“INTRODUCIÓN AL CINE”, de Luis Álvarez Álvarez y Armando Pérez Padrón

Comparto con los amigos del blog las palabras de presentación del libro “Introducción al cine”, leídas en la UNEAC de Camagüey ayer por el escritor camagüeyano Ernesto Agüero.

PALABRAS SOBRE “INTRODUCCIÓN AL CINE”

A la manera del mítico coronel Aureliano Buendía en “Cien años de soledad”, guardo en mi memoria profunda no el día en que me llevaron a conocer el hielo, sino la primera vez en que me llevaron a una sala de cine. Y digo “me llevaron” con plena conciencia de la expresión, porque en la más temprana infancia me tocó ir allí de la mano de unos tíos, apasionados seguidores del séptimo arte y responsabilizados coyunturalmente con mi cuidado que no sabían qué hacer conmigo cuando las entradas para el estreno en Camagüey de Vértigo (De entre los muertos) de Hitchkock les quemaban los bolsillos. Por fin, como no era posible ni recomendable dejarme solo en casa, me convertí en involuntario espectador del estreno.

Por supuesto que hubiera necesitado al menos unos diez años más para comprender lo que sucedía en la pantalla y por lo mismo miré la película sin verla y esta dicotomía es algo a lo que me quiero referir más adelante. En esa ocasión sentí para siempre el impacto de la sala en penumbras, mientras el murmullo esporádico de los espectadores y los trazos de luz de las linternas de las acomodadoras generaban una atmósfera comparable al ritual de algún culto desconocido por mí en ese entonces y compartido, para mi extrañeza, por el resto de las personas que se hallaban en la sala.

Retomo ahora, a propósito de Introducción al cine, la diferencia semántica entre mirar y ver. Considero que aún en estos tiempos y quizás porque son estos tiempos, son muchos los seres humanos que miran películas sin verlas, pues al igual que sucede con la internet, uno puede ser aplastado por la urgencia de lo cotidiano que está dejando de serlo en forma constante y convirtiéndose en pasado con pasmosa rapidez; se requiere, entonces, al igual que sucede con el contenido de la red de redes, contar con información para informarse y valorar. Se trata de ayudar a comprender que el recurso es parte del discurso, en momentos en que los efectos especiales, unas veces para bien y otras para mal, se constituyen en el verdadero protagonista del film cuando prácticamente desde los orígenes (rudimentarios pero efectivos) fueron parte necesaria del recurso en función de la totalidad del discurso.

Precisamente el acercamiento desde una perspectiva integral es uno de los grandes méritos de esta Introducción… que a cuatro manos nos ofrecen Luis Álvarez Álvarez y Armando Pérez Padrón. Sin darse cuenta, ellos han dado en las páginas tempranas del texto en su segunda edición corregida y aumentada, una clave fundamental para definirlos y en consecuencia definir su obra: hablan de que asistimos a un nuevo Renacimiento que, como sucedió con el anterior, llega a lo espiritual a veces precedido, a veces acompañado y otras veces sucedido por la renovación tecnológica y en consecuencia vinculado a modos de hacer y de entender que rompen de forma dialéctica con las formas y contenidos antes prevalecientes y a su vez anticipan la próxima ruptura. Si alguna diferencia existe con el Renacimiento primero está dada la por celeridad de los cambios, porque cada tiempo tiene su tempo aunque la expresión parezca redundante. Precisamente ese tempo particular de cada época hace que asistamos a las renovaciones de todo tipo inmersos en ellas y por ello sólo parcialmente conscientes de las mismas.

En otro orden de cosas, añado que en nuestro contexto editorial son rara avis las segundas ediciones para no hablar de las terceras, salvo aquellos libros de especial o coyuntural interés, y alguna que otra injustificable complacencia. Sin embargo, creo en las segundas, terceras y sucesivas reediciones cuando se hacen por la necesidad del contenido y el interés despertado en los lectores (No hay que olvidar que al unísono con el hecho cultural en sí, el trabajo editorial responde también a reglas de mercado). Creo todavía más en las siguientes ediciones corregidas y ampliadas, sobre todo cuando en determinados temas el devenir tecnológico las reclama con intensidad y al mismo tiempo en breve plazo marcará su obsolescencia, como es el caso de esta Introducción al cine.

En los algo más de cinco años transcurridos entre la primera y la segunda versión del texto, una sucesión impresionante de cambios de todo tipo ha llegado al mundo del cine, sus soportes y su lenguaje, y aquí encuentro uno de los grandes aciertos del texto que nos ocupa: lejos de negar esa renovación en nombre de la ortodoxia del medio, les da la bienvenida crítica desde esa misma ortodoxia mientras aporta instrumentos para reconocer lo valioso y apartar la hojarasca que lo cubre; y algo todavía más importante: ayuda a reconocer continuidades conjuntamente con todo lo que de bueno y renovador hay en la hojarasca a desechar.

Didáctico sin falso didactismo ni paternalismo de opereta, parte de una panorámica de la producción cinematográfica, sus mecanismos industriales y sus resortes creativos, a la par que enseña en el más directo sentido de la palabra, porque enseña a pensar el cine para mirar y alcanzar a verlo. Ejemplifica con un clásico y advierte que hay obras que no lo son aunque de su presencia también se nutre este fenómeno de abrumadora amplitud que es el cine. Acude a criterios de autoridad y sustenta opiniones propias. A lo anterior hay que sumar el buen uso del idioma y la claridad de las ideas a la par que brinda elementos de juicio sin dar “receta” alguna, porque parte del principio expreso de que en el arte, como en la excelencia culinaria, hay un punto de partida común y un específico lugar de llegada.

