que ha vivido el cine, la crítica local permanece ajena a esos cambios: como en Los sobrevivientes de Titón, encerrados en su hermosa mansión habitada por una legión de prejuicios y fantasmas parisinos. Así que, quince años después de aquel Taller de la Crítica Cinematográfica, sigue siendo raro encontrar en Cuba un crítico que piense al llamado “séptimo arte” como parte de las contradicciones que vienen generando de modo exponencial las nuevas tecnologías, las cuales ya han afectado las maneras en que actualmente se hace y consume el audiovisual.

Tu texto no habla del cine, sino de Internet, el wifi, y sus usos en Cuba. Pero hoy en día todo esto aparece mezclado y formando parte de eso que pudiéramos llamar “cultura audiovisual expandida”, tal como argumentamos en el pasado “Primer Encuentro sobre Cultura Audiovisual y Tecnologías Digitales”, celebrado en Camagüey en el mes de febrero. Sabes que en lo personal me dejó muy satisfecho ese encuentro, pese a que, paradójicamente, todavía no hemos sido capaces de construir una agenda práctica que ayude a resolver, desde lo institucional, los problemas detectados en lo teórico.

Esa incapacidad nuestra para conseguir poner en un plano terrenal las soluciones que se van planteando por quienes se han dedicado a estudiar los fenómenos que nos afectan, es algo que me desanima, como a todo el mundo. Vivimos en el siglo de la prisa, o para decirlo como Paul Virilio, en una época donde se ha instaurado el imperio de la velocidad y la democracia ha sido sustituida por la dromocracia, la cual genera otro tipo de totalitarismo, en este caso asociado a la tecnología. En Cuba, sin embargo, nos empeñamos en pensar como si aún estuviésemos a principios del XIX. Y creo que si bien es necesario construir escenarios de resistencia a ese totalitarismo tecnológico que nos hace creer que la vida real hay que vivirla como si uno estuviese conectado a Facebook (es decir, esclavizados a la tiranía de la brevedad y lo efímero sensorial), también pienso que nada de ello sería efectivo si antes no se conoce cómo operan estos nuevos mecanismos de socialización.

Desdichadamente, el grueso de las personas que tienen en sus manos hoy nuestras instituciones culturales, prefieren mantener sus acciones en el marco de lo tradicional, ignorando ese mundo de Zapya e Imo que mencionas al principio de tu texto. En lo informal, las maneras de acceder al arte y la cultura han cambiado de modo radical en nuestro país, pero las instituciones permanecen inalterables en sus modos de comunicarse con sus públicos. He allí la principal causa de la profunda crisis que vive el sistema institucional de la cultura en Cuba.

Lo que me interesa de tu texto es que advierte como uno de nuestros principales problemas la inexistencia de una política pública que fomente el uso creativo de las tecnologías. Me parece formidable esa parte donde sugieres: “Reflejar en la Constitución la cuestión del acceso a Internet y a la información como un derecho, al igual que la educación y la salud, tal y como han hecho ya varios países”, pero insisto en que tan importante como garantizar el acceso a Internet es construir esa política pública que ayude a fomentar la creatividad en estos predios.

Esa acción demorará en ponerse en marcha, porque lamentablemente entre nosotros la idea de ser creativos ha sido reemplazada por otra que prioriza el cumplimiento automático de lo estipulado administrativamente. De acuerdo con esta última idea, el trabajador ideal no será aquel que mejora las normas y decide transformar ese orden de cosas que ya existe, según las demandas de su época, sino el que cumple con lo orientado en el reglamento establecido, sin importar que los resultados no trasciendan más allá del conocimiento de quien ejecuta la tarea y el que ordenó la ejecución.

Como ves, estoy desplazando el problema desde lo conectivo al uso que se hace de la conectividad, si se tuviera. Mi pregunta sería: ¿es posible impulsar el uso creativo de la tecnología en un país donde no existen programas públicos encaminados a ganar conciencia de ese fenómeno cultural que mencionas? Sé que me dirán que ya en Cuba están esos programas gracias a los Joven Club, pero esa sería una respuesta fácil a un problema complejo: en la actualidad el Joven Club funciona como una institución más, similar a los cines, los teatros, o las galerías a las que cada vez van menos gente.

