ZUMBADO EN LA MEMORIA DE EDUARDO DEL LLANO

He leído textos muy emotivos a propósito de la muerte de Héctor Zumbado, pero este del cineasta y guionista Eduardo del Llano me ha estremecido, y por eso me gustaría compartirlo en el blog.

Sé que a Zumbado se le suele pensar en la dimensión del humorista genial que fue, pero para mí es el paradigma inmejorable del intelectual crítico que se asoma a la esfera pública, y desmonta con pasmosa elegancia toda esa soberbia que los humanos conseguimos enmascarar de las más diversas formas.

Eduardo del Llano ha concebido ahora una pieza literaria a modo de homenaje, que parece difícil de superar.

Juan Antonio García Borrero

ZUMBADO

Por Eduardo del Llano

Una mañana, allá por los remotos ochenta, los NOS-Y-OTROS fuimos a casa de Zumbado a proponerle un nuevo relato para la sección La Bobería de Bohemia. Enardecidos, le leímos el texto, que creo recordar era de Luis Felipe. Se trataba de un falso ensayo histórico; en cierto momento, el personaje iba al hipódromo y apostaba todo su dinero a un caballo al que apodaban La babosa lenta. A nosotros nos parecía graciosísimo… pero a Zumbado no tanto. La idea es buena, nos dijo, pero el chiste se pasa, es excesivo, farsesco; hay que buscar una variante más sutil. Primero discutimos -yo sobre todo, pues Felipe es de talante más bien dulce- pero aun haciéndolo empezamos a buscar lo que nos exigía el maestro. Al cabo, di con que al caballo lo llamaran Software. Eso es, dijo Zumbado, Software dice lo mismo, pero deja que el lector ponga de su parte, lo hace sentir inteligente al descifrar el pequeño acertijo que le proponemos, ¿se dan cuenta? Elegancia, insistió, esa es la clave.

Elegancia sería, desde luego, una buena palabra para definir a Héctor Zumbado. Y no en meros asuntos de vestimenta. Zumbado era un tipo con clase, y eso se notaba al tratarlo, pero sobre todo leyéndolo. Su humor no era feroz aun cuando hiciera pedazos la petulancia del burócrata, la obtusa fidelidad del funcionario. Hay un montón de textos suyos que uno quisiera haber escrito, clásicos absolutos que te llevan a pensar coño, después de esto ya uno puede morirse. Pero Zumbado tomó la muerte sin prisa y el absurdo con la sonrisa en los labios. Para mucha gente, la sonrisa es un arma social, como el auto o el móvil; para el humorista, su estado natural, la única manera de estar vivo.

Zumbado ejerció ese suave magisterio, que no necesita de aula -aunque probablemente de un mojito- con cuantos le rodeaban. Con NOS-Y-OTROS fue particularmente gentil. Nos hizo una entrevista para Somos Jóvenes allá por 1986, escribió una crónica para Juventud Rebelde en 1988, por el sexto aniversario del grupo. Desde luego, a esas alturas él no lo necesitaba para rellenar su CV; nosotros sí. Nos integró al consejo de redacción de La Hiena Triste, una revista de la Sección de Humorismo de la UNEAC, junto a figuras legendarias como Juan Ángel Cardi, Evora Tamayo o él mismo. Nos llamó a colaborar en La Bobería cuando le ofrecieron dirigir la sección. Vio, o creyó ver, algo en nosotros, algo que lo llevó a apostar por el grupo una y otra vez. Y en ese entonces éramos mozalbetes de veintidós, veinticinco años, que aún no habíamos demostrado nada. O casi nada.

Como tuvimos frecuentes reuniones en su apartamento, alguna vez me asomé a su cuarto y vi que encima de la cama tenía un enorme cartel, que seguramente tomaría prestado por ahí, que rezaba Aquí no se rinde nadie. De nuevo elegancia, intertextualidad, ingenio.

La cubanía de los textos de Zumbado está fuera de duda. Hay fenómenos y tipos sociales que definió, clasificó y nombró como un Adán, como Ortiz, Cuvier o Humboldt: el sinflictivo, Chapucio, la muela, el guaguabol, Don Quijote de la Cancha, el anti-pan, el asere aegypti, la harakrítica, Audacio, Timoncio, Festivaldo… Si Vampiros en la Habana, de Juan Padrón, ha sido la película que mayor cantidad de frases populares ha recogido o convertido en tales, los textos de Zumbado son su equivalente literario.

Limonada (1978), Riflexiones (1980), Amor a primer añejo (1980), ¡Esto le zumba! (1981), Prosas en ajiaco (1984), Riflexiones II (1985), Nuevas riflexiones (1985), Kitsch kitsch bang bang (1988)… por ahí quedaron esos y otros libros, esas crónicas de sencillez inigualable que permanecerán en el gusto de la gente mientras la gente lea y recuerde. En ellos se encuentran piezas concretas que otros humoristas como Virulo y Carlos Ruiz de la Tejera (EPD) llevaron a escena o arroparon con música: La guagua, El hombre que quería enlatar el sol, La croqueta, Amor a primer añejo… A este respecto tengo, creo, una buena noticia. Después de graduarme de Historia del Arte en 1985, trabajé por un tiempo en el Ministerio de Cultura, primero en la Dirección de Divulgación y luego en la de Aficionados; allí tuve un jefe, Leyva, con espíritu creativo, que se las arregló para fundar un boletín del centro. Para el primer número me pidió “chico, tú que tienes guara con Zumbado, pídele que escriba algo especial para nosotros”. Lo hice, y el buen samaritano encontró tiempo para pergeñar Riflexionando acerca de las Casas de Cultura, un texto breve que hasta el día de hoy permanece inédito… fuera, claro, de los límites del boletín Hontanar (nombre un poco rebuscado, de acuerdo).

Hace muchos años Zumbado tuvo un accidente acerca del que circularon rumores: que si estaba borracho y se cayó, que si lo atacaron, que si fue una emboscada… Lo cierto es que el suceso le dejó secuela, le costaba trabajo comunicarse, hilvanar sus palabras. Desde entonces dejó de ser noticia, no volvió a publicar, se convirtió en otro de esos grandes de la cultura cubana (en el sentido amplio, esto es, incluyendo a científicos y deportistas) de los que la gente y las autoridades pronto se olvidan aunque todavía citen sus frases y sus hechos. Para variar, hace un par de años aparecieron dos antologías casi simultáneas; tengo una de ellas, la compilada por Antonio Berazaín, que me parece estupenda. Y el 24 de octubre de 2012 el Centro Promotor del Humor le hizo un homenaje en la sala Llauradó en ocasión del lanzamiento de Un zoom a Zumbado (la mencionada antología del Bera) al que asistió, vacilante y casi mudo pero todavía sonriente, el anciano genial. Allí, admiradores y discípulos escucharon a Carlos Ruiz, Virulo y Osvaldo Doimeadiós contar anécdotas y escenificar textos de Zumbado. Fue la última vez que lo vi.

Pero nunca dejaré de leerlo.

(14 de junio 2016)

Publicado el junio 16, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Genial!

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