Si algún término define con claridad el contenido de este libro, es la palabra respeto, porque los autores comienzan por respetar al lector: contrariamente a muchas llamadas Introducciones a… que en el mundo han sido y son, no está dirigido a enanos mentales, sino a personas capaces de aprender y aprehender de modo inicial las complejidades de una de la más interdisciplinarias de las disciplinas artísticas contemporáneas, y por esa razón rebasa ampliamente la condición de simple vía de acceso a un nivel elemental de información en su abordaje de no pocos elementos confluentes con rigor y profesionalidad dignos de imitar.

Otro elemento a tener en cuenta es el balance a la hora de presentar el fenómeno en toda su complejidad, ya que lejos de una visión elitista y excluyente, toma en cuenta que una buena parte del cine que vemos, no importa en qué soporte, no es precisamente arte y sin embargo es innegablemente cine. Por lo mismo, dotan al lector de instrumentos para situar cada realización en el lugar que le corresponde, algo especialmente necesario en momentos en que la disminución de la lectura trae consigo atrofias a la hora de justipreciar lo que se recibe en calidad de cultura.

Debo decir que no me sorprende que este libro que desborda su carácter de Introducción al cine haya surgido entre nosotros, porque dentro de un país que conoció temprano la maravilla de la imagen en movimiento, Camagüey la hizo parte integral de su percepción del mundo, primero en la ciudad y luego en lugares insospechados, como si ese formidable documental de Octavio Cortázar que en apenas diez minutos logra entregarnos el universo espiritual de un grupo de personas de las montañas orientales que por primera vez trabó conocimiento con el arte cinematográfico se hubiera multiplicado en nuestra región por obra y gracia de personas humildes, muchas de las cuales tuve el privilegio de conocer, que con pasión digna del recuerdo hicieron del cine móvil un reducto de la cultura sin importar en qué medios de transporte y frente a cuáles dificultades, incluso antes de la filmación del documental.

No me sorprende, tampoco, por la evidente razón de que en Camagüey siempre hubo un público ávido de buen cine que hizo de la asistencia a las salas, así como a las proyecciones de la cinemateca y los debates acerca de la creación cinematográfica un punto de significativo interés y que, al margen de las innegables circunstancias que afectan al cine en su generalidad y en nuestra particularidad, constituye la raíz de una inquietud que rebasa las generaciones, como bien lo prueba la necesidad de reimprimir ante su agotamiento, modificado para bien, este excelente libro.

No me asombra, porque especialistas como Luciano Castillo y Juan Antonio García, por sólo citar dos de ellos, nos han hecho reflexionar una y otra vez sobre el tema en su complejidad y modernidad, han compartido con nosotros sus preocupaciones y ocupaciones de cara al futuro, y han construido sobre esa base un sólido edificio crítico-teórico.

Añado que tampoco me visitó la sorpresa ante la primera edición del texto que hoy alcanza, enriquecido, la segunda edición, porque conozco a sus autores y su intensa proyección intelectual que, como bien lo demuestra este recital a cuatro manos, se complementa con una más intensa proyección humana:

En Armando se da la feliz coyuntura de un hombre que asumió el reto de dirigir una actividad cuyo colectivo muchas veces lo triplicaba en edad y en experiencia, y a fuerza de espíritu de superación, de entrega, y de infatigable labor, devino en especialista de alto nivel y, sobre todo, en alguien a quien el cine entre nosotros le debe iniciativas y decisiones insoslayables cuando del presente y el futuro se trata.

En Luis, la multiplicidad de miradas e inquietudes se resumen en un ser humano que por encima de obstáculos de todo tipo, se ha trazado altas metas y las ha hecho realidad, una por una, con una constancia y brillantez que sus contemporáneos tenemos el privilegio de compartir.

Ambos son hombres de este nuevo Renacimiento que ha llegado como llegan todas las renovaciones, en un proceso imperceptible al comienzo e indetenible en su continuidad y desarrollo. Por eso, lejos de quejarse de los inconvenientes o de alarmarse ante la celeridad caleidoscópica de los cambios tecnológicos y en consecuencia de las vertiginosas y nuevas maneras de acceder al hecho cinematográfico, han asumido el desafío con sabiduría y naturalidad, y entregan esta renovada Introducción al cine que muestra caminos hacia el conocimiento desde la sólida raíz de los orígenes y, ante todo, conjuga modos de hacer compatibles el recurso y el discurso.

No olvidemos, como bien recuerdan ellos a propósito de las palabras de Jorge Sanjinés, que el cine no se enseña aunque sí se aprende, y este aprendizaje puede contribuir sin dudas a que el encuentro, no importa en qué forma ni en qué soporte, tenga la fecundidad que nace del conocimiento, para que sea posible mirar y ver, y de ese modo hacer impensables otros cien años de soledad para el cine de todos.

Ernesto Agüero

Palabras en la presentación del libro en Camagüey

UNEAC, jueves 14 de julio del 2016

Publicado el julio 15, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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