VEINTE AÑOS SIN TITÓN

Una vez leí que quien se enoja con la crítica que le hacen es porque en el fondo sabe que se la merece. La cuestión no es disgustarnos con los señalamientos que nos hagan, porque humanos al fin, todos somos rehenes de nuestras limitaciones.

Al contrario, la grandeza de ciertos individuos está en poner a un lado la insignificancia de sus egos, para conseguir metas superiores que, inevitablemente, demandan de las alianzas, los debates, la interacción con los otros.

Leer este artículo en IPS no me ha enojado: me ha entristecido. Sobre todo porque pone en evidencia que nuestra política de conservación de la memoria histórica no es todo la sólida que uno quisiera.

Y no es algo nuevo que esté diciendo a raíz de lo que ahora se expone en el texto. En este mismo blog puede pincharse el post con los argumentos que en su momento expuse, cuando decidí renunciar a mi puesto en la Cátedra de Pensamiento Tomás Gutiérrez Alea que hay en Camagüey. Desde entonces, nada ha mejorado, e incluso corremos el peligro de que los treinta años de Nuevo Mundo, sede de la Cátedra, pase sin penas ni glorias, pese a tratarse de una institución emblemática dentro de la ciudad.

Honrar a Titón no significa recordarlo en el aniversario puntual de su muerte. Titón fue un gran líder de opinión, y es por eso que su impronta sigue siendo tan relevante. Las pretensiones de Mirtha Ibarra de crear un Centro de Documentación que ponga al alcance de los estudiosos toda la papelería del maestro no es un capricho: es algo que puede beneficiarnos a muchos de los que a diario pensamos la nación. De allí que en el pasado Congreso de la UNEAC se mencionara como algo a resolver.

En lo personal, agradezco que me inviten a Nueva York o México para hablar de Titón, pero no sé por qué siempre me queda la sensación de que en casa del herrero estamos usando cuchillo de shopping. Ojalá los que lean esto no se enojen, y entre todos pensemos en subsanar el olvido.

Juan Antonio García Borrero

VEINTE AÑOS SIN TITÓN

Sorprende el silencio que en Cuba se ha hecho sobre la obra de este grande del cine, al cumplirse el pasado abril los veinte años de su desaparición física.

Redacción IPS Cuba 24 junio, 2016

En abril se cumplieron veinte años de la muerte de quien fue quizás el director de cine más importante de la historia de esa manifestación artística en Cuba: Tomás Gutiérrez Alea, conocido también como Titón.

Sorprende el silencio con que en Cuba se ha dejado pasar esa fecha mientras que en otros lugares del mundo, especialmente en España y Estados Unidos, se le ha recordado como lo que era: uno de los cineastas más trascendentes de su país y de Latinoamérica, el hombre que exploraba y manipulaba la realidad para crear una obra que nunca fue complaciente ni estuvo inspirada en ningún modelo foráneo de realización, tan lejos de Hollywood y de sus propuestas simplificadoras como tan cerca de un realismo conflictivo y crítico, como correspondía a su particular poética del mundo.

Mientras filmaba una de sus películas más premiadas, Fresa y Chocolate, codirigida con Juan Carlos Tabío, manifestó: “Para mí el cine sigue siendo un instrumento valiosísimo de penetración de la realidad (…). El cine no es retratar la realidad simplemente. El cine es manipular. Te da la posibilidad de manipular distintos aspectos de la realidad, crear nuevos significados y es en ese juego que se aprende lo que es el mundo”.

Titón se inició en el cine en fecha tan temprana como 1948 filmando cortos humorísticos. De ahí quizás esa veta sardónica que recorre sus mejores comedias: Las doce sillas, La muerte de un burócrata o la que fuera su última realización, también en codirección con Tabío: Guantanamera.

La ironía se pone también de manifiesto en Memorias del Subdesarrollo, quizás el mejor filme de la historia del cine en Cuba. En él Gutiérrez Alea consigue transformar en una obra maestra la noveleta de Edmundo Desnoes mezclando las más profundas reflexiones del burgués que no quiere involucrarse en un proceso del que prefiere ser un mero espectador a la mirada inquisidora sobre lo que podríamos llamar las clases populares representadas, en lo fundamental, por el personaje de Elena, magistralmente interpretado por Daysi Granados.

Pero también la historia, revisitada con ojos de actualidad, fue abordada en sus películas. Quedan como testimonio la no muy conocida Cumbite y la extraordinaria La última cena donde los esclavos, tratados de manera tan uniforme en otras películas cubanas, son investidos de personalidades propias, enfocados como individuos y no como una masa amorfa ilustrativa de las crueldades que trajo consigo la trata a los países donde predominó la economía de plantación.

Tomás Gutiérrez Alea fue un revolucionario en la vida y en el arte aun cuando no pocos miraran con sospecha una obra donde la crítica social y las inconformidades con ciertos elementos de la realidad vivida en Cuba después de 1959 fueran una constante en este guionista y director, a quien debemos la mejor imagen de nosotros mismos en la gran pantalla, esa en la que su ausencia ha dejado un vacío que hasta ahora nadie ha podido llenar. Al menos, esa es mi opinión.

Fundador en 1950 de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo —donde se agrupaban intelectuales de izquierda—, Tomás Gutiérrez Alea se graduó de abogado; pero en 1951 viajó a Roma para estudiar lo que sería su verdadera vocación: la dirección cinematográfica en el Centro Sperimentale de la capital italiana.

Ya en el 1955 mostró su esencia contestataria al filmar junto a Julio García Espinosa el legendario documental El Mégano sobre la dura vida de los carboneros de la Ciénaga de Zapata, secuestrado por la policía de Fulgencio Batista por su descarnada denuncia social.

Gutiérrez Alea fue siempre un fundador, un pionero y, en 1959, al triunfar la Revolución cubana organiza, junto a otros directores, la sección de cine del Ejército Rebelde donde realiza Esta tierra nuestra, considerado el primer documental del período revolucionario.

En marzo de ese mismo año ya aparece en la nómina de los fundadores del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) y de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

Su viuda, la actriz Mirtha Ibarra, viene solicitando desde hace mucho una Fundación que lleve el nombre de este artista grande de Cuba, pero hasta ahora sus esfuerzos han sido infructuosos.

Me resulta lamentablemente sorprendente que en su país se haya pasado por alto el veinte aniversario de su desaparición física mientras en otros lugares del mundo, incluido Estados Unidos, se ha recordado la fecha en un gesto que, a mi entender, no es formal ni significa la conmemoración vacía de una efemérides.

El director de cine cubano más importante de la historia hasta este momento bien merecería ser mejor conocido por las nuevas generaciones que no tuvieron el privilegio de asistir a los estrenos y a las conmociones de esas películas imperecederas que forman y formarán siempre parte del patrimonio histórico y cultural de la nación cubana.

Nadie debería olvidar a nuestro imprescindible Titón. (2016)

Publicado el junio 25, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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