Es decir, si uno quiere acceder a sus valiosos servicios, hay que ir a esos lugares donde están los Joven Club, y las personas que hoy están utilizando de modo activo todas estas tecnologías ya han demostrado que prefieren concentrarse en otras partes (parques, plazas, etc). Dicho en pocas palabras, que también el Joven Club (como institución nacida en el siglo XX) está padeciendo la misma crisis que afecta al sistema institucional cubano, y necesita de la renovación radical de sus estrategias (que nada tiene que ver con su parque tecnológico).

La única manera que veo de introducir en el país esa concepción del uso creativo de Internet, wifi, pero también de todas las herramientas que prodiga la revolución electrónica (Intranet, bibliotecas digitales, aplicaciones offline, etc) es creando un programa de enseñanza que les permita a nuestros niños, desde edades bien tempranas, aprender a usar creativamente todos esos dispositivos que ya forman parte de su vida cotidiana. Y por supuesto, extender de modo horizontal el acceso a esa política pública a toda la ciudadanía, de manera que tengan las mismas oportunidades los que viven cerca de Kcho o en Baracoa.

Pero para ello necesitamos liquidar las desconexiones que actualmente se viven en las áreas de Educación, Cultura y Nuevas Tecnologías, para establecer un programa público que piense ante todo en el individuo que usa las máquinas, y luego, en las posibilidades de emancipación individual que las mismas brindan. De nada vale que le entreguemos a cada alumno una Tablet con conexión inalámbrica si junto a ello no propiciamos escenarios que estimulen su uso creativo: lo que hoy sobra en el mundo es un sinnúmero de personas hiperconectadas, que al mismo tiempo están extremadamente incomunicadas.

Y por ahora paro. Gracias a tu artículo he anotado de modo apresurado algunas ideas, que seguramente otros pudieran corregir, matizar. Aunque lo más probable es que este intercambio se quede aquí, y permanezca ignorado (si todavía ignoran a Toffler y González Manet, qué podemos esperar con estas bloguerías nuestras). No importa: también de modo informal podemos ayudar a construir ese cuerpo de ideas que acompañe al uso creativo que, a pesar de todo, ya se viene manifestando en esta ciudad de Camagüey.

Porque esa creatividad con las nuevas tecnologías existe en Camagüey más allá del sistema institucional, más allá de quienes tienen el poder de las decisiones. Lo demostramos en aquel “Primer Encuentro sobre la Cultura Audiovisual y Tecnologías Digitales” que celebramos en febrero; o se puede comprobar cuando descubres las redes de barrio que provee en las casas el servicio de Internet que Etecsa no ha podido ofrecer a los ciudadanos. Y hace un par de días escuché la noticia del premio que les entregaron en España a jóvenes de la Universidad de Camagüey (por cierto, que participaron en el Encuentro de Cultura Audiovisual), quienes crearon un software con tecnología libre que permite gestionar contenidos. ¿Se beneficiarán las instituciones culturales de la ciudad (digamos, nuestras bibliotecas, por ejemplo) con esa aplicación, o seguiremos en esas instituciones con los métodos de gestión de los conocimientos típicos del siglo XIX?

Como ves, para mí no basta con que hablemos de conectividad o Internet a secas. Necesitamos concentrarnos en diseñar un plan, una estrategia que contribuya al uso creativo de esa conectividad. O correremos el riesgo de que, superada la brecha digital, quedemos para siempre condenados a participar en estos nuevos escenarios como meros consumidores, sin que nos importe en ningún momento estimular la creatividad endógena.

Gracias una vez más por tu artículo. Es bueno saber que la indiferencia intelectual ante este fenómeno no es tan generalizada en Cuba como a primera vista se pudiera pensar. Y es bueno saber que son los más jóvenes los que ya comienzan a sembrar las mejores ideas.

Un abrazo grande desde nuestro Camagüey,

Juan Antonio García Borrero

Publicado el julio 20, 2016 en PRIMER ENCUENTRO SOBRE CULTURA AUDIOVISUAL Y TECNOLOGÍAS DIGITALES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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