MEDITANDO: TECNOLOGÍA Y TRANSICIÓN CULTURAL EN CUBA

Comparto este artículo que Progreso Semanal me publica hoy.

MEDITANDO: TECNOLOGÍA Y TRANSICIÓN CULTURAL EN CUBA

Hace un par de meses participé en un evento académico organizado por la Universidad de Brown (Providence) con el título Cuban Transitions: What’s Left Out? Como es natural, los acuerdos tomados por los respectivos mandatarios de Cuba y Estados Unidos, tras las alocuciones públicas que ambos sostuvieran el 17 de diciembre del 2014, ha fomentado ese tipo de encuentro.

Aunque envié a los organizadores un resumen de una ponencia titulada “Emboscando al enemigo: la representación del norteamericano en el audiovisual cubano post 59”, traté de aprovechar los minutos finales de mi intervención argumentando un punto de vista que, por polémico, merece mayores precisiones: es decir, mientras que para algunos que participaban en el evento, el uso del término transición resultará inútil si antes no se esclarece qué entendemos por la misma, y qué estamos esperando de ella y qué dejamos fuera, en mi caso siento que desde mucho antes del 17D ya estaríamos viviendo en Cuba una transición sumergida de corte fundamentalmente cultural. En tal sentido, el 17D no sería la causa, sino en todo caso la consecuencia de esas sordas mutaciones.

Llamo transición cultural a ese conjunto de prácticas asociadas al universo tecnológico que viene operando desde hace mucho en el seno de la sociedad cubana, pero que por carecer de una formalidad institucional, apenas son tomadas en cuenta en las narrativas oficiales, o consideradas por esos analistas que prefieren concentrarse en lo explícitamente político.

La transición de la que hablo no se ha iniciado en virtud de algún decreto presidencial, o por planes trazados meticulosamente por los enemigos declarados de la Revolución cubana (en todo caso, en los últimos tiempos estos los que se han dedicado es a sacar provecho de las nuevas circunstancias). Esa transición ha nacido de un espíritu de época que nada tiene que ver con lo que se vivía dos décadas atrás, y es protagonizada por individuos (no solo jóvenes) que encuentran en esos dispositivos cada vez más comunes en nuestras vidas cotidianas (tablets, teléfonos, laptop) la posibilidad de habitar mundos paralelos a los que el Estado, como ente rector de una vida pública muy controlada, había diseñado en la antigüedad.

Es en la zona del consumo cultural, definitivamente, donde se notan los cambios más radicales. Como cada uno de estos dispositivos están diseñados justo para que puedan ser utilizados sin que sus usuarios deban pasar por aquel antiguo protocolo de aprendizaje que administraba el Estado a través de las escuelas, por ejemplo, pues se ha ido conformando una ciudadanía de nuevo tipo de la cual sabemos poco. Por otro lado, el mito de que es el ciudadano/ consumidor el que controla a los artefactos, y no a la inversa, es tan perfecta, que la gente ni siquiera se preocupa por averiguar qué hay detrás de toda esa entrega de información privada que se hace cuando uno rellena determinadas solicitudes asociadas al servicio a utilizar. No nos damos cuenta que hoy las políticas culturales corren el riesgo de ser diseñadas por las transnacionales, con el consentimiento tácito de aquellos a quienes van dirigidas.

En sentido general, esto es lo que se viene advirtiendo en cualquier parte del planeta donde ya funciona de una manera dinámica este proceso de consumo cada vez más robotizado. La transición cultural a la que aludo, como mencioné antes, nos estaría describiendo un estado de ánimo global, o mejor aún, una suerte de actitud colectiva que, globalización por medio, se convierte en algo transnacional, y de la cual Cuba, no obstante su condición insular en lo geográfico y características de su sistema político, no se mantendría al margen. En todo caso, aquí la metáfora de Los sobrevivientes utilizada por Tomás Gutiérrez Alea en su filme homónimo funcionaría para llamar la atención sobre la resistencia de ciertos apocalípticos empeñados en denunciar el peligro, sin contribuir a la construcción de alguna agenda práctica que ayude a utilizar creativamente las fortalezas que, como en todo fenómeno nuevo, también puede apreciarse.

Como ciudadano, más que como intelectual, diría que el gran peligro al que nos enfrentamos en la Cuba de ahora mismo es el de las secuelas que podría dejar en la nación el impacto de esta transición cultural que ya se experimenta a lo largo y ancho del país. Y para la cual sencillamente no nos hemos preparado.

No hablo en términos apocalípticos, porque soy de los que veo en este nuevo fenómeno una extraordinaria oportunidad para crecer como comunidad, dado el talento y el sentido de creatividad que existe en miles de cubanos que el propio Estado ha preparado. Hablo de nuestra carencia de políticas públicas, de visión horizontal del problema, de debates que ayuden a actualizar nuestros diagnósticos. Hay una observación de García Canclini que ahora no recuerdo si he citado en otra parte, pero que retomo para ilustrar una parte de esa insuficiencia que nos afecta a nosotros:

Si el sentido de la cultura se forma también en la circulación y recepción de los productos simbólicos ¿cuál es el papel de las políticas culturales en esos momentos posteriores a la generación de bienes y mensajes? Además de apoyar en cada país la propia producción cultural, necesitamos formar lectores, espectadores de teatro y cine, televidentes y usuarios creativos de los recursos informáticos. No se trata de que exclusivamente el Estado se ocupe de todo esto, ni de volver a oponerlo a las empresas privadas, sino de averiguar cómo coordinarlos para que todos participemos de modo más democrático en la selección de lo que va a circular o no, de quiénes y con qué recursos se relacionarán con la cultura, quienes decidirán lo que entra o no en la agenda pública. La privatización creciente de la producción y difusión de bienes simbólicos está ensanchando la grieta entre los consumos de elites y de masas. En tanto la tecnología facilita la circulación transnacional, se agrava la brecha entre los informados y los entretenidos al disminuir la responsabilidad del Estado por el destino público y la accesibilidad de los productos culturales, sobre todo de las innovaciones tecnológicas y artísticas”.

Si en un país están creadas las condiciones para conformar una ciudadanía capaz de fomentar el consumo creativo de los bienes simbólicos es en Cuba. Aquí hay un sistema institucional de la cultura con un encargo social bien definido, y que durante más de cinco décadas ha posibilitado a sus ciudadanos el acceso a lo mejor de esa producción cultural. Necesitamos, sin embargo, actualizar los diagnósticos científicos que nos permitan tener una idea más clara de los intereses y expectativas del nuevo consumidor cultural cubano, y quizás debamos comenzar creando una suerte de Observatorio Crítico de las Nuevas Prácticas Culturales, que nos garantice observar, analizar, al mismo tiempo estimular el consumo responsable de nuestros ciudadanos a través del uso creativo de la tecnología.

Juan Antonio García Borrero

Publicado el julio 11, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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