SALVANDO AL HÉROE DE CULTO

Esta es mi más reciente contribución al sitio Progreso Semanal, en este caso hablando sobre el documental Héroe de culto, del realizador Ernesto Sánchez.

SALVANDO AL HÉROE DE CULTO

La relación de los “héroes” con el cine siempre ha resultado problemática. De acuerdo a la tradición, un héroe es ese individuo que, en algún momento consigue nombradía gracias a determinadas acciones públicas donde no puede faltar el sacrificio por los demás; mas la excepcionalidad de los héroes no siempre es reconocida como se merece; Goethe, por ejemplo, apuntaba: “Dicen que no hay héroe para su ayuda de cámara. Pero esto sólo se debe a que el héroe no puede ser reconocido sino por otro héroe. Es, sin embargo, probable que el ayuda de cámara sepa apreciar a sus iguales”.

Paradójicamente, el cine que más se consume (el de la autoproclamada “ficción”, cuando ficción lo puede ser todo), pese a funcionar sobre la base de las proezas que son capaces de ejecutar sus protagonistas, ahora devenidos superhéroes, ha contribuido poco a que entendamos la naturaleza de estos seres excepcionales. Por el contrario, ese inmenso conjunto de películas que nos muestran a hombres que emulan con los dioses, lejos de humanizarnos el drama existencial con que invariablemente han tenido que lidiar, y con ello mostrárnoslos de carne y hueso, terminan desplazándolos al reino de lo inverosímil.

Eso explica la oposición radical de un Cesare Zavattini, que en los inicios de los sesenta le escribía a Alfredo Guevara:

“Yo estoy contra los personajes “excepcionales”, estoy contra los héroes, he sentido siempre mi odio instintivo contra ellos. Me sentía ofendido, excluido junto con millones de otros seres.

Todos somos personajes. Los héroes crean complejos de inferioridad en los espectadores. Ha llegado la hora de decir a los espectadores que son ellos los verdaderos protagonistas de la vida. El resultado será una llamada constante a la responsabilidad y a la dignidad de cada ser humano”

José Martí sigue siendo nuestro gran Héroe (así, con mayúscula), el paradigma hasta ahora insuperable de cubano que dedicara toda su vida (y la entrega en combate) a la construcción de una nación para el bien de todos. El cine de ficción ha intentado describir, sin demasiada suerte, la excepcionalidad de una existencia así. Es cierto que tenemos una película como El ojo del canario, donde Fernando Pérez nos muestra a un Martí más humano, más parecido a nosotros, pero en sentido general lo que predomina es el retrato de una nobleza que casi siempre termina desestimulando la complicidad, toda vez que nos condena a la condición de frustrados epígonos.

Martí sigue siendo considerado un titán entre nosotros, desde luego, pero entristece advertir cómo su imagen, omnipresente en la cotidianeidad a través de bustos, afiches, nombres de parques, escuelas, teatros, citas sacadas de contexto, etc, apenas llaman la atención de los que han de vivir el día a día de nuestros tiempos. Un documental como Héroe de culto, del joven realizador Ernesto Sánchez, se ocupa de aproximarse a este fenómeno que, como todos, demandaría aproximaciones múltiples. Nos dice su director:

Con Héroe de culto quise llamar la atención sobre la saturación que provoca la imagen de Martí repetida en todas partes. No creo que lo necesitemos en cada centro de trabajo, ni en cada cuadra para recordarlo. Yo no necesito ver el busto por doquier para pensar en él; ni verlo me hace mejor ser humano, pues para mí eso va por dentro. Esa forma de reverenciarlo lo desgasta ante mis ojos, lo aleja, lo desaparece, y esa fue la sensación de reiteración que quisimos crear en el espectador”.

Sin embargo, lo interesante de Héroe de culto, más allá de esas pretensiones conceptuales de su director, reside en la manera en que ha decidido construir el documental. Y el primer acierto que veo es que, queriendo el cineasta someter a crítica el uso y abuso de una imagen devenida símbolo, ha optado por narrar su historia fundamentalmente a través de imágenes, dejando un lado la utilización de entrevistas, diálogos, aunque la construcción de la banda sonora es de lo más elaborado que se ha podido ver en la producción más reciente de los jóvenes cineastas cubanos.

En tal sentido, yo diría que la impronta de dos grandes de nuestro cine (Tomás Gutiérrez Alea y Fernando Pérez) deja ver su influencia en todo su esplendor, para bien, en la concepción del producto. El nexo más evidente con Titón, a quien Sánchez dedica su documental, parece desprenderse de aquella secuencia inicial de La muerte de un burócrata, donde Gutiérrez-Alea ridiculiza la tendencia del cubano de entonces a automatizar la admiración que pudiéramos sentir por el prócer.

Medio siglo después, los bustos de Martí han dejado de ser de yeso para convertirse en objetos plásticos que participan de nuestra cotidianeidad, y como buen fenomenólogo, Ernesto Sánchez ha puesto todas sus energías en intentar revelarnos lo que, como en el famoso cuento de Poe, permanece invisible a la vista de todos.

Su estrategia es la del observador que se distancia, y deja que pase ante la cámara ese mundo que en nuestra prisa solo alcanzamos a describir con brocha gorda. En ese sentido Sánchez no “interviene” en lo que narra (aunque sabemos que la sola elección del lugar donde ha colocado la cámara ya es en sí un modo de intervenir moralmente: su búsqueda obsesiva de bustos regados por toda la ciudad es toda una enfática declaración de principios), sino que va dejando que sean los falsos torsos desolados los que van haciendo llegar a nosotros esos “mensajes” que, más tarde, los espectadores integraremos en nuestra lectura más personal.

Habrá quien cuestione la ausencia de voces que ofrecieran otros puntos de vista. Pero eso hubiese sido otro documental, y tal vez, más de lo mismo. La época aquella en que se creía que el documentalista estaba obligado a insertar en sus materiales testimonios orales extraídos de la realidad si quería obtener credibilidad, pasó a mejor vida. Hoy sabemos que un documental que prescinde del lenguaje oral para fijar su atención en otros lenguajes que coexisten en nuestras convivencias, puede ser tan o más revelador: el documentalista es alguien que se apropia de ciertos trozos de realidad, los re-contextualiza, y permite que eso que nos era tan familiar que ya no veíamos, renazca frente a nosotros de otra manera.

Héroe de culto nos habla de la recepción que tiene la figura de Martí en nuestra cotidianeidad, pero su alcance es posible detectarlo en planos más universales. Al final el documental se ocupa de mostrarnos los peligros de banalización que corren esos símbolos donde se encarnaron las mejores acciones que alguna vez protagonizaron los hombres y mujeres que han hecho posible el mundo tal como lo conocemos hoy.

Juan Antonio García Borrero

Publicado el julio 18, